Cine mudo

El paso del cine mudo al sonoro
M, un asesino entre nosotros

15 y 16 febrero 2013

El conferenciante resume su intervención

  • El viento
    Manuel Hidalgo
    El viento es la gran obra maestra del periodo americano de Víctor Sjöström y una de las mejores películas del cine silente. La muy influyente actriz Lillian Gish eligió personalmente al director sueco para abordar la adaptación de la novela de Dorothy Scarborough. Ambos acababan de trabajar juntos y con plena satisfacción en La mujer marcada (1926). El viento es un vigoroso melodrama en el que el infortunio amoroso y la hostilidad y precariedad del entorno social son senderos que conducen a la tragedia en el marco de un paisaje devorador, muy bien aprovechado por las cualidades plásticas de Sjöström, un director muy dotado para la estética visual, nunca gratuita sino unida líricamente a la verdad íntima de sus personajes. Intérprete teatral y cinematográfico, Sjöström fue también un excelente director de actores. El talento de Irving Thalberg, mítico productor de la MGM, está igualmente detrás de El viento, película escrita por Frances Marion, una de las grandes guionistas del Hollywood clásico.
  • El viento
    Manuel Hidalgo
    El viento es la gran obra maestra del periodo americano de Víctor Sjöström y una de las mejores películas del cine silente. La muy influyente actriz Lillian Gish eligió personalmente al director sueco para abordar la adaptación de la novela de Dorothy Scarborough. Ambos acababan de trabajar juntos y con plena satisfacción en La mujer marcada (1926). El viento es un vigoroso melodrama en el que el infortunio amoroso y la hostilidad y precariedad del entorno social son senderos que conducen a la tragedia en el marco de un paisaje devorador, muy bien aprovechado por las cualidades plásticas de Sjöström, un director muy dotado para la estética visual, nunca gratuita sino unida líricamente a la verdad íntima de sus personajes. Intérprete teatral y cinematográfico, Sjöström fue también un excelente director de actores. El talento de Irving Thalberg, mítico productor de la MGM, está igualmente detrás de El viento, película escrita por Frances Marion, una de las grandes guionistas del Hollywood clásico.
  • Y el mundo marcha
    Javier Hernández
    La modernidad arquitectónica es retratada tempranamente en Hollywood. The crowd (King Vidor, 1928) es un ejemplo de la potencialidad de un escenario urbanita neoyorkino. Pero la gran metrópoli no es contemplada en este film como un escenario idílico, sino como un espacio alienante para un individuo diluido en la multitud (a la que alude el título) en un momento en el que el sueño americano está a las puertas de despeñarse en un martes negro bursátil.
     
  • Y el mundo marcha
    Javier Hernández
    La modernidad arquitectónica es retratada tempranamente en Hollywood. The crowd (King Vidor, 1928) es un ejemplo de la potencialidad de un escenario urbanita neoyorkino. Pero la gran metrópoli no es contemplada en este film como un escenario idílico, sino como un espacio alienante para un individuo diluido en la multitud (a la que alude el título) en un momento en el que el sueño americano está a las puertas de despeñarse en un martes negro bursatil.
  • Asfalto
    Pedro G. Cuartango

    Asfalto es una de las últimas obras maestras del cine mudo alemán. Film estrenado en 1929, narra la historia de una sensual ladrona que seduce al policía que le ha detenido por robar un diamante en una joyería. La película está dirigida por el realizador vienés Joe May, que la rodó en los legendarios estudios UFA de Berlin. Posteriormente, May tuvo que emigrar a EE UU para huir del nazismo, pero antes dirigió dos de los mejores films del cine expresionista alemán: Retorno al hogar y Asfalto. Asfalto es una mezcla de cine negro y comedia, realizada con una enorme audacia visual. Destaca la brillante interpretación de Gustav Fröhlich y de la insuperable Betty Amann, mujer fatal, cuya estética inspiró a Billy Wilder en Con faldas y a lo loco. La película contiene escenas de enorme intensidad sensual que escandalizaron al público más conservador. Hay que destacar también la esmerada fotografía de Günther Rittau, de estética vanguardista, y la banda sonora de Karl-Ernst Sasse. En resumen, una verdadera joya del cine de los años 20, cuya valoración ha ido creciendo con el transcurso del tiempo.


     

  • M, un asesino entre nosotros
    Fernando Méndez-Leite

    La carrera cinematográfica de Fritz Lang se extiende desde 1916, fecha en que inicia sus trabajos como guionista en la película Látigo, hasta 1960 en que, de regreso a Alemania tras su largo exilio en el cine americano, filma Los crímenes del Dr. Mabuse,  que cierra su fructífera trayectoria como director enlazando con temas y estilo muy queridos desde sus comienzos en el cine mudo. Cuando en 1931 consigue, tras serias dificultades de todo tipo,  arrancar el rodaje de M. El vampiro de Düsseldorff, su primera película sonora, hace ya tres años que había estrenado La mujer en la Luna, su última película muda. Por entonces Lang ya se ha convertido en el más importante realizador del cine alemán con la única competencia del gran Friedrich Wilhelm Murnau, gracias a la excepcional acogida de sus películas Der Müde Tod, Doctor Mabuse, Los nibelungos y Metrópolis.

