(y III) Wednesday Series UN ALBÉNIZ MENOS CONOCIDO

(y III)

  1. The event took place on
Amaia Larrayoz Larrayoz, soprano. Elías Romero, piano

Una amplia selección de canciones de Isaac Albéniz, con

textos en castellano y en inglés, viene a completar en el

tercer concierto el amplísimo repaso que en el ciclo que

hoy concluye estamos dando a la producción vocal del gran

pianista y compositor, catalán y ciudadano del mundo.

Las Rimas de Bécquer, compuestas por Albéniz sobre cinco

de las poesías así tituladas por el gran poeta romántico sevillano,

no están fechadas con exactitud, pero debieron ser escritas

entre 1885 y 1886. Son muy breves y de aire romántico

salonesco. De ellas propuso Albéniz dos versiones: una, para

canto y piano; la otra, para recitador y piano. Naturalmente,

en la versión recitada de las Rimas, la mano derecha del

piano asume la melodía confiada a la voz en la otra versión

y, curiosamente, en dichas versiones recitadas Albéniz procede

sistemáticamente a transportar la música para que la

melodía se eleve hasta una tercera menor más aguda (Rimas

primera, segunda y cuarta), una segunda mayor (la tercera)

o una segunda menor (la quinta). La edición de canto y piano

fue dedicada a Mlle. Marie Diligeon.

A las Rimas de Bécquer se refiere muy parcamente Walter

Aaron Clark en su voluminoso libro sobre Albéniz. Las trata

conjuntamente con las canciones sobre versos de la Marquesa

de Bolaños (que oímos en el primer concierto del ciclo), y

dice: “En ambas colecciones Albéniz presta gran atención a

los ritmos naturales de la poesía, poniéndolos de relieve mediante

una línea vocal silábica y a menudo declamatoria. A

diferencia de sus posteriores colecciones de canciones, aquí

el piano desempeña un papel acompañante y no compite

con la voz”. Añade, eso sí, que ¿De dónde vengo?, la canción

que cierra el primer bloque de este programa, figura “entre

sus esfuerzos más logrados en este género”. Mucho antes y

con mayor vigor lo había expresado nuestro Gerardo Diego

quien, en un artículo publicado en “La Nación” de Buenos

Aires en 1947, tras poner serios reparos a alguna otra de las

Rimas albenicianas, sobre la última opina que “la batería

patética del piano, a lo Schubert en Erlkönig, el canto con

sus grandes saltos de séptima y su real pasión expresiva, la

atmósfera total, trágica a lo Duparc, logran un efecto impresionante”.

Diez años después, en el comienzo de la primavera de 1896,

surgen las seis pequeñas canciones del ciclo To Nellie, uno

de los frutos de la intensa colaboración que se produjo entre

Isaac Albéniz y Francis Burdett Thomas Nevill Money-

Coutts, lord Latymer. Este caballero inglés, cuyo larguísimo

nombre se reducía a “Frank” en su trato con Albéniz, era un

poco mayor que éste: vivió entre 1852 y 1923. Era abogado y

poseía una gran fortuna; con frecuencia se le atribuye la ocupación

de banquero, pero, en realidad, más que banquero era

riquísimo heredero de la fortuna de Coutts & Co., firma londinense

entre cuyos negocios destacaba el de la banca. Ya

tiene gracia que tan acaudalado personaje se apellidara Money...

Pero, como no hay felicidad completa, lo que de verdad

quería ser Francis B. Money-Coutts era escritor y, al conocer

la música de Isaac Albéniz y el buen talante personal de

nuestro músico, se lanzó a tratar de hacer realidad su sueño

de pasar a la posteridad como poeta y libretista de ópera.

De este modo, ofreció a Albéniz sellar un pacto en virtud

del cual el músico se comprometía a componer canciones

sobre poemas de Money-Coutts y óperas sobre libretos del

mismo escritor (que adoptaría el seudónimo de Mountjoy),

a cambio de una asignación económica anual que aseguraba

al compositor una vida digna y tranquila. A Albéniz le interesó

el tema y, desde luego, obró en consecuencia, como se

desprende de la observación de su catálogo: quince de las

treinta canciones que figuran en su catálogo son en inglés,

con texto de Money-Coutts, y con libreto del mismo escritor

trabajó en sus principales obras teatrales -Pepita Jiménez,

Henry Clifford, Merlín-, así como en otras óperas que

quedaron incompletas y en algún otro proyecto de menor

enjundia artística. Durante mucho tiempo se ha especulado

negativamente sobre esta especie de fáustico pacto con

el diablo, según el cual el infeliz Albéniz habría malgastado,

por unas libras que necesitaba, muchas energías y mucho

tiempo trabajando en materias -la vocal, la teatral- que no

eran las suyas, pero estudios más recientes y, sobre todo, más

documentados, han situado las cosas en su punto justo: al

margen de que los textos de Money-Coutts nos puedan gustar

más o menos, y aparte de que pueda chocar ver a Albéniz

musicando textos en inglés, lo cierto es que nuestro músico,

despreocupado por la economía, pudo trabajar más y mejor,

que sentía interés real por la ópera y que la relación benefició

a ambos personajes, y hasta devino en franca amistad.

