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La idea de museo tiene un papel tan central, en nuestro modo de entender la cultura, que tendemos a olvidar que esta institución no sólo es relativamente reciente sino que es un objeto histórico complejo; y más frágil de lo que su actual presencia pública y su valor simbólico hacen suponer.

Uno de los tópicos más frecuentes presenta a los museos como un oasis de belleza y saber, secuestrado de la historia y al resguardo de la política; como un ámbito de eternidad donde sólo se cobijan valores inmutables. Nada hay menos cierto. Pocas instituciones han vivido tan cosidas a las convulsiones de su tiempo. Las dos fechas que abarcan el ciclo histórico que aquí vamos a tratar, 1789 y 1960, datan el nacimiento y la crisis final de un modelo museístico que ha hecho historia, estrechamente unido, además, a la construcción de la modernidad.

Ese modelo nace y muere entre barricadas, en medio de episodios violentos de la historia contemporánea: el primero señala el inicio de la aventura con que Europa, como dijo Tocqueville, parte en dos su destino y pone un abismo entre lo que ha sido hasta entonces y lo que quiere ser a partir de ese momento. En ese Año Cero de ideales políticos inéditos, la invención del museo público encarna simbólicamente esa conciencia histórica de ruptura y un futuro utópico de respeto a la memoria, igualdad social y educación cívica. El segundo momento, ciento ochenta años después, inaugura esa década prodigiosa de los sesenta, en la que una vigorosa oleada de contestación contracultural impugnará, también desde las barricadas, las estructuras de poder que dominan en el arte y con ellas la legitimidad histórica del museo y su derecho mismo a existir, convertido, ya para entonces, y a los ojos de esta generación, en un anacronismo decadente y dogmático, en una torre de marfil, cómplice con los valores estéticos de la burguesía y con el mercantilismo del arte.

Pero en el período que trascurre entre ambas fechas, básicamente el siglo XIX y la primera mitad del XX, el museo se consolidó como la institución más genuina de su tiempo. Lo decía Walter Benjamin en su Obra de los Pasajes: así como el recinto más propio de la Edad Media es la catedral, y el del siglo XVII, dominado por el absolutismo, es el palacio, el más característico del siglo XIX -una centuria obsesionada por la historia, por el culto a la ruina y el pasado- es el museo, que, bajo el modelo gestado en la Ilustración, se consagró como un ámbito dotado de un formidable poder intelectual. La idea ilustrada de la cultura y la aparición de las ciencias históricas apadrinarán la construcción del museo como uno de los grandes mitos de la racionalidad moderna y su implantación como un modelo de conocimiento ideal, un espacio de demostración y de certezas absolutas, de asentamiento de valores, que fija un imaginario de la autenticidad, y que se presenta a sí mismo como la garantía que avala la producción científica y erudita de su tiempo.

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