Luciano Berriatúa
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Tras la Primera Guerra Mundial los aliados sometieron a Alemania a un cerco que desencadenó una terrible inflación en 1922. Las enormes compensaciones económicas exigidas por los daños de guerra y el boicot a las exportaciones de productos alemanes llevaron al país a la ruina.

El cine no escapó a esta crisis y la mayor productora alemana, la UFA, optó por tantear la única salida que se veía posible: introducir las películas alemanas en el gran mercado de EE. UU. Para ello se contaba con directivos alemanes en grandes estudios como Universal que aceptaron en 1924 distribuir en América El último, dirigido por F. W. Murnau. Esta película de altísimo presupuesto y con grandes alardes técnicos como los movimientos de cámara, algo insólito y totalmente novedoso en la época, grandes decorados en falsa perspectiva y la ausencia total de rótulos, fue diseñada precisamente como un ariete para penetrar en el difícil mercado americano. La película tuvo un gran éxito en EE. UU. y pocos meses después la UFA preparaba dos grandes superproducciones en las que se jugaba todo su presupuesto para 1925: Metrópolis para ser distribuida en EE. UU. por Paramount y Fausto para Metro Goldwyn Mayer.

Fausto fue una película increíble, con efectos especiales nunca antes vistos, una especie de “Guerra de las Galaxias” de la época, de imagen cuidadísima y de una gran belleza plástica que daba la sensación de estar ante un friso de pinturas en movimiento. Murnau procedía del teatro y para él hacer esta película suponía un gran reto al tratar de igualar y mejorar incluso la formidable puesta en escena teatral del drama de Goethe realizada en los años 10 por su maestro Max Reinhardt en la que Murnau había interpretado como actor pequeños papeles. Fue una de las más extraordinarias películas de toda la historia del cine alemán. Aunque en un principio se partía de la obra de Goethe, Murnau decidió cambiar muchas cosas del guión realizando una obra muy personal en la que la figura de Margarita y su persecución como víctima inocente se convirtió en el eje principal de la película.

Durante meses Murnau estuvo buscando la actriz ideal para este papel y finalmente escogió a Camila Horn, una adolescente no profesional que en manos de Murnau interpretó una emotiva Margarita. Emil Jannings, el actor más cotizado de Alemania, que ya había interpretado para Murnau el protagonista de El último, interpretó a Mefisto y Gösta Ekman, un gran actor sueco, a Fausto. Esta película, que fascinó a directores como Eric Rohmer, que llegó a defender una tesis doctoral sobre ella, es sin duda una de las más bellas películas de toda la historia del cine y una de las más significativas películas de F. W. Murnau a quien William Fox consideraba el mejor director del mundo y al que contrató en EE. UU. para dirigir otra carísima película, Amanecer, de la que John Ford llegó a decir que probablemente nunca se rodaría una película mejor.

La muerte prematura de Murnau en un accidente de coche en 1931 con tan solo 42 años cortó una brillante carrera que sin duda hubiera podido hacer grandes aportaciones en el naciente cine sonoro.

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