Santiago Guijarro
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La figura de Pablo de Tarso se nos presenta llena de paradojas. Es el personaje de la primera generación cristiana del que tenemos una información más directa y completa y, sin embargo, es también aquel del que nos han llegado imágenes más diversas y controvertidas. Durante su vida ocupó un lugar marginal en la vida de la naciente iglesia y, sin embargo, una vez muerto ha desempeñado un papel decisivo en la historia del cristianismo. Es el seguidor de Jesús que más ha influido en la continuación de su proyecto y, sin embargo, no le conoció personalmente. Pablo de Tarso es un personaje enigmático y cautivador, que suscitó y sigue suscitando el entusiasmo y la oposición más encendidos.

La figura histórica de Pablo ha llegado hasta nosotros interpretada y releída por múltiples memorias. La más influyente ha sido, sin duda, la que propone el libro de los Hechos de los Apóstoles con una intención claramente apologética. Por eso, para acceder al personaje en su tiempo hay que relativizar estas imágenes y dar prioridad a los datos ocasionales que se encuentran en sus propias cartas.

Teniendo presentes estas cautelas, intentaré responder, en primer lugar, a esta pregunta: ¿Qué sabemos con certeza del “Pablo histórico”? Siguiendo la cronología de su vida, trataré de esclarecer qué sabemos sobre sus orígenes y su educación, sobre su actividad como perseguidor de los primeros discípulos de Jesús, sobre el cambio radical que le llevó a unirse a ellos, sobre sus contactos con los grupos y comunidades de Judea y su entorno, sobre su ruptura con la comunidad de Antioquía (y Jerusalén) y el inicio de su actividad como misionero independiente, sobre su actividad misionera en las ciudades costeras del Egeo, sobre su ansiado viaje a Jerusalén y su proyecto de pasar al otro lado del imperio para llegar hasta España; qué sabemos, en fin, sobre su cautiverio y su posible martirio en Roma.

Pero esto no es todo lo que puede decirse sobre Pablo. Tan importante como su peripecia histórica, fue su posteridad. Fue de hecho esta posteridad, que se materializó en unas comunidades vivas y en un texto formado a partir de sus cartas, la que colocó su figura en primer plano, convirtiendo al misionero marginal en el gran apóstol recordado en el libro de los Hechos. Sin embargo, no todos compartían esta visión, pues, junto a esta memoria que cautivó a las iglesias de la diáspora, otros cristianos se referían a él como “el enemigo”. La memoria positiva prevaleció, probablemente porque era mayoritaria, y debido a ello sus escritos y otros que se le atribuyeron, junto con el libro de los Hechos, entraron a formar parte del canon de los escritos cristianos: el Nuevo Testamento. La presencia y el influjo de Pablo en la historia posterior del cristianismo quedaban así asegurados.

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