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La proclamación de la República de Weimar llegó acompañada de tres factores que habrían de sellar su destino. Por un lado, la instauración de un nuevo modelo político democrático, con capacidad para integrar a un ochenta por ciento de la población en torno a las propuestas realizadas por las grandes culturas progresistas de la posguerra, la socialdemocracia, el liberalismo avanzado y el catolicismo social. La clase obrera alemana, socialdemócrata o católica, así como buena parte del campesinado y la burguesía, se inclinaron por la aceptación de aquel nuevo estatuto que sería aprobado en 1919. El segundo factor fue la derrota militar y la gravedad de las reparaciones de guerra impuestas al país vencido. Junto a ello, los problemas económicos que sufrió el país en los años iniciales y finales del régimen canalizaron a una parte creciente de la población alemana hacia el nacionalismo más radical. El tercer elemento fue la continuidad de lo que podríamos llamar una "crisis de la modernidad" como propuesta cultural que había funcionado hasta finales del siglo XIX, hasta los momentos inmediatos al estallido de la Gran Guerra, que crearía su propio escenario de destitución de los valores de la Ilustración, su propia formalización, en forma de espectáculo de masas, de la reacción violenta contra el mundo decimonónico. Si existe una evidente continuidad entre la riqueza de la experimentación de la vanguardia, de las diversas formas de transgresión con que se organiza la representación de la entrada en un mundo nuevo, de ruptura con la "vieja modernidad", también existe idéntica continuidad en los elementos dispuestos en la otra orilla: el pesimismo cultural reaccionario que habría de dar lugar a la Revolución Conservadora y al soporte cultural en el que se apoyaría lo más selecto de la ideología nazi.
El nacionalismo radical alemán irá adquiriendo una base de masas que conecta con el populismo exasperado en busca de una identidad particular, de un germanismo que se presenta en forma de un comunitarismo de identificación racial. Lo que dará prestancia ideológica, normalidad, capacidad de penetración en múltiples sectores a la alternativa nazi será, precisamente, esa capacidad de presentarse, al mismo tiempo, como un elemento de rescate de la identidad alemana en peligro y una operación de supervivencia de la Kultur, presentando la democracia como algo extraño al ser profundo alemán. Los alemanes de la República de Weimar vivieron, así, catorce años de una intensa experiencia que enfrentaba a dos formas de ver el mundo. Y el nazismo tuvo la habilidad estratégica de presentarse como la síntesis cultural de una de ellas. Su capacidad de seducción se basó en la normalización de la violencia que había provocado la Gran Guerra, en los códigos de conducta que emanaban de ella: la camaradería radical de las trincheras, la liquidación despiadada del adversario, la presentación de un proyecto político como la patria movilizada en su conjunto, como la expresión real de la comunidad, como su versión organizada, disciplinada y combatiente por su supervivencia.
La ideología nacionalsocialista no es innovadora más que en su capacidad de adaptación a una base de masas y a la síntesis que establece entre diversas facetas del rechazo de la modernidad democrática. No lo es más que en su capacidad de incluir radicalmente y de excluir con la misma radicalidad, de fijar una línea de separación básica entre el esfuerzo regenerador del nuevo nacionalismo y la decadencia degenerada del viejo liberalismo o de las nuevas formas culturales propuestas desde finales del siglo XIX. El proyecto nacionalsocialista es un paradigma que codifica una revuelta contra la modernidad realizada con recursos de la modernidad misma. No es un simple proyecto reaccionario, que incrementa la violencia y aumenta la exclusión. Es un criterio de organización de la sociedad que supera radicalmente la democracia porque se establece sobre esa distinción de fondo entre lo propio y lo ajeno. Es un antisemitismo que se resuelve en esa misma cultura de sociedad que se comprende a sí misma como homogénea en su sangre, en su más íntima y, al mismo tiempo, compartida radicalidad física. Es una propuesta de dominación para los alemanes sobre poblaciones destinadas a ser esclavas o a ser exterminadas, que han amenazado la supervivencia misma de la cultura alemana como una epidemia o como una plaga de parásitos. De esta forma, la utopía nacionalsocialista se presentó y se organizó luego como una comunidad total, que emprendía el camino de su propia salubridad, de la eliminación de sus impurezas, de la liberación de sus imperfecciones.

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