Cine mudo

La comedia cinematográfica
El hombre mosca

6 y 7 diciembre 2013

El conferenciante resume su intervención

  • La muñeca
    Eduardo Rodríguez Merchán
    La muñeca (Die puppe, 1919) es una película muy representativa del periodo berlinés más brillante del director alemán Ernst Lubitsch, quien tres años más tarde se exiliaría a Hollywood para completar una brillantísima carrera cinematográfica en América. Con esta película se inicia el ciclo de comedias mudas que pretende recorrer diez años de una época del cine en el que se estaba alcanzando una madurez creativa extraordinaria que truncó la llegada del sonido al cine. Lubitsch dibuja con precisión y con mucha imaginación una fábula que, bajo la apariencia del cuento inocente, esconde algunas de los estilemas más sutiles del cine del famoso director de Ninotchka (1939) o de To be or not to be (1942): la sátira despiadada pero que no renuncia al encanto, la ironía descarnada pero elegante, el juego de las atracciones sexuales y los enredos amorosos, etc. Con unas aportaciones estilísticas y narrativas muy atrevidas, pero sin olvidar los paradigmas ya consolidados de la comedia muda y los gags habituales del slapstick y la payasada cinematográfica, La muñeca cuenta una historia disparatada que nos obliga a reflexionar sobre el papel social del ser humano y sus miserias. Un ambiguo y anodino joven, un noble ajado y decrépito, unos monjes lascivos y mentirosos, un constructor de muñecas autómatas y su desvergonzada hija conforman un panel de personajes que -como siempre sucede en el cine de Lubitsch- son más decisivos y están mejor estructurados que la propia trama que sostiene sus aventuras.
  • La muñeca
    Eduardo Rodríguez Merchán
    La muñeca (Die puppe, 1919) es una película muy representativa del periodo berlinés más brillante del director alemán Ernst Lubitsch, quien tres años más tarde se exiliaría a Hollywood para completar una brillantísima carrera cinematográfica en América. Con esta película se inicia el ciclo de comedias mudas que pretende recorrer diez años de una época del cine en el que se estaba alcanzando una madurez creativa extraordinaria que truncó la llegada del sonido al cine. Lubitsch dibuja con precisión y con mucha imaginación una fábula que, bajo la apariencia del cuento inocente, esconde algunas de los estilemas más sutiles del cine del famoso director de Ninotchka (1939) o de To be or not to be (1942): la sátira despiadada pero que no renuncia al encanto, la ironía descarnada pero elegante, el juego de las atracciones sexuales y los enredos amorosos, etc. Con unas aportaciones estilísticas y narrativas muy atrevidas, pero sin olvidar los paradigmas ya consolidados de la comedia muda y los gags habituales del slapstick y la payasada cinematográfica, La muñeca cuenta una historia disparatada que nos obliga a reflexionar sobre el papel social del ser humano y sus miserias. Un ambiguo y anodino joven, un noble ajado y decrépito, unos monjes lascivos y mentirosos, un constructor de muñecas autómatas y su desvergonzada hija conforman un panel de personajes que -como siempre sucede en el cine de Lubitsch- son más decisivos y están mejor estructurados que la propia trama que sostiene sus aventuras.
  • Siete años de mala suerte
    Fernando Lara
    Calificado por Román Gubern como “el primer gran cómico de la pantalla” y “un jalón fundamental en la historia del cine cómico”, Max Linder determinó un giro decisivo dentro del género. Frente al aire desastrado y bufonesco de sus predecesores, impuso la elegancia del “dandy” parisino, más bien vividor y “calavera”, siempre en pos de una difícil conquista femenina en un medio burgués. Precedente directo de Chaplin, quien reconoció su influencia sobre él, Linder alcanzó una enorme popularidad. Su obra maestra es Siete años de mala suerte, que realizó en 1921 durante su segunda estancia en Estados Unidos y de la que siempre se ha recordado la extraordinaria secuencia del espejo, imitada años más tarde por los Hermanos Marx en Sopa de ganso.
  • Siete años de mala suerte
    Fernando Lara
    Calificado por Román Gubern como “el primer gran cómico de la pantalla” y “un jalón fundamental en la historia del cine cómico”, Max Linder determinó un giro decisivo dentro del género. Frente al aire desastrado y bufonesco de sus predecesores, impuso la elegancia del “dandy” parisino, más bien vividor y “calavera”, siempre en pos de una difícil conquista femenina en un medio burgués. Precedente directo de Chaplin, quien reconoció su influencia sobre él, Linder alcanzó una enorme popularidad. Su obra maestra es Siete años de mala suerte, que realizó en 1921 durante su segunda estancia en Estados Unidos y de la que siempre se ha recordado la extraordinaria secuencia del espejo, imitada años más tarde por los Hermanos Marx en Sopa de ganso.
  • El hombre mosca
    Carlos F. Heredero

