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Los participantes resumen su intervención

  • De Jericó a Babilonia, o del poblado a la ciudad en el Oriente Próximo
    Miquel Molist
    En esta conferencia se revisará la evolución desde los primeros Poblados surgidos con la revolución “neolítica” en particular de incipiente Jericó, hasta las ciudades de la Baja Mesopotamia, en particular la mítica Babilonia como ejemplo de la riqueza arquitectónica. Para seguir tal evolución se analizarán ejemplos de yacimientos arqueológicos que ejemplifiquen los cambios y la progresiva complejidad de las aglomeraciones. Para estos ejemplos se escogerán algunas de las más recientes novedades de la investigación oriental como por ejemplo Djade el Mughara (Siria), Gobekli (Turquia), Tell Halula (Siria), Asikli Hoyuk (Turquia), Habuba kabira (Siria) Mari (Siria)…. Se expondrán tanto los avances técnicos constructivos, como la variabilidad de tipos y soluciones arquitectónicas, siempre en el marco socio-económico y cultural donde se desarrollan. Se insistirá especialmente en los llamados edificios a función colectiva y las interpretaciones actuales que inciden en la antigüedad de las construcciones a función simbólica religiosa. El análisis de los orígenes de los templos constituye un tema de debate en los ambientes de la arqueología oriental.  Para una mejor visualización de estos análisis se expondrán materiales gráficos (dibujos, fotografías, planimetrías,…) actualizados, muchos de ellos procedentes de las más recientes excavaciones arqueológicas de Oriente.
     
  • La Jerusalén terrestre
    Carolina A. Aznar

    Jerusalén es una ciudad santa para judíos, cristianos y musulmanes.  La Biblia habla de ella repetidamente. Y en el libro del Apocalipsis se habla de la Jerusalén celestial bajada del cielo como la tierra nueva del final de los tiempos.  Jerusalén es, sin duda, una ciudad que no deja a nadie indiferente y su historia ha marcado la historia de los fieles de las tres grandes religiones monoteístas. Por eso es de gran interés entender su pasado. En esta conferencia contemplaremos una selección de los momentos históricos más importantes de la ciudad entre el segundo milenio a.C. y el final del siglo I d.C.,  la época bíblica por excelencia. Señalaremos cuál se considera hoy que debe ser la relación entre Biblia y arqueología a la hora de estudiar el pasado de la región y veremos las contribuciones que la arqueología está haciendo a la comprensión del período. Hablaremos de los impresionantes restos del sistema de aprovisionamiento de agua dejados por los jebuseos en la primera mitad del segundo milenio a.C.  Presentaremos a los reyes David y Salomón, algunas teorías respecto a sus reinados, y posibles restos relacionados con ellos de hacia el siglo X a.C..   Mencionaremos al rey Ezequías, de finales del siglo VIII a.C.,  y algunos de los preparativos que éste hizo para hacer frente a la invasión del rey asirio Sennaquerib. Y contemplaremos, finalmente, algunos restos de la Jerusalén del siglo I d.C.,  la Jerusalén del magnífico templo ampliado por el rey Herodes el Grande, en la que el Nuevo Testamento sitúa los últimos días de Jesús de Nazaret, y de donde surgirán el judaísmo moderno y el cristianismo.


     

