menu horizontal
Botón que abre el buscador
Botón que enlaza al Calendario
Imagen del acto

Los participantes resumen su intervención

  • La autoridad de la letra. Prácticas cautivas de escritura y oralidad en los siglos XVI y XVII
    Pedro M. Cátedra

    En el principio está sin duda la práctica literaria, la práctica intelectual, en cualquiera de sus facetas y de sus medios de manifestarse, visuales y textuales, orales o escritos. Pero sólo ciertas intermediaciones, que ahora podemos percibir,  permiten poner a individuos o colectivos de personas en situaciones sociales o culturales lo suficientemente límites como para que afloren aspectos representativos y comunes de las prácticas y de los usos de los textos, que a su vez hacen posible un lugar en la historia y su propia definición historiográfica.

    Podríamos considerar que, durante los siglos xvixvii, la censura fue una de esas intermediaciones privilegiadas, si no culturales, sí  al menos materiales y ejecutivas. Tanto la práctica de la autocensura como la censura ejercida por instituciones civiles o religiosas acaban concentrando la atención de agentes y pacientes del control en los aspectos comunes de las prácticas literarias y de lectura, uso de libros y relación con los textos orales y escritos. Estos aspectos, que son además los más reales y los más extendidos de la relación y del uso de los textos, no siempre quedan atendidos en la observación que se hace desde una perspectiva más literaria que sociológica.


    La Inquisición aplicó sus desvelos en pro de la ortodoxia a todas las clases sociales y gracias a los procesos que se conservan es posible diseñar una historia de la lectura o de la relación con los textos orales y escritos que ha sido muchas veces opaca a los ojos de la historiografía moderna. Es cierto que hoy sabemos que cualquier heterodoxia tiene un porcentaje altísimo de construcción artificial y teórica por parte de quienes ejercen el control y la definen sobre la base de una casuística detallada, que se aplicaba automáticamente y que se reconocía en los pacientes colectivos e individuales como si de un guión se tratara - así casi todas las herejías modernas o la brujería- . A esto habría que añadir la plomada que viene a significar el corsé de una instrucción judicial acorde con unos protocolos tanto o más perfectamente regulados que otros de índice procesal. No obstante, en procesos inquisitoriales no totalmente relacionados con la lectura, o en actos de control específico de ésta, como las censuras o las recomendaciones de quienes disponían de la autoridad, pluma o púlpito para poder hacerlas, permean no pocos datos que permiten reconstruir una nueva historia de la relación con los textos y poner en relieve los cambios sociológicos de esa era de la aculturación tipográfica que es el espacio cronológico al que se refiere el título de la conferencia, así como también de la relación peculiar y bien diferente de la actual que los lectores tienen con los textos, de cualquier categoría que éstos fueran. Para esto es fundamental la autoridad normativa que se reconoce al texto, manuscrito y, sobre todo, impreso, hasta extremos que hoy nos parecen inverosímiles, ya que lleva a confundir fronteras tan delimitadas ahora como la ficción y la realidad, la historia y la poesía en su sentido clásico, y ello en cualquiera de sus niveles.

    En esta conferencia se planteará esta cuestión y se propondrán líneas para la construcción de esta realidad historiográfica atendiendo a fuentes o documentación inédita procedente de actos de censura, procesos de Inquisición o directrices educativas. De un lado, se estudiará el acceso y el uso de los textos orales y escritos en el ámbito de las clases sociales de formación emergente, en especial lo que se conoce como la literatura popular impresa - cuyo concepto se revisará- , tanto en verso como en prosa, y la contribución de ésta a la conformación de una cultura propia, que no sólo será referente para la ficción y el entretenimiento, sino para regir comportamientos sociales o religiosos. De otro lado, se propondrá la consideración de estos grupos y de otros grupos que amalgaman su historia parejamente

  • El tribunal de las conciencias. La censura literaria en la Europa moderna
    María José Vega

