Miguel Angel Elvira Barba
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Desde el periodo micénico, Delfos fue a la vez una pequeña ciudad y un centro religioso. Al principio, fue su carácter urbano el que dominó, con murallas, restos de casas y necrópolis. Muy pocos restos señalan que por entonces hubiese una actividad cultual superior a la de otras ciudades; y, sin embargo, hay razones para pensar que, inmediatamente bajo los muros y junto a una fuente –la Casótide- pudo ya entonces instalarse una adivina. Más tarde, tras unos siglos de los que poco sabemos, se instaló allí un santuario de Apolo, que se apropió de ese oráculo, convirtiéndolo en una parte esencial de su culto. Desde entonces, la población quedó oscurecida por el carácter religioso del lugar: sin duda suministró los sacerdotes y la adivina –la pitia délfica-, pero el santuario tomó el carácter de panhelénico, abierto a todos los griegos, y dominó la comarca, impidiendo el desarrollo de una verdadera polis independiente junto a él. Por tanto, lo que cumple es estudiar este santuario, recorrerlo, visitar sus monumentos principales y, sobre todo, aproximarse al curioso fenómeno de la posesión divina que hacía entrar en éxtasis a la mujer que emitía los oráculos.
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