Margarita Borja
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El debate del sufragio femenino en las Cortes de 1931 es hoy una sucesión de textos, vaciados de imágenes documentales, de cuya lectura brota un apasionante juego escénico, pautado en tiempos de exposición, nudo y desenlace propios del teatro clásico. Clara Campoamor, alzada en el ojo del huracán, consigue irradiar y conmover. El hemiciclo, hasta ese momento de representatividad masculina exclusiva, pese a los avances de las españolas en la sociedad, se transforma por su intervención en el lugar desde el que afloran las tesis que defiende frente a poderosos antagonistas, incluida su compañera, la abogada Victoria Kent. Como todo acto utópico puro, la situación desencadena retahílas dramáticas de traiciones y lealtades, tesis contrapuestas y vibrantes ritmos y formas estéticas, hasta desembocar en otra cruel paradoja de la historia. La utopía de la dignificación del sexo femenino, lograda en su tiempo y en su generación por la consecución del derecho al voto, se revierte para ella en el no lugar del aislamiento y el exilio.

 

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