Román Gubern
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Los miembros del grupo surrealista fueron cinéfilos y películas como Fantomas (1913), Nosferatu, el vampiro (1921) y King Kong (1933) les fascinaron. Constituían verdaderos “sueños sobre pantalla” o, como escribió Jean Goudal en 1925, una “alucinación consciente”. Pero la producción de cine específicamente surrealista, asociado al movimiento creado por André Breton en 1924, resultó controvertida. Los historiadores más estrictos y puntillosos afirman que sólo existieron dos o tres películas verdaderamente surrealistas. La primera habría sido La concha y el clérigo (1928), realizada por Germaine Dulac a partir de un guión de Antonin Artaud, escritor próximo a los surrealistas, pero que quedó decepcionado con el resultado –pretendía “reproducir la mecánica de un sueño, sin ser verdaderamente un sueño”- y su estreno fue saboteado ruidosamente por sus amigos surrealistas en su sesión inaugural.  Por eso muchos sostienen que el primer film ortodoxamente surrealista fue el fruto de dos españoles, del aragonés Luis Buñuel y del catalán Salvador Dalí, con un cortometraje titulado caprichosamente Un perro andaluz (1929), que Buñuel dirigió en París a partir de un guión en el que predominaban las ideas de su amigo, con quien había intimado en la madrileña y bulliciosa Residencia de Estudiantes. Así lo entendió Breton y sus compañeros, que admitieron inmediatamente y con entusiasmo a ambos en sus filas.

Un perro andaluz divagaba poéticamente, y de un modo muy poco convencional, sobre el tema del deseo sexual y de su frustración –como había ocurrido en la película de Germaine Dulac-, pero el siguiente film de Buñuel, ya en los albores del cine sonoro, titulado La edad de oro (1930) fue un virulento manifiesto ideológico del ideario surrealista, con un ataque en toda regla a las instituciones burguesas –Iglesia, Patria, Familia-, al punto de que tras una tumultuosa proyección, fue prohibido en diciembre de 1930 y sus copias secuestradas por la policía. Esta prohibición estaría en vigor en Francia hasta 1960. El escandaloso episodio de La edad de oro se inscribió en los acalorados debates políticos en el seño del grupo, lo que condujo a algunos de sus miembros –como fue el caso de Buñuel- a afiliarse al Partido Comunista, con gran disgusto de Breton, quien intentó preservar su independencia, aunque acabó simpatizando con el trotskismo.

 

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