  • Alejandría. La puerta del mundo
    José Ramón Pérez-Accino
    La ciudad de Alejandría, situada en el extremo occidental del Delta del Nilo, se presenta ante los ojos de la historia con un papel complejo. De una parte está situada en Egipto, pero no es una ciudad egipcia, sino extranjera. Recibe la denominación de Alexandria ad Aegyptum, esto es, Alejandría “junto” a Egipto pero sin formar parte de él. A pesar de ocupar ante los ojos de la cultura occidental un papel destacado en el imaginario colectivo, como la ciudad de Alejandro Magno, de Cleopatra, de Hipatia y de Kavafis. para los propios egipcios Alejandría era la puerta de acceso a un mundo exterior, complejo y altamente diferenciado que para los habitantes del valle del Nilo significaba fundamentalmente algo extraño y poco deseable. Como puerta que es, la ciudad se configura como el marco de la llegada de extranjeros a Egipto, pero también el de la exportación de mucho de la cultura de ese propio Egipto al que da la espalda y del que es extraña. La propia ciudad asume un papel de guía de la ciencia y del conocimiento al final de la Antigüedad como si se tratase de uno de sus monumentos más señalados, el faro.
  • Troya, entre realidad y poesía
    Antonio Alvar
    La ciudad de Troya es, desde que Schliemann la ubicó en el siglo XIX cerca de la ciudad turca de Hüserlik, una ciudad real, donde los arqueólogos tratan de desentrañar los misterios de su larguísima y azarosa existencia. Pero hasta entonces fue, sobre todo, el marco de una gran ensoñación que impregna toda la literatura y todo el arte occidental, desde sus albores homéricos hasta nuestros días. Con ella se forja lo mejor de la tradición épica y de ella se sirven poetas, dramaturgos, historiadores y novelistas; ella es el objeto de no pocas recreaciones artísticas y sus héroes inspiran a pintores, escultores y músicos de cualquier época y de cualquier lugar. De Troya, por fin (y a ello se debe en buena medida su exitosa pervivencia en el imaginario de Occidente), nació Roma, de modo que uno de los caminos más largos y fecundos de nuestro pasado nos conduce a esa Troya imaginaria que cada vez se nos hace más verdad.
  • Delfos, la morada de Apolo
    Miguel Ángel Elvira
    Desde el periodo micénico, Delfos fue a la vez una pequeña ciudad y un centro religioso. Al principio, fue su carácter urbano el que dominó, con murallas, restos de casas y necrópolis. Muy pocos restos señalan que por entonces hubiese una actividad cultual superior a la de otras ciudades; y, sin embargo, hay razones para pensar que, inmediatamente bajo los muros y junto a una fuente –la Casótide- pudo ya entonces instalarse una adivina. Más tarde, tras unos siglos de los que poco sabemos, se instaló allí un santuario de Apolo, que se apropió de ese oráculo, convirtiéndolo en una parte esencial de su culto. Desde entonces, la población quedó oscurecida por el carácter religioso del lugar: sin duda suministró los sacerdotes y la adivina –la pitia délfica-, pero el santuario tomó el carácter de panhelénico, abierto a todos los griegos, y dominó la comarca, impidiendo el desarrollo de una verdadera polis independiente junto a él. Por tanto, lo que cumple es estudiar este santuario, recorrerlo, visitar sus monumentos principales y, sobre todo, aproximarse al curioso fenómeno de la posesión divina que hacía entrar en éxtasis a la mujer que emitía los oráculos.
  • Nvmantia o la fábula de David contra Goliat
    Enrique Baquedano

    Cuando en el lenguaje cotidiano se utiliza el calificativo “numantino”, todos entendemos que el sujeto se trata de algo o alguien que defiende su libertad e independencia entregando su vida, si fuere preciso, a  cambio de ello. También es sinónimo de valores como el arrojo, la valentía, la temeridad, la resistencia y, sobre todo, la dignidad. El valor del débil frente al poderoso.  Por ello todo lo numantino nos produce afecto y emoción. Cualquier persona sensible toma partido por la pequeña Nvmantia frente a la poderosa Roma.  Pero las cosas fueron, como todo lo humano, mucho más complejas y la arqueología nos muestra una realidad en la que no todos los numantinos se inmolaron y muchos vivieron a las órdenes de sus ocupantes. El descubrimiento arqueológico, a lo largo de más de un siglo, de la heroica ciudad ha implicado la escritura de algunas de las páginas más atractivas y apasionantes de la arqueología hispana.

     

  • Cartago: la gran metrópolis olvidada
    Manuel Bendala

    Cartago fue una de las grandes metrópolis del mundo mediterráneo en la Antigüedad, cabeza y motor, además, de uno de los más decisivos imperios culturales y políticos de entonces. Pero su papel, su enorme huella en el acervo cultural heredado de la Antigüedad clásica, quedaron apagados con la misma contundencia con que su poder militar y político quedó aplastado por la contundente victoria de Roma. El pecado de haber sido su más temible rival fue pagado con la penitencia de una implacable damnatio memoriae. La imagen propagada por Roma de la 'perfidia púnica', la pérdida de todo su legado literario, la destrucción y ocupación de la generalidad de las ciudades púnicas, la imposición del único brillo cultural de Roma, tan extraordinario además, ha apagado histórica e historiográficamente a una de las civilizaciones más brillantes y decisivas de la Antigüedad clásica.  Una mirada más atenta a lo que los textos latinos y griegos dicen de Cartago y de su civilización y el extraordinario progreso de la investigación arqueológica permiten hoy alumbrar el esplendor de Cartago, la relevancia de su urbe, su importancia como referencia y modelo de formas de civilización que se extendieron por buena parte del Mediterráneo, con Hispania como uno de sus escenarios principales. Las expresivas descripciones de algunos autores clásicos, fundamentalmente Diodoro de Sicilia, Apiano y Polibio, y la investigación arqueológica reciente permiten redescubrir la ciudad de Cartago y medir el calibre urbano y urbanístico de una de las grandes capitales de la Antigüedad, escenario privilegiado de la elevada forma de Constitución política sobre la que llamó la atención el propio Aristóteles.


