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Cristina Fernández Cubas, vista por Juan Antonio Masoliver

La bordadora de historias

Si la palabra singularidad, de tanto abusar de ella ha acabado por no significar nada, vuelve a recuperar plenamente su prestigio al hablar de Cristina Fernández Cubas. Autora de novelas, novelas cortas, cuentos y teatro, toda su escritura tiene la esencialidad y la narratividad propias del cuento sin perder las características propias de cada género. Pero no sólo la identificamos con el cuento por estos dos rasgos peculiares y por la voluntad de escribir un libro que sea una vida, sino también porque es una de sus más brillantes cultivadoras, en un país donde –a diferencia de lo que ocurre en América Latina– el relato breve tiene escaso prestigio. Lo que explica otro rasgo de su singularidad: es difícil encontrar referencias no sólo de tipo generacional sino de ninguna otra escritura –ninguna otra voz– con la que identificarse. Por supuesto, no ha nacido de la nada. Ha nacido de una vocación de narradora como la de Sherezade o de tejedora como la de  Penélope. Ha nacido asimismo de experiencias vitales desde su infancia en  Arenys a los viajes que tanto la han marcado y que ella ha convertido en aventuras, y de otras experiencias que el lector encontrará en Cosas que ya no existen (2001), las singulares memorias que sirven de iniciación a toda una escritura concebida como un trayecto y que es al mismo tiempo, por lo que tiene de clásica, atemporal.

En fácil pensar en Agatha Christie o en Edgar Allan Poe al leer a Fernández Cubas. Pero sin ellos existiría lo mismo. Cualquiera de las definiciones que se han querido dar a su narrativa es tal vez acertada, pero siempre limitada. La suya es una escritura que nace del terror, pero es un terror que va más allá de los límites del género. Es, por un lado, un miedo ancestral y, por el otro, un miedo que nace del propio miedo exacerbado por la imaginación. Eso explica que el suyo sea un mundo totalmente, diría que entrañablemente familiar, pero siempre amenazado, de modo que la fragilidad y la soledad del mundo real se ven intensificadas por la imaginación hasta confundirse con ella. Cuanto más apacible sea la vida real, más traumática es la transformación. Y el lector, que ha empezado siendo un cómodo testigo, acaba por verse atrapado en las redes del terror o del absurdo.
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