Javier del Prado  Biezma
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El conferenciante trata de abordar el tema del teatro romántico francés desde una triple perspectiva: aquella que representa, en primer lugar (y de manera insoslayable) la figura problemática de Victor Hugo, como centro y aparente triunfador histórico de dicha aventura. En efecto, pensar en el teatro francés de la primera mitad del siglo XIX es pensar en Hernani (y en la batalla campal que acompañó su representación) y pensar en el famoso Prefacio de Cromwell, prefacio (posiblemente improvisado) para una obra imposible, por desmesurada. Es decir, es pensar en Victor Hugo.
Sin embargo, si uno se remonta a los datos históricos, podemos ver como el verdadero triunfador del teatro romántico (tal como entendemos hoy la noción de triunfador) es, por sorprendente que pueda parecer, Alejandro Dumas padre, el mismísimo autor de los Tres Mosqueteros y de tantas y tantas novelas históricas o de aventuras (según se mire).
Por otro lado, si tomamos en consideración los textos teóricos que, como manifiestos o como prefacios acompañaron la publicación o la representación de estas obras, podemos observar (siempre desde un punto de vista crítico – el punto de vista que puede haber impuesto la Nueva Crítica europea de las segunda mitad del siglo XX) que el Prefacio de Cromwell no es único, no es admitido por todos y no defiende la perspectiva que se podía considerar más moderna de la escritura; y que, a pesar de los elementos simbolistas que contiene la obra de su autor, es un texto 'esclavo' del historicismo más realista, asentado en una noción determinista de la creación artística y literaria.
Finalmente, llama la atención que las obras que mejor han sobrevivido al paso del tiempo, no son ni las de Alejandro Dumas (el triunfador popular y económico), ni las de Victor Hugo (el triunfador literario, como creador genial), ni las de Alfred de Vigny (el introductor, de facto, de los textos de Shakespeare en Francia y buen razonador del hecho literario), sino ciertas obras secretas de un autor que no participa directamente en la batalla romántica, Alfred de Musset, o la obra discreta en su perfección, ajena al drama histórico, del propio Vigny, me refiero a Chatterton.
Todas estas circunstacias introducen en el espacio del teatro romático francés una especie de farsa pseudohistoricista, melodramática, con ciertos aires de comedia del arte italiano, en la que, al final del enredo, casi nadie acabará siendo lo que fue.
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