     

  • Pompeya, pasado y presente. La investigación y los problemas de supervivencia de un yacimiento excepcional
    Albert Ribera

    Para los millones de turistas que todos los años visitan Pompeya, y para el público en general, esta ciudad es el paradigma de una ciudad romana. Pero las cosas muchas veces no son lo que parecen y, en nuestro caso, este tópico responde, sólo en parte, a la realidad. Nuestro objetivo principal será trazar los elementos básicos de esta urbe y exponer los graves problemas que presenta su conservación. Pompeya se extendía por casi 70 hectáreas, de las que están excavadas un 60%. Los métodos de trabajo han cambiado mucho desde mediados del siglo XVIII, cuando se empezó a desenterrar la ciudad tras su descubrimiento. En un principio, la finalidad era encontrar objetos artísticos, que engrosaban las colecciones reales, y los edificios se volvían a cubrir. Posteriormente, ya se fueron dejando a la vista las construcciones que se iban encontrando, aunque el objetivo prioritario siguió siendo el hallazgo de piezas de valor. Incluso las pinturas murales y los mosaicos se arrancaban y se trasladaban al Museo de Nápoles. Sólo a partir de la unificación de Italia y el nombramiento de Fiorelli como responsable, hacia 1860, se podría empezar a hablar del inicio de un método de excavación y, lo que es más importante, de documentación, adecuado con los tiempos. Con anterioridad, las cosas no se habían hecho muy correctamente y se perdió una gran cantidad de información. Por ejemplo, no se conoce la procedencia de muchas de las abundantes piezas menores (monedas, cerámicas, vidrios, pequeñas esculturas, útiles metálicos, etc….) que aparecieron y en los registros hay bastantes errores, fallos que aún se observan en el mismo Museo de Nápoles.

    En el momento de la famosa erupción del 79 d.C., Pompeya era una ciudad romana y sus habitantes hablaban y escribían en latín, su arquitectura y sus costumbres funerarias respondían a los patrones romanos y su modo de vida sería como el de cualquier otra ciudad costera de la Italia coetánea. Esta situación, sin embargo, sólo empezó a generarse, y de forma especialmente traumática, 160 años antes, en el 80 a.C., cuando Roma instaló allí una colonia romana de veteranos, la Colonia Cornelia Veneria Pompeianorum, para recompensar a sus antiguos legionarios y, al tiempo, castigar a la ciudad, que había ofrecido fuerte resistencia durante la Guerra Social y luego se había adherido a Mario en su conflicto civil con Sila, a la postre vencedor. La creación de esta colonia fue un acto punitivo en todos los sentidos. La instalación de la colonia supuso que, bruscamente, se convirtiera, a su pesar, en romana. Los nuevos colonos sustituyeron a la elite local en el gobierno e impusieron las leyes, la lengua y las instituciones romanas. Los recién llegados se hicieron con las propiedades y ocuparon las casas de los pobladores originales, que durante varias décadas se vieron relegados en todos los aspectos, especialmente en la vida política.

    Por todo esto, la ciudad que ahora vemos no responde a los estereotipos de una urbe romana, sino al resultado final del dominio romano sobre un asentamiento de origen indígena, en este caso samnita, sin que ello signifique que los romanos fueran portadores de una cultura urbana de un nivel superior, más bien al contrario, ya que Pompeya era parangonable a otros centros urbanos de la órbita helenística.

    Un urbanismo prerromano
    La compleja trama urbana de Pompeya, tanto la de los barrios hipodámicos, como la de otros más irregulares, procede de la época samnita, o arcaica, así como la mayor parte de sus edificios públicos y santuarios, que en época romana sufrieron modificaciones y adaptaciones menores. Las murallas, con sus remodelaciones, también pertenecen a la época prerromana y se usaron precisamente para protegerse de los ataques romanos.
    La mayoría de las viviendas también se configuraron en sus líneas básicas en las décadas previas a la llegada de los romanos. En muchas de las casas, a las fases romanas corresponde parte de la decoración parietal y musivaria y algunos tabicados o reformas, siempre dentro de un esquema y estructura de la etapa anterior. Urbanísticamente, la Pompeya que fue sepultada por el Vesubio era una ciudad samnita, trazada y formada en sus líneas esenciales antes de la llegada de los romanos. La heterogeneidad de la trama urbana pompeyana difiere de la ortogonalidad habitual en las ciudades de fundación romana.

