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Imagen del acto

Los participantes resumen su intervención

  • Hannah Arendt: Los cien primeros años
    Manuel Cruz

    Hannah Arendt pertenece, sin duda, a ese selecto grupo de quienes son anunciados con el tópico de que no necesita presentación. El presunto privilegio constituye un arma de doble filo. Porque mientras, de un lado, la suposición de que todo el mundo la conoce implica que, efectivamenha conseguido dejar oír su voz -ser reconocida como alguien que merece ser escuchado-, del otro, esa misma suposición puede signifiun indicio preocupante, en la medida en que estaría indicando que la autora ha salido de la ignorancia generalizada en dirección a un peligro aún mayor, a saber, el de ser absorbida por los tópicos, las imágenes establecio, peor todavía, los discursos dominan

    Afortunadamente, la figura de Arendt ha resistido hasta ahora a ambas amenazas. La mera mención de su nombre no lleva aparejada, automáticala rígida ubicación en el mapa de las ideas actuales, como suele suceder con el común de los autores. Sería una exageración afirmar de ella que es algo así como una mujer sin rostro, pero no lo sería tanto sostener que, a pesar de ser conocida, no acaba de estar del todo identifiA definir con mayor nitidez los perfiles de su pensamiento estará dedicado el presente ciclo de conferencias, en el que sus participantes -acreditados conocedores de la obra arendtiana- destacarán los diversos motivos teóricos que hacen de su propuesta un lugar inevitable para todos los que consideren que todavía vale la pena intentar arrojar algo de luz sobre estos tiempos de oscuridad.

    En un primer momento, resultará obligado ofrecer una caracterización general de la peripecia arendtiana, caracterización que deberá tener en cuenta toda una serie de circunstancias -incluyendo las históricas y biográficas- sin las cuales resulta de todo punto imposible una correcta interpretación del proyecto teórico-político emprendido por esta pensadora. A partir de ahí, la reflexión se detendrá en aquellos rasgos -especialmente los relacionados con el lugar que ocupa la memoria en la configuración del presente- que constituyen el eje vertebrador de su concepto de ser humano.

  • El totalitarismo, una realidad que desafía la comprensión
    Fina Birulés

    Los humanos son seres que, a diferencia de los animales, no necesitan aceptar lo dado, pueden transformarlo; frente a los procesos devoradores de la naturaleza edifican un mundo de civilización, capaz de sobrevivirles y de proveerles un espacio estable donde habitar. Al subrayar esta posibilidad humana de transformar lo dado, Hannah Arendt no sólo aludía a la historia del homo faber, sino que deseaba destacar también el carácter artificial de la política, pues, a su entender y a diferencia de una larga tradición de filosofía política, no toda forma humana de convivencia es política. De hecho, la experiencia de los campos de exterminio y de concentración en los regímenes totalitarios del siglo XX había mostrado que esto específicamente humano nada tiene de natural, de inevitable ni de irreversible. La política no es una necesidad de la naturaleza humana, sino sólo una posibilidad ocasionalmente realizada. El objeto de la política está vinculado precisamente a la preocupación por el mundo (amor mundi, a los gestos de estabilizar la convivencia de seres perecederos a través de una comunidad plural. Arendt concibe la comunidad política en términos de distancia y no de cercanía o de fusión: la distancia es la figura de la comunidad -,abla comunidad es lo que relaciona a los hombres en la modalidad de la diferencia entre ellos".,b9

    Si dejamos de considerar, como suele ser habitual entre nosotros, que el núcleo del pensamiento de Arendt es la defensa de la democracia participativa y la concepción de la acción tal y como se plantea en La condición humana, advertiremosque de su esfuerzo por aislar los elementos de los gobiernos totalitarios aflora algo parecido a un guión de reflexión, para los "tiempos de oscuridad", mucho más complejo, difícil de catalogar y entretejido de consideraciones que no siempre encajan fácilmente con la imagen que tenemos de una figura en la que puede leerse una "variante del radicalismo" y que nos resulta especialmente agradable "al no estar contaminada por el materialismo, el leninismo o el historicismo".,b2 De la confrontación con la experiencia del totalitarismo, Arendt extrae un análisis en el que asume las terribles verdades de lo ocurrido y su radical y trágica originalidad. Esto es, se toma en serio la irreversible ruptura que, en el siglo XX, significan los hechos del totalitarismo, de modo que el programa que puede entreverse tras sus reflexiones y escritos posteriores, puede enunciarse con las palabras de Tocqueville: "Un mundo nuevo requiere una ciencia política nueva".,b3