    Harold Lloyd (1893 / 1971) era, a principios de los años veinte, el actor mejor pagado del mundo y uno de los hombres más ricos de América, había interpretado más de 180 cortometrajes cómicos (una cifra superior a la que podrían sumar juntos Chaplin y Keaton) y era un triunfador nato que vivía en una gigantesca mansión de Beverly Hills con 44 habitaciones, piscina olímpica, terrenos deportivos y campo de golf. Y de eso hablan precisamente –de la conquista del éxito social– la mayor parte de sus películas, incluidos los cortos, los once largometrajes mudos y los siete sonoros que protagonizó a lo largo de su filmografía. Y también, por supuesto, El hombre mosca, el cuarto de sus largos, película que contiene una de las más famosas escenas cómicas de toda la historia del cine: la que muestra a Harold Lloyd escalando un alto rascacielos y sujeto a las manillas de un reloj. Una imagen icónica mil veces repetida y que pervive en el imaginario de todos los aficionados.

    Creador de un personaje característico ('Winckle'), tocado siempre con sombrero de paja y gafas de carey, Lloyd busca el humor a través de los equívocos que tienden a colocar a su criatura en una posición embarazosa que él normalmente ignora y que provoca la adhesión emocional del espectador, como muestra de manera ejemplar la primera secuencia de El hombre mosca. Su humor es siempre calculado, preciso y con una acusada tendencia a las situaciones acrobáticas, entre las que destaca con fuerza la escena cumbre de esta película, inspirada en el hallazgo que para Harold Lloyd supuso el encuentro con un auténtico 'hombre mosca' que se dedicaba a escalar edificios (Bill Strothers) y que, de hecho, interpreta en el film las secuencias de mayor peligro en las que el famosísimo y adinerado Harold Lloyd fue sustituido por un especialista.


     

  • El hombre mosca
    Carlos F. Heredero

    Harold Lloyd (1893 / 1971) era, a principios de los años veinte, el actor mejor pagado del mundo y uno de los hombres más ricos de América, había interpretado más de 180 cortometrajes cómicos (una cifra superior a la que podrían sumar juntos Chaplin y Keaton) y era un triunfador nato que vivía en una gigantesca mansión de Beverly Hills con 44 habitaciones, piscina olímpica, terrenos deportivos y campo de golf. Y de eso hablan precisamente –de la conquista del éxito social– la mayor parte de sus películas, incluidos los cortos, los once largometrajes mudos y los siete sonoros que protagonizó a lo largo de su filmografía. Y también, por supuesto, El hombre mosca, el cuarto de sus largos, película que contiene una de las más famosas escenas cómicas de toda la historia del cine: la que muestra a Harold Lloyd escalando un alto rascacielos y sujeto a las manillas de un reloj. Una imagen icónica mil veces repetida y que pervive en el imaginario de todos los aficionados.

    Creador de un personaje característico ('Winckle'), tocado siempre con sombrero de paja y gafas de carey, Lloyd busca el humor a través de los equívocos que tienden a colocar a su criatura en una posición embarazosa que él normalmente ignora y que provoca la adhesión emocional del espectador, como muestra de manera ejemplar la primera secuencia de El hombre mosca. Su humor es siempre calculado, preciso y con una acusada tendencia a las situaciones acrobáticas, entre las que destaca con fuerza la escena cumbre de esta película, inspirada en el hallazgo que para Harold Lloyd supuso el encuentro con un auténtico 'hombre mosca' que se dedicaba a escalar edificios (Bill Strothers) y que, de hecho, interpreta en el film las secuencias de mayor peligro en las que el famosísimo y adinerado Harold Lloyd fue sustituido por un especialista.

