Manuel Bendala
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Nuestra cultura ha alimentado su autoafirmación como 'Occidental', subrayada por definición (delimitación) ante la alteridad de lo 'Oriental'. Hoy se vive intensa, dramáticamente, algo de esa dualidad. Los orígenes de la vida 'civilizada' estuvieron en Oriente, en Egipto (el Oriente de África y del Mediterráneo), y tenemos la clara percepción histórica de la nueva etapa que significó la vanguardia civilizadora que se impondría después a Occidente, en la cuenca Mediterránea, por obra fundamentalmente de Grecia y de Roma. En ellas reconocemos los cimientos de nuestra civilización Occidental.

Pero ese proceso histórico, y el discurso que lo reproduce, topan siempre con que los dos polos que lo protagonizan no están tan definidos (limitados) ni tan aislados el uno del otro. El Oriente y el Occidente, lo 'oriental' y lo 'occidental', se hallan histórica y culturalmente más enlazados, imbricados y fundidos de lo que muestra el esquema binario que parece inicialmente triunfante en nuestras concepciones culturales. Piénsese, por ejemplo, en el importante inquilino que en esa vivienda pareada representan los fenicios, que dieron lugar a que, como nuevo ejemplo, Hispania fuera un verdadero 'Oriente en Occidente'. O en el papel de Alejandro, que llevó el Occidente a Persia y el Oriente a Grecia.

En el puente y la imbricación de los dos horizontes geográficos y culturales, de las dos culturas, Bizancio/Constantinopla, fue una ciudad paradigma de esa realidad en la que los dos perfiles se unen en la naturaleza bipolar de un Jano bifronte. Fundada mirando a Oriente por los griegos de Mégara, tomada por los persas, recuperada por Alejandro, se integrará después en el Imperio Romano. Víctima de las luchas por el poder en su seno, quedará destruida por Septimio Severo, pero rehecha de nuevo para convertirse con Constantino, en el siglo IV, en una Nueva Roma. Se reafirma como ciudad hasta convertirse en la capital del Imperio Romano de Oriente. Y llegará a su cima ciudadana, en el siglo VI, con Justiniano. En el siglo XV, la conquista por los turcos la convirtió en la capital de Oriente a las puertas del Occidente.

El paisaje de la imponente urbe actual ofrece todavía las huellas, brillantes y limitadas, de su compleja y extraordinaria historia. Y es un paisaje donde la vibrante convivencia de los mundos unidos y enfrentados, o viceversa, que dieron vida y color al Viejo Mundo, se hace palpable con la extrema singularidad de una ciudad irrepetible.

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