Jose Luis Téllez
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Cuando Wagner viene al mundo en Leipzig, Alemania no existía como tal: se trataba de un conjunto de más de 250 principados independientes. En tal contexto, la circulación de las ideas estéticas asumía ya una función casi política, en el sentido de materializar en el terreno cultural las aspiraciones unitarias. Los ideales republicanos de la Junge Deutschland que Wagner conoció a través de Heinrich Laube (y que se inspiraba en la Giovine Italia de Mazzini) y la Revolución de 1848 (en la que participó activamente junto a Bakunin) se fundieron en sus obras con los símbolos románticos que unían el universo sobrenatural y la realidad material: para Wagner, construir su obra fue también aspirar a la erección de una mitología germánica en que Das Nibelungen Lied y Des Kabes Wunderhorn compartiesen espacio enunciativo con el socialismo utópico de Proudhon, el sentido dionisíaco de Nietsche y el pesimismo de Schopenhauer, en el imposible sueño de una suerte de religión nacional y artística: tan sólo la belleza de su música posibilitaría la ilusoria materialización de semejante espejismo.

 

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