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A partir de los años centrales del siglo XVIII la estampa satírica y la caricatura alcanzaron en Gran Bretaña un desarrollo sin precedentes gracias a la obra de William Hogarth (1697-1764). Partiendo de la doble tradición de la sátira política de los Países Bajos y de la caricatura italiana y contando con un grado de libertad política superior al del continente, el grabado satírico inglés logró una gran difusión y, junto con el retrato y el paisaje, forma el trípode fundamental de la tradición plástica británica.

Hogarth ha sido considerado tradicionalmente como el “padre” de la escuela inglesa de pintura y grabado y, sin duda, se trata del primer artista británico con personalidad propia, que aportó al arte europeo una visión plenamente novedosa, centrada en sus series de "temas morales modernos", ciclos de cuadros, posteriormente reproducidos en grabados por el propio Hogarth o por profesionales, en los que se narra una historia contemporánea de carácter ejemplarizante. Surgieron así sus obras más conocidas como La carrera de una prostituta (1731), La carrera del libertino (1735) o  Matrimonio a la moda (1743). Hogarth fue también pionero en el nacimiento del copyright de las obras de arte, ya que, para evitar las copias que estaban malogrando en parte sus ganancias, logró que el Parlamento aprobase una ley que prohibía las reproducciones grabadas de una obra de arte sin permiso de su autor. Sería conocida como Ley Hogarth y supondría un importante estímulo para el comercio de estampas.

Hogarth dignificó la estampa satírica al convertirla en una nueva modalidad artística, tan elaborada como los géneros tradicionales. Su ejemplo, junto a la demanda de imágenes de actualidad motivada por los turbulentos años de la Revolución Francesa y las invasiones napoleónicas, inauguró el que ha sido llamado el siglo de los caricaturistas. Fueron dos los artistas que configuraron este periodo: James Gillray (1757-1815) y Thomas Rowlandson (1756-1827). Los dos fueron muy prolíficos, pero su arte discurrió por caminos diferentes, fruto de su distinto temperamento y formación. Si Gillray es el maestro de la caricatura política más incisiva, plasmada en imágenes crueles y distorsionadas, el arte de Rowlandson posee un carácter más amable y sus visiones satíricas de la sociedad parecen destinadas a divertir al espectador más que a transmitirle mensajes políticos o éticos.  Siguiendo la estela de ambos, entre 1770 y 1820 se desarrolló la etapa más importante de la caricatura inglesa, coincidiendo en buena medida con el reinado de Jorge III. Se multiplicaron las tiendas, que exhibían en sus escaparates las últimas imágenes publicadas y que vendían estampas sueltas por poco dinero o bien las alquilaban en forma de álbumes, lo que permitía su disfrute entre todas las clases sociales. Predominaban los grandes temas de la actualidad política pero abundaban también los pequeños escándalos, las caricaturas de cualquier figura pública o la sátira de costumbres sociales, que se plasmaban en imágenes de colores chillones y composiciones abigarradas.

Cuando Guillermo IV ascendió al trono en 1830 las caricaturas coloreadas a mano, brutales y directas, estaban perdiendo el favor del público británico y en torno a 1840 cesaron de publicarse. La edad victoriana, que comienza en 1837, con su carga puritana e hipócrita, no tolerará imágenes tan violentas y burlonas, por lo que los humoristas tendrán que rebajar el nivel de su sátira y refugiarse en las páginas de periódicos y revistas, de las que la más representativa será Punch, fundada en 1841.
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