Joan Matabosch
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Desde los años cuarenta la ópera ha sufrido (y también disfrutado) cambios radicales en prácticamente todos los aspectos que la hacen posible. Ha cambiado el estilo de las representaciones, la forma de ensayar y preparar los espectáculos, la gestión, la financiación, la organización de los teatros en modelos radicalmente diferentes entre unas áreas geográficas y otras, la contratación de los artistas, la construcción de las carreras por parte de esos mismos artistas, el “star-system”, el rol del director musical y del director de escena, el concepto mismo de espacio escénico, la relación con los modernos medios audiovisuales y la accesibilidad al género por parte de un público cada vez mayor y socialmente diverso. Y como consecuencia de todo ello ha cambiado, sobre todo, la propia ópera como forma de arte.
 
Resulta conveniente, para vislumbrar lo que se nos avecina en términos de gestión, proceder de lo general a lo particular: de las condiciones “generales” del arte al arte de la ópera; y de ahí a la gestión: a los objetivos y a los condicionantes de la programación de un teatro.
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