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Poética y Teatro. Recopilación

Alfredo Sanzol

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Marcos Ordóñez

Marcos Ordóñez con Alfredo SanzolMarcos Ordóñez con Alfredo Sanzol

Alfredo Sanzol tiene la mirada de un niño muy sabio, comprensivo y burlón, perpetuamente extrañado y maravillado; un niño solo, en una azotea o una buhardilla, mirando, al anochecer, hacia el otro lado de la luna con un telescopio de muchísimos aumentos, y al otro lado de la luna hay adulterios familiares, atracos que no son lo que parecen, tumbas reabiertas, historias insólitas, historias divertidísimas y terribles.

"Si escribiera relatos, Sanzol sería un cuentista de la altura de Roald Dahl o Pere Calders; si hiciera televisión sería el nuevo Jaime de Armiñán. "Alfredo Sanzol se ha consagrado con un quinteto espectacular –Sí, pero no lo soy (2008), Días estupendos (2010), Delicadas (2010), En la luna (2011) y Aventura (2012)– al que bien podría sumarse La calma mágica, su última comedia, que estrenó en el otoño de 2014.

Función tras función, Sanzol está escribiendo sobre la escena una biografía lateral e impresionista de su infancia y adolescencia (los inviernos en Pamplona y Madrid, los veranos eternos en Quintanavides) que sintetiza en esta frase memorable: “Cuento las historias para inventar los hechos que no recuerdo, y para contar me sirvo de las sensaciones que sí guardo”.

En su pieza, Aventura, ha escrito sobre lo que le rodea y nos rodea: la crisis y los miedos y carcomas que genera.

Estrategias de Sanzol:

1) su gusto por la gente corriente y fabulosa, a la que contempla “en redondo”, con sus grandezas y miserias, con humor y poesía, con ligereza y secreta hondura.

2) su talento para trazar retratos completos y complejos en pocos minutos y, abatiendo nuestros prejuicios, hacernos comprender puntos de vista que quizás hubiéramos considerado indefendibles.

3) su capacidad para la detección de turbulencias subterráneas, y su forma de construir situaciones cómicas de las que brota una amenaza creciente, sin que podamos prever hacia qué lado se decantará la balanza.

4) su forma de abrazar los riesgos de la sutileza, del avance lateral, del atreverse a huir de lo esperado (y lo esperado suele ser la trepidación sin tregua que parece exigírsele hoy a la comedia).

Si escribiera relatos, Sanzol sería un cuentista de la altura de Roald Dahl o Pere Calders; si hiciera televisión sería el nuevo Jaime de Armiñán. Pero ha elegido la comedia dramática, sea por episodios o en formato “largo”, y en ambos casos engarza sus textos como una cuidadísima partitura de contrapuntos, con un oído portentoso para el diálogo y la narración. Teatro popular y complejo, que no remarca sus intenciones, que jamás subestima a su público, que le hace reír y le emociona.

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