    Una ciudad en obras
    Antes de la erupción, en el 62 d.C., otro desastre natural se había abatido sobre la ciudad, un potente terremoto. Gran parte de sus desperfectos aún no se habían reparado cuando entró en acción el volcán 17 años después. En muchos lugares se aprecia el fuerte impacto sísmico, tanto a nivel estructural como funcional. Bastantes edificios públicos no habían sido reconstruidos, especialmente los de mayor envergadura, caso del antiguo templo Dórico y la basílica. Otros, sin embargo, gracias a la munificencia privada, fueron totalmente restaurados y revalorizados, como el templo de Isis. Algún edificio importante quedó inacabado, como las nuevas y grandes termas centrales, levantadas sobre el espacio de varias casas.
    En muchas casas hubo importantes remodelaciones por los daños del terremoto. Muchos muros fueron reparados, reforzados o levantados de nuevo, con un amplio uso del ladrillo, opus latericium, que sería el principal signo distintivo de las numerosas obras que siguieron al movimiento sísmico. Las decoraciones parietales de muchas viviendas también se sustituyeron en ese momento, de ahí el predominio del IV estilo, propio de esos tiempos. Son numerosos los hallazgos relacionados con reparaciones de las casas, especialmente de enlucidos, sorprendidos por la furia del Vesubio. Los efectos colaterales del terremoto también estarían detrás del cambio de funcionalidad de algunos espacios, en un principio destinados a vivienda, y en esta fase final habilitados a tareas productivas con la instalación de prensas y balsas para la transformación de alimentos. El tapiado de los accesos a las tabernae exteriores también es frecuente, lo que significaría la venta de estos lugares comerciales, en principio dependientes de los propietarios de la casa. Estas forzadas remodelaciones, tendentes a extraer beneficios económicos, se deberían a las dificultades por las que pasarían muchos pompeyanos tras la destrucción de sus casas.

    Pompeya se considera, con razón, como la muestra mejor conservada que nos ha llegado de una ciudad romana, consideración tan cierta como matizable, visto el estado aun deteriorado de algunos edificios y casas de la ciudad en el momento de la erupción. La definición exacta de la realidad de Pompeya sería la de un centro de estructura urbana samnita, pero de aspecto exterior romano. Sobre su estado de conservación, hay que dejar constancia que los efectos del terremoto aún eran muy palpables en el momento de la erupción y no estamos, pues, ante una ciudad intacta sino ante una que estaba inmersa en un largo proceso de reconstrucción.

    La supervivencia de Pompeya
    En la actualidad, a pesar de lo que dicen las guías turísticas, la mayor parte de las más de 800 casas romanas no son accesibles al público, incluidas algunas de las más importantes. Predominan los graves problemas de seguridad por el deterioro de los edificios, amén de otros de diversa índole relacionados con la accesibilidad y la vigilancia. La gran extensión de Pompeya, un clima muy lluvioso y húmedo, la proliferación de plantas, la intemperie provocada por la falta de techados y los terremotos, se aúnan para crear un marco complicado a la hora de pensar en el futuro de este extraordinario lugar. Por si esto ya fuera mucho, la acción antrópica muchas veces aún ha sido peor. Todos los años, unos dos millones de turistas invaden, recorren y, voluntaria o involuntariamente, deterioran las calles, las paredes y los pavimentos de las pocas casas que están abiertas al público. Recientemente, se ha asistido a una aceleración de este deterioro, manifestado mediáticamente por los derrumbes de varias fachadas de la Vía de la Abundancia, que es un lugar muy concurrido por los turistas, de ahí que haya tenido especial trascendencia. Pero esta situación no es nueva, lo especial ha sido que haya tenido lugar en una zona muy frecuentada e imposible de ocultar a los visitantes, y que, además, los avatares de este desastre probablemente tengan que ver con obras recientes de la misma administración. Desde hace muchos años, una buena parte de la superficie de la ciudad esta clausurada por peligrosa.

    Ante esta situación, se están empezando a tomar algunas medidas extraordinarias, como la llegada de fondos de la unión europea. Existe una larga tradición de misiones de investigación arqueológica, tanto italianas como extranjeras, pero ya no lo son tanto las dedicadas a su conservación y protección. En el deteriorado estado actual de Pompeya, habría que intentar fomentar las iniciativas en este sentido. Todo esfuerzo en esta línea siempre será poco para paliar este enorme desafío.

     

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