Joaquín Sanmartín
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Siempre que hablamos de Historia, hablamos de la “construcción” de una historia. Los textos sobre los que suele construirse hoy la Historia del antiguo “Israel” –en este caso de la figura de David y su Reino– pueden ser abordados desde diferentes perspectivas. Unas, sacralizando el texto como la fuente de la verdad, mientras que otras, más críticas con el valor de las “fuentes”, prefieren preguntarse por el sentido que a esos relatos quisieron darles sus autores, y por los objetivos ideológicos que esos autores perseguían. En muchos casos, por fin, se ha prescindido de toda curiosidad histórica, en un sentido u otro, y proyectado al personaje en los cielos del arte (como Michelangelo) o en los infiernos de la literatura (como Faulkner).

Todo parece indicar que las fuentes no nos facilitan el acceso a una serie de “acontecimientos” del pasado (la realidad histórica) en directo, sino en primer lugar al “sentido de la historia” –o percepción de la realidad histórica– que tenían quienes compusieron los textos. Si esto fuese así, el resultado de este estudio sería que el cuadro que de David y de su Reino nos pinta el texto bíblico es básicamente una construcción artificial motivada por los intereses teológicos y políticos de los autores de esos relatos y por las expectativas de su público.

David y el reino es una versión más del gran mito de la Historia. Su estudio exige abordar las estructuras mayores de la narrativa bíblica en los libros “históricos”, dando un repaso a las diversas tradiciones davídicas. Básicas son, en este aspecto, las figuras del “rey” (malk) en el ámbito del Próximo Oriente Antiguo y en la visión deuteronómica del judaísmo. La actitud histórico-crítica nos exige también examinar de cerca los modelos mentales de la Arqueología y la Literatura “bíblicas”.

David y el reino es, también, la historia de un mito. La figura de David es el motor de toda una teología política y una política teológica. La “Casa de David” y “Judá” resumen las esencias del judaísmo tardío, y del mesianismo que está en las raíces mismas del cristianismo. Dos mil años más tarde, el “escudo de David”, disfrazado de estrella, es el símbolo del judaísmo y del Estado de Israel.

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