    A finales del siglo XV los estamentos eclesiásticos dispensaron a la nueva invención de la imprenta una acogida calurosa y entusiasta. La saludaron como arte divina, capaz de dar al mundo tesoros de sabiduría y enseñanza, de expandir la devoción, de fomentar la lectura espiritual y el conocimiento de la historia y las ciencias. Como diría el franciscano Bernardino da Feltre, en estos nuevos tiempos, con tal luz y abundancia de libros, no le quedarían ya al hombre excusas para no saber. Pronto, sin embargo, la fascinación por la escritura mecánica comenzó a reparar no sólo en sus beneficios, sino también en sus peligros. En la bula Inter multiplices, de 1487, el papa Inocencio VIII ensalzaba la utilidad de las prensas, porque multiplicaban el número de los libros buenos, pero precavía ya de sus riesgos, porque muy bien podrían, con la misma eficacia, difundir doctrinas perversas y saberes falsos. Establecía por ello la institución del imprimatur, y entendía que el oficio pastoral del cuidado de las almas debía extenderse al trabajo de los impresores y al contenido de los libros. La íntima relación, en la Europa moderna, entre imprenta e instituciones censorias puede trazarse, pues, desde sus inicios, y se extiende a lo largo de varios siglos. Su expresión más visible es, sin duda, la de los vastos Indices de libros prohibidos que compilaron las autoridades religiosas romanas, tridentinas y nacionales, pero la vigilancia de libros y prensas adopta también formas menos conspicuas, o más capilares, pero no menos efectivas. Esta ponencia se propone exponer los hitos principales de este proceso de creciente intervención sobre la lectura, describir la justificación teórica de la censura de los libros de ficción y entretenimiento, y proponer una revisión general de la relevancia de las instituciones censorias para los intercambios culturales y textuales en la gran literatura áurea. Su título encierra un homenaje al historiador italiano Adriano Prosperi, que con la expresión de tribunal de las conciencias se refería a la suma de censura y confesión, por entender que ambas disponen, en efecto, de la potestad de indagar en lo más íntimo del espíritu, en las convicciones y en los deseos, y en los actos silenciosos y privados de la lectura y la imaginación.

  • Erasmismo y censura. El caso de "Lazarillo de Tormes"
    Rosa Navarro Durán

    En 1526 salía de las prensas de Miguel de Eguía en Alcalá de Henares la traducción, hecha por el arcediano del Alcor, del Enquiridion de Erasmo. El 14 de diciembre de 1527, Alfonso de Valdés escribió una carta, que firmó el Emperador, en donde decía que "en su presencia no se podía determinar cosa alguna contra Erasmo, de cuya cristiana intención estaba muy cierto". Se reproduciría, a partir de entonces, en todas las ediciones  españolas del Enquiridion y le serviría de salvoconducto hasta 1559, fecha del índice de libros prohibidos del inquisidor Valdés, en donde se incluye  y en donde figuran casi todas las obras de Erasmo. Ya en 1536 se habían prohibido los Coloquios, primero en español, y al año siguiente, en latín.

    Hacia 1557 un médico judío de Llerena, Francisco de Peñaranda, envolvía en paja y emparedaba once libros en su casa de la plaza de Nuestra Señora, en Barcarrota (Badajoz) para protegerlos y protegerse: eran materia muy peligrosa. Entre ellos había dos obras de Erasmo: la Lingua y De vitiosa Verecundia (Lyon, 1538), y un ejemplar de una edición desconocida, de 1554, de La vida de Lazarillo de Tormes, impresa en Medina del Campo,  por los hermanos Mateo y Francisco del Canto.

    El 6 de octubre de 1532, Alfonso de Valdés moría en Viena. A partir de entonces, iban a soplar muy malos vientos para las obras de Erasmo. Las del secretario del Emperador, el genial conquense y convencido erasmista, no se imprimirían - hasta hace muy poco-  bajo su nombre: ni sus dos Diálogos ni el Lazarillo de Tormes.

    La conferencia va a tratar de un capítulo de esa apasionante historia de un pensamiento muy crítico con los miembros viciosos y corruptos de la iglesia, y de las enormes dificultades que iba a encontrar su difusión. Si la piqueta de un albañil descubrió en 1992 los libros ocultos desde el siglo XVI en una casa de Barcarrota, poco a poco se irán desvelando otros secretos escondidos...en  los libros.

  • Lectores, censores y críticos. La vida pública de la Celestina en los siglos XVI y XVII
    Emilio Blanco

    Podría decirse que La Celestina es el primer best-seller de la literatura española. Apenas publicado, el Renacimiento ve cómo se multiplican las reediciones y las traducciones (incluso al latín ya en el siglo XVII), y cómo el libro se convierte en fondo inexcusable para cualquiera de los libreros de la época, que no cesan de ofrecerlo en su catálogo. Su éxito fue mucho más allá, y hoy podemos documentar múltiples poseedores durante el Renacimiento, en la Península Ibérica, en Europa, e incluso en América, destino al que viajó con no poca frecuencia, pese a la prohibición que pesaba sobre la exportación al Nuevo Continente de obras de ficción.

