Manuel Hidalgo
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No es hiperbólico afirmar que Amanecer (1927) es una de las capillas sixtinas del séptimo arte y que F. W. Murnau, su director, es uno de los más grandes cineastas de la Historia del Cine. Conocer ya Amanecer es una suerte, pero poder verla por primera vez es un privilegio envidiable, una epifanía.  Murnau había dejado su sello imperecedero en obras maestras del expresionismo alemán como Nosferatu, el vampiro (1922) y El último (1924) –filme meramente mudo, sin intertítulos-, cuando fue llamado a Hollywood para desplegar su talento en teoría con libertad. Amanecer fue su asombrosa respuesta. Basada en un relato, narra el drama de un hombre casado que, seducido por los encantos de una mujer fatal, se ve abocado a matar a su esposa, eso sí, con un turbador sentimiento de culpa y dudas.

Pocos argumentos básicos son nuevos, y éste tampoco lo es. Pero, en buena medida, el prodigio de Amanecer reside en su puesta en escena y en su narrativa visual, plena de atrevimientos formales y, al mismo tiempo, transida de una transparente belleza clásica, deudora de iconografías pictóricas, y destinada a perdurar. Los encuadres, los movimientos de cámara, las exposiciones múltiples, los efectos sonoros –aunque la película sea muda- y el uso intencionado de los intertítulos son algunas de las virtudes que los historiadores señalan como deslumbrantes. Lo de menos es que obtuviera tres Oscar o que, en sentido contrario, su carrera comercial fuera pobre. Lo que cuenta es que Murnau –fallecido cuatro años después en un accidente de coche- consiguió dejar una obra que conmueve, produce goce estético, emociona, interpela y sigue siendo referencia inexcusable.

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