Remo Bodei
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La ira es una pasión furiosa que brota, en general, de una ofensa que se cree haber recibido inmerecidamente, de una ardiente herida inferida por otros en nuestro amor propio o en nuestra –a veces exagerada- autoestima.

En la cultura de Occidente su imagen es bifronte: mientras, de un lado, es juzgada una noble pasión de revuelta contra las ofensas y las injusticias sufridas, como un deseo de castigar a la persona que pensamos que nos ha ultrajado, del otro representa una temida perdida de autonomía y de juicio. La tradición se divide, por tanto, en dos grandes ramas de duración más que bimilenaria: una que acepta la ira justa, pero condena la cólera; otra que rechaza todo tipo de ira y pide abstenerse del todo de esta pasión.

La ira noble, la indignación, se lanza también contra el mal infligido a los otros. Eliminar la indignación significaría, en el lenguaje de Platón y Aristóteles, “cortar los nervios del alma”. También hoy estamos moral y políticamente legitimados a experimentarla y a mostrarla cuando ella combate la injusticia, la opresión o la degradación, cuando está movida por la esperanza de modificar órdenes sociales o políticos estancados e intolerables. En cambio, la distinción entre ira justa e injusta no es aceptada por los estoicos, que la combaten porque ella en cualquier caso arrebata al alma su tranquilidad y coloca la razón en manos de un tirano interior que fomenta los instintos más bajos.

En el plano político, la ira (y la revuelta consecuente) han sido admitidas como antídoto contra milenarias formas de subordinación y de vejación, como en el caso de la indignación de los oprimidos y de las mujeres. La ira se encuentra así en condiciones de justificar la movilización de los grupos, muchedumbres, clases sociales y pueblos enteros que se sienten (o pretenden estar) oprimidos, discriminados, víctimas de atropellos o de injusticias. En el plano de las relaciones privadas, precisamente porque es difícil dirigirla hacia objetivos claros, largamente compartidos y ajenos a la lógica de las reivindicaciones estrictamente personales o de categoría, la ira parece girar en el vacío  y alimentar, junto a los procesos de implosión, un sordo rencor en las relaciones entre los diversos componentes de la sociedad.

(Traducción: Manuel Cruz)

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