    Las categorías y los problemas centrales del pensamiento arendtiano deben mucho al guión semioculto que se fue perfilando a lo largo de su esfuerzo por dar cuenta del fenómeno totalitario. Muchos de sus temas más característicos pueden leerse como si fueran imágenes invertidas de las conceptualizaciones de que se dotó en Los orígenes del totalitarismo.

    ,b9. Esposito, Roberto, Communitas. Origen y destino de la comunidad, Buenos Aires: Amorrortu, 2003, pp. 137 y ss.
    ,b2 CANOVAN, Margaret, "Hannah Arendt como pensadora conservadora" en BIRULES, Fina (comp.), Hannah Arendt. El orgullo de pensar,Barcelona, Gedisa, 2000, p. 52.
    ,b3 La democracia en América, Introducción, Madrid, Alianza, 1995, p.13.

  • Hannah Arendt: La moral como integridad
    Victoria Camps

    La conocida teoría de la banalidad del mal, enunciada en el subtítulo del libro Eichmann en Jerusalén, lleva a Hannah Arendt a orientar su investigación hacia las "actividades del espíritu", que son el pensamiento, la voluntad y el juicio. A su modo de ver, lo característico del mal perpetrado por los criminales nazis es la ausencia de pensamiento y de juicio, la incapacidad de reflexionar sobre lo que se va a hacer o lo que se ha hecho y juzgarlo de acuerdo con el sentido común de la moralidad. Desde tal hipótesis, Arendt emprende el análisis de las facultades de pensar y juzgar con el fin de establecer los momentos y las condiciones fundamentales para la formación de la conciencia moral.

    Pensar es dialogar con uno mismo, distanciándose al mismo tiempo de la realidad con el fin de encontrarle un sentido. En tal búsqueda hacia el interior de uno mismo, el individuo, ser comunitario por definición, recaba asimismo el parecer de otros. Se constituye en el espectador de "mentalidad amplia" que juzga una determinada realidad o situación. Convencida de que los juicios morales no deben ir de los principios generales al caso concreto, sino en la dirección inversa, de los ejemplos a las máximas, Arendt siente más afinidad con el análisis kantiano del juicio del gusto que con el imperativo categórico. Es la apreciación, en principio subjetiva, de la obra de arte la que utiliza como modelo del juicio moral, un juicio que aspira no a la universalidad abstracta, sino a extenderse intersubjetivamente y merecer el asentimiento del mayor número de opiniones.

    El objetivo del juicio moral es la reconstrucción de un sensus comunis o un mundo común indispensable para la vida política. Dicho sentido se adquiere o recupera a través de un doble movimiento por el que el individuo busca el acuerdo de los otros, pero, en mayor medida, el acuerdo con el propio yo. Es esa integridad con uno mismo, el rechazo de todo aquello que obligue a renunciar a la autenticidad, lo que lleva a la persona a decidir, al mismo tiempo, cómo y con quién quiere vivir. De esta forma, el sentido común o sentido moral consiste, para Hannah Arendt, en el esfuerzo de la persona por evitar la tendencia a dejar de pensar y juzgar eludiendo, en consecuencia, la asunción de cualquier tipo de responsabilidad.

    Muy consecuente con su pulsión antimetafísica y su teoría de que la filosofía es un pensar sin apoyos, Arendt no se propone una fundamentación de la moral, sino más bien una fenomenología del discernimiento moral, que establezca tan sólo las condiciones en las que éste puede y debe darse. No se trata de llegar a ninguna verdad moral, sino, sobre todo, de evitar el conformismo acrítico con lo que viene dado. La integridad moral es, por encima de todo, la lucha contra la indiferencia.

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