     

  • El rey de los cowboys
    David Trueba

    Un Buster Keaton conmovedor por lo que tiene de descubrimiento del propio cine, de la forma de hacerlo y de establecer el humor. La precariedad narrativa ofrece una idea clara del nacimiento del cine, del humor visual y del establecimiento del personaje eterno del perdedor.

  • Sus primeros pantalones
    Román Gubern

    "Sus primeros pantalones" (Long Pants, 1927), dirigida por Frank Capra, supuso la última colaboración de este director italoamericano con el cómico norteamericano Harry Langdon. Este cómico encarnó a un muchacho atolondrado, torpe, con un aire atribulado de bebé recién despertado. En esta película sus padres le regalan sus primeros pantalones largos, que simbolizan el paso de la adolescencia al estado adulto, y le ofrecen como primera novia a la inocente Priscila. Pero Langdon se enamora perdidamente de una seductora vampiresa vinculada con el negocio de drogas y el hampa e incluso intenta, por ello, asesinar a su virginal novia. Comedia freudiana sobre un rito de paso frustrado por la inmadurez sexual, presentó también un agudo contraste entre el tradicional y conservador mundo rural y el agitado mundo urbano. Langdon fue el cómico preferido por Salvador Dalí y Luis Buñuel y entusiasmó al poeta Vicente Huidobro. El historiador francés Jean Mitry le calificó de “soñador despierto”, autor de una “poesía amarga y destructiva”. 

  • Ello
    Manuel Rodríguez Rivero

    En 1927, cuando el cine mudo tenía ya sus horas contadas, se estrenó It, de Clarence Badger, un prolífico director norteamericano hoy casi olvidado. El extraño título –que podemos traducir tenuemente por "eso" o, quizás más freudianamente, "ello"– se refiere a una cualidad incorpórea y sutil, mezcla de chispa mental y de fuerza magnética, que convierte en irresistible para los demás a las privilegiadas personas que lo poseen. En la película de Badger, una divertida comedia romántica con enredo melodramático y final glorioso, la que tiene "eso" es Betty (Clara Bow), una humilde muchacha con apariencia de vecina de al lado, que consigue saltarse la barrera social y enamorar a Cyrus (Antonio Moreno), heredero de los grandes almacenes en los que ella trabaja como dependienta.

    La película, cuyas copias se consideraron perdidas hasta que una de ellas fue encontrada en Checoslovaquia a comienzos de los años 60, constituye, además, un estupendo documento acerca de la mujer postbélica de los años veinte, aquellas flappers descaradas, desinhibidas y rebosantes de energía que pueblan la narrativa de Francis Scott Fitzgerald y que entierran definitivamente al tipo de heroína inocente, dulce y sufrida encarnada en la década anterior por Mary Pickford o Lillian Gish.    

  • Un sombrero de paja de Italia
    Patricia Ferreira

    El mundo, el ritmo y los equívocos del vodevil, llevados al cine: eso es Un sombrero de paja de Italia, realizada por René Clair en 1927 sobre la obra teatral de Eugène Labiche –considerado “padre” de este género– y su colaborador habitual Marc-Michel. Frente a un cine cómico como el norteamericano, más volcado hacia la expresión física, Clair realiza una comedia de enredos a la europea, desarrollando con ironía y sutileza un retrato de personajes representativos de la burguesía francesa de finales del siglo XIX. Su sentido del humor y de las situaciones son característicos de un cineasta hoy un tanto injustamente olvidado, pero que, en Un sombrero de paja de Italia, convirtió en realidad lo que enunciaba el título de una de sus películas más famosas: El silencio es oro.

  • Un sombrero de paja de Italia

    El mundo, el ritmo y los equívocos del vodevil, llevados al cine: eso es Un sombrero de paja de Italia, realizada por René Clair en 1927 sobre la obra teatral de Eugène Labiche –considerado “padre” de este género– y su colaborador habitual Marc-Michel. Frente a un cine cómico como el norteamericano, más volcado hacia la expresión física, Clair realiza una comedia de enredos a la europea, desarrollando con ironía y sutileza un retrato de personajes representativos de la burguesía francesa de finales del siglo XIX. Su sentido del humor y de las situaciones son característicos de un cineasta hoy un tanto injustamente olvidado, pero que, en Un sombrero de paja de Italia, convirtió en realidad lo que enunciaba el título de una de sus películas más famosas: El silencio es oro.


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