    Y si sabemos de poseedores, no sabemos menos de sus lectores: tanto desde la propia literatura como desde textos técnicos de distinto calado, una parte considerable de los autores de la Edad Dorada hablaron de La Celestina. No deja de ser curioso que el primer lector crítico de la obra sea el propio Rojas, que "encuentra" el "primer auto" y decide acabarlo, no sin antes formarse una serie de juicios sobre aquel texto y su autor. Sin haber llegado todavía a publicarse, los impresores introdujeron resúmenes al comienzo de cada uno de los autos, ejerciendo así la labor de intérpretes. Ya en la calle, el libro alcanza una popularidad inusitada: unos y otros exponen su opinión, desde simples declaraciones que expresan sencillamente el gusto por la obra, hasta juicios técnicos de distinto calado sobre su autoría, el valor estilístico, el lenguaje, el género o la intención de la historia de la alcahueta y los amantes.

    No es extraño que fuese así: la obra y su circunstancia pedían aclaraciones. Su calidad avalaba que se hablase de ella, desde los humanistas (preocupados en principio por cuestiones técnicas) hasta los moralistas (más interesados en su valor ejemplar o antimodélico); pero son los autores de todo tipo de literatura (con Cervantes, Lope de Vega y Gracián a la cabeza) quienes se detienen más en la obra de Rojas, fascinados por la calidad del texto y la potencia del trío protagonista.

  • Secretos del corazón. Verdad interior y construcción de la subjetividad en el Barroco
    Fernando Rodríguez de la Flor

    La virtud de la amicitia corona y preside, en  la tradición de origen platónico, el conjunto de los realces programáticos a que tiende durante el Renacimiento la formación integral del hombre de saber. Es una imagen pregnante y persuasiva acerca del valor que la franqueza y la audacia frente a las estrategias de la censura alcanza en el diseño moral del "nuevo hombre", el cual, investido en la recién adquirida dignidad por la que, por ejemplo, aboga un Pérez de Oliva en su famosa Oratio -Diálogo de la dignidad del hombre-, muestra a todos el camino de su corazón, mientras exhibe su interioridad abierta; consciente por vez primera -y hasta orgulloso- de los contenidos con que se ha ido construyendo su intimidad, su alma toda.
       
    Cien, ciento cincuenta años después, en los tiempos del sujeto barroco en los que vive Baltasar Gracián y la pléyade de los téoricos españoles de la conducta, los diálogos sobre la amicitia, las proposiciones para la forja de un hombre cuyo corazón compareciera abierto y sin recovecos, se han tornado decididamente anticuadas, inservibles, convertidas todas ellas en un mero conjunto de idealidades a las que la praxis eficaz del mundo pone en cuestión y finalmente niega.

    El papel de la reserva crece, y la desconfianza se promueve ahora ante la entidad confusa de lo "real", y frente al temor de la determinación agresiva con que se manifiestan las causas exteriores, por las cuales cada potencia singular resulta infinitamente superada y entorpecida en el logro de sus finalidades e intereses propios. Ello se produce en medio de un escepticismo general que eclosiona a fines del siglo XVI. El desconfiado, el desconfiado  de Lope de Vega, se promueve ahora como la nueva figura que cristaliza en unos tiempos vueltos definitivamente, a efectos políticos y sicológicos, sumamente complejos, y en donde, en buena medida, naufraga lo que se ha llamado modernamente las "políticas de la amistad". Aquellas precisamente que ayudan a fraguar a las comunidades cívicas, y las ayudan a construir un futuro armónico que pueda conjuntar el bien propio (la "razón de sí") subordinándolo al general o común ("razón de Estado). O, por decirlo de otro modo, podemos considerar que en la nueva situación política española, en el tiempo de los validos y de la construcción de un poderoso entorno cortesano ya no tiene peso utópico el proyecto de una platónica armonía de los intereses y de las pasiones del hombre regidos por una república donde pueda imperar la razón investida del deseo de servir al bien de todos. Al contrario, el "interés propio", la política de los intereses se hace monstruosa, desequilibrada, sumergiendo a los cortesanos -que a estos efectos lo son todos los que intervienen en las producción simbólica- en un vértigo de maquinaciones e intrigas conducidas por las estrategias de la simulación/disimulación. Éstas juegan en un escenario máximo. El discurso de la política, convertida, en efecto, en política máxima, como reza el título de la obra de M. Pelegrin, arrasa con sus determinaciones y con el repertorio mismo de sus censuras e interdictos. En el terreno psicológico del nuevo sujeto, eso se traduce en el crecimiento exponencial de un universal disgusto y desafecto, que entre los hispanos puede ser leído como "discontento", "malestar", desencanto y final desengaño.

Fundación Juan March
Contactar
Castelló, 77 – 28006 MADRID
+34 91 435 42 40
http://www.march.es