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El autor resume su intervención

  • Mahler: su vida, su obra, su tiempo
    José Luis Pérez de Arteaga

    Mahler es un artista bisagra, y no sólo porque su producción esté entre los siglos XIX y XX, sino por su asunción del pasado, tanto cercano –Wagner, Bruckner, Brahms- como remoto –sobre todo Beethoven-, y por su proyección hacia el futuro.

    Y es que Mahler  fue el sublimador y depredador (ambas opciones) de la forma sinfónica que él de-construyó y reconstruyó en apenas tres décadas de trabajo. La sinfonía, como forma reina de la música occidental desde Haydn y Mozart en el terreno instrumental, llegó a su posición de máxima expansión y grandeza -entendida como grandiosidad y grandilocuencia- a través de las creaciones de Mahler. A la inversa, si la sinfonía conoció un aniquilador o ángel exterminador, éste sería  también él. De otra parte, fue el inspirador, en gran medida, de los “ismos” centroeuropeos de la centuria recién nacida (empezando por el atonalismo o el expresionismo). Pero, por ende, a lo largo del “novecento”, fueron pocos, aunque la mayor parte no le conociera o tratara, los músicos que se libraron de su influencia.

    El sinfonismo clásico-romántico conoció las últimas exacerbaciones posibles de forma y sintaxis en los conglomerados y tractati de Mahler, que no son sino pronunciamientos filosóficos y expresiones de su propia existencia. Para este planteamiento, la forma tradicional le resultaba insuficiente: se vio, pues, obligado a crear la suya propia.

    Una segunda charla nos acercará al final del inventario creador de Mahler, que culmina con tres obras escritas a partir de 1907. Estas composiciones, que según la tradición expresan los lóbregos sentimientos de un autor in articulo mortis, son las Sinfonías Novena y Décima, y una Lied-Symphonie, La Canción de la Tierra, obra esta que expresa a través de sus Ewig (“Eternamente”) conclusivos una aspiración insondable de permanencia. 

    Es este un viaje que se hace especialmente dramático en el primer tiempo de la Novena Sinfonía, en el que Berg veía la presencia de la muerte como una constante. Pero como “triunfo del espíritu” se refería Carlo Maria Giulini a esta obra y a su Finale, clausura en la que Karajan veía dolor y rabia, pero no pesimismo. Deryck Cooke denominó a este conjunto de piezas “Trilogía del adiós”. Pero, ¿adiós a la vida? ¿Es eso lo que refleja la inconclusa Décima? Su primer tiempo, el único completado por el autor, arranca del Finale de la Sinfonía precedente, pero, hondos –terribles- lamentos de amor al margen, ¿es resignación cristiana, pesimismo mortuorio, aceptación oriental de la venida de la guadaña, lo que apunta el amplísimo esquema dejado por el compositor en sus postreros días de vida? No está tan claro, porque acaso el perennemente inquieto Mahler atisbaba nuevos caminos, humanos y musicales, dignos de ser transitados. Casi a su lado, Schönberg escribía citando a Stefan George, Ich fühle die Luft von anderen Planeten, “Presiento el aire de otros planetas”. No es improbable que Mahler también hubiera empezado a percibirlos.


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