    M significa no sólo su regreso sino su consagración como uno de los más potentes narradores del nuevo cine hablado que empieza a dar sus primeros pasos en Europa y ello gracias al aprovechamiento que las nuevas técnicas del sonoro, integradas con inspiración en las necesidades de la narración, ofrecen al autor en la descripción del complejo personaje de Franz Becker y en la creación de ambientes, los dos elementos fundamentales que constituyen la esencia de una de las mejores películas de todos los tiempos. Para interpretar al protagonista, Lang reclutó a un joven actor que había empezado a destacar en la escena pero sin una experiencia cinematográfica anterior. Peter Lorre debutaría en el cine con este temible y al mismo tiempo patético asesino de niñas y obtendría un éxito que cimentaría su largo y variado repertorio posterior. Después de varias películas en los estudios alemanes, en 1934 Lorre fue requerido desde Londres por Alfred Hitchcock para interpretar la versión inglesa de El hombre que sabía demasiado y ya no regresaría a la Alemania de Hitler. En Hollywood debutó con Mad Love de su compatriota Karl Freund e inmediatamente después interpretó el Raskolnikov de la magnífica adaptación de Crimen y castigo de Josef von Sternberg. En los años 30 su rostro se popularizó gracias a la serie de películas de la Fox sobre el detective oriental Mr. Moto, pero sus trabajos posteriores en títulos claves de la época (El halcón maltés, Casablanca, La máscara de Dimitrios, Arsénico por compasión, 20.000 leguas de viaje submarino, La bella de Moscú, Jerry Calamidad o su colaboración en los Films de terror de Roger Corman en los 60) dan fe de su capacidad y su versatilidad.

    M es un guión escrito por Lang con su entonces esposa Thea von Harbou y con la colaboración de Paul Falkenberg, Adolf Jang y Karl Vosh, sobre un artículo original de Egon Jacobson, cuyo primer título fue Los asesinos están entre nosotros, que después fue cambiado para evitar malos entendidos con los intereses oficiales del emergente partido nacional socialista, a pesar de las afinidades de Thea von Harbou con el nazismo. Ello no impedirá que Lang, después de su siguiente película, El testamento del Dr. Mabuse, decida exiliarse en Paris y más adelante en los Estados Unidos.  Ya en Hollywood, realizará algunas de las más brillantes obras del cine negro del periodo clásico, como Furia, Sólo se vive dos veces, La mujer del cuadro, Perversidad, Close by Night o Mientras Nueva York duerme, con insólitas incursiones en el western en films como El regreso de Frank James, Espíritu de conquista y Rancho Notorious, pero ésa es ya otra historia.

     

  • Éxtasis
    Oti Rodríguez Marchante
    El director checo Gustav Machaty es un eco, un capirotazo, en la historia del cine, y un siglo después de su siglo aún retumba en ella poderosamente gracias a una película titulada Éxtasis que hizo en los albores de los años treinta (se estrenó en 1933), cuando el cine sonoro sonaba en Hollywood y en el centro de Europa lo que se empezaba a oír era ruido de botas y un presagio de mundo enmudecido. Éxtasis es, hoy, un recipiente único que contiene dos universos contradictorios, el de un cine mudo ya difunto y el de una de esas estrellas que lució ahí por primera vez y para siempre, Hedy Lamarr.  Aunque el sello de ese pasaporte a la eternidad (de ella y de la película) lo estampa una escena nunca antes vista en una pantalla de cine comercial: la jovencísima actriz protagonista (todavía no era Hedy Lamarr, sino Hedwig Eva Maria Kiesler) corría completamente desnuda por el campo. Una escena larga, llena de una perfecta naturalidad y que preludia lo que es la esencia de la película, una mezcla de lírica y de erótica, amplificada aún más en la otra escena no obscena de la pasión carnal con su amante sobre un primer plano de su rostro también absolutamente desnudo. Gustav Machaty no tuvo un gran recorrido tras el cruce de éxito y escándalo de Éxtasis, pero la joven Hedy Kiesler se convirtió unos años después, y ya en el cocedero de Hollywood, en Hedy Lamarr, un prodigio de belleza y sofisticación que paseaba por el cine de la época como un gato por su alfeizar. Pero tras el escaparate de Éxtasis, Lamarr de cuerpo entero, hay también una profunda trastienda insólita para la época sobre los dilemas del amor y del sexo, sobre la pasión, el tiempo y el azar.
  • Éxtasis
    Oti Rodríguez Marchante
    El director checo Gustav Machaty es un eco, un capirotazo, en la historia del cine, y un siglo después de su siglo aún retumba en ella poderosamente gracias a una película titulada Éxtasis que hizo en los albores de los años treinta (se estrenó en 1933), cuando el cine sonoro sonaba en Hollywood y en el centro de Europa lo que se empezaba a oír era ruido de botas y un presagio de mundo enmudecido. Éxtasis es, hoy, un recipiente único que contiene dos universos contradictorios, el de un cine mudo ya difunto y el de una de esas estrellas que lució ahí por primera vez y para siempre, Hedy Lamarr. Aunque el sello de ese pasaporte a la eternidad (de ella y de la película) lo estampa una escena nunca antes vista en una pantalla de cine comercial: la jovencísima actriz protagonista (todavía no era Hedy Lamarr, sino Hedwig Eva Maria Kiesler) corría completamente desnuda por el campo. Una escena larga, llena de una perfecta naturalidad y que preludia lo que es la esencia de la película, una mezcla de lírica y de erótica, amplificada aún más en la otra escena no obscena de la pasión carnal con su amante sobre un primer plano de su rostro también absolutamente desnudo. Gustav Machaty no tuvo un gran recorrido tras el cruce de éxito y escándalo de Éxtasis, pero la joven Hedy Kiesler se convirtió unos años después, y ya en el cocedero de Hollywood, en Hedy Lamarr, un prodigio de belleza y sofisticación que paseaba por el cine de la época como un gato por su alfeizar. Pero tras el escaparate de Éxtasis, Lamarr de cuerpo entero, hay también una profunda trastienda insólita para la época sobre los dilemas del amor y del sexo, sobre la pasión, el tiempo y el azar.

El paso del cine mudo al sonoro

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