Pues bien, Nellie era el apelativo cariñoso con el que Francis

B. Money-Coutts se dirigía a su esposa, Edith Ellen Churchill

(Helen para los amigos, Albéniz entre ellos) y To Nellie

es el título de uno de los seis poemas que el escritor dedicó

a su mujer y que dio título al grupo completo de poemas, así

como al álbum de canciones escritas por Albéniz sobre tales

versos y de las cuales se interpretan las cuatro primeras en

este recital. Es música apreciable, pero no estamos ante el

mejor Albéniz, desde luego. Refiriéndose a To Nellie, Walter

Aaron Clark observa desigualdad de calidad, y hasta de

estilo, entre la línea vocal y el acompañamiento pianístico

-que es de mayor enjundia-, exceptuando precisamente el

caso de la cuarta canción To Nellie, sobre la cual observa que

“una vez que Albéniz relega al piano al papel de acompañamiento,

la voz canta una encantadora melodía eolia en Si”.

También destaca esta canción Justo Romero, para quien “el

sabor arcaico y modal de sus 37 compases le confiere un singular

atractivo y la avecina a las originalidades de un Satie o

a la genialidad de Debussy”.

Inmediatamente después de completar To Nellie, en el mismo

1896 comenzó Isaac Albéniz a componer más canciones

sobre versos de Money-Coutts. Hasta 1903, año en el que se

data la titulada The Caterpillar (La oruga), fueron seis las

que escribió y hoy se agrupan bajo el título genérico de Six

Songs, bien entendido que, como ha subrayado el musicólogo

Jacinto Torres Mulas, por la distinta procedencia de los

poemas y por la dispersión temporal de las composiciones,

no estamos ante un “ciclo”, ni siquiera ante un álbum de

canciones homogéneo. Hasta 1995 no se localizaron los ma

nuscritos de dos de ellas -Will You Be Mine y Separated!-, en

la biblioteca del Orfeó Catalá, en Barcelona. Una de las seis

-A Song (Laugh at Loving)- no se incluye en el programa de

este concierto por obvias razones: sólo se han conservado

los veinte compases finales. El compositor Vincent d’Indy

manejó el manuscrito original de Art Thou Gone for Ever,

Elaine?, de 1896, y en él dejó anotado esta sentencia: “Ésta

es, indudablemente, la mejor”... Aunque no se sepa en comparación

a cuáles hablaba el maestro francés, lo cierto es que

se trata de una de las más notables composiciones vocales

albenicianas.

Y llegamos así al grupo de Four Songs -o Quatre Mélodies,

como se titularon en la primera edición impresa- que supone

la última colaboración de Albéniz con Money-Coutts,

su último trabajo en el campo vocal y, desde luego, el punto

culminante de este capítulo de su obra. Aquí sí se trata de

un conjunto homogéneo de canciones que brotaron de un

mismo momento e impulso creador. Se fechan entre septiembre

y noviembre de 1908, lo que significa que faltaban

siete meses para la prematura muerte del compositor y, por

otra parte, significa que estas canciones se sitúan en el tiempo

junto a Iberia, compartiendo el carácter de “testamento

musical” del genial Albéniz. Estas canciones fueron dedicadas

a Gabriel Fauré y, en la mencionada edición parisina, los

textos originales de Francis B. Money-Coutts, pertenecientes

al poemario “Musa Verticordia” que publicó en Londres

en 1906, figuraban traducidos al francés por Michel Dimitri

Calvocoressi. El tercero de estos poemas, el titulado The Retreat

(o Le Refuge, en la edición; o La Retraite, en el manuscrito

de Albéniz), fue expresamente dedicado a Albéniz por

Money-Coutts.

“Albéniz nos deja en estas canciones esa misma imagen

crepuscular y melancólica que se refleja en las páginas más

hondas de su Iberia inmortal”, ha escrito Jacinto Torres. De

una u otra forma, todos los comentaristas de la música albeniciana

coinciden en esta apreciación, así como en con

siderar este grupo de cuatro Canciones como la mejor aportación

de Albéniz al género. Tampoco faltan las alusiones a

los venideros Cuatro últimos Lieder de Richard Strauss: por

el hecho de ser cuatro, por la altura de la inspiración, por

su vagaroso y emocionado aire de despedida... Refiriéndose

a la primera canción, In Sickness and Health, Justo Romero

habla “del carácter sosegado de este susurrante y dolido lamento,

cantado desde la vivencia de la enfermedad del ser

amado. Mortalmente enfermo cuando compone esta canción

(...), Albéniz parece verter su propia y dolorosa circunstancia

en estos pentagramas de impresionante sinceridad y

belleza, que discurren dentro de una introspectiva y etérea

atmósfera”. El mismo estudioso de Albéniz apunta, sobre

Paradise Regained, que su “cristalino pianismo se muestra,

tanto por su carácter reminiscente y ensoñador, como por el

sincopado ritmo de la mano izquierda, próximo al de Evocación,

la primera página de Iberia”. En un ensayo publicado

por la Universidad de Granada (en 1993), Marta Falces juzga

no bien resuelta la concordancia métrica y rítmica entre la

palabra y la música en la tercera canción, The Retreat, pieza,

no obstante, de positivo resultado musical y expresivo. Comentando

Amor, summa injuria, el musicólogo e hispanista

francés Henri Collet aludió nada menos que a Schumann

(y a Dukas) en pos de posibles referencias o lejanos modelos

para Albéniz en esta maravilla que él calificaba como la

joya de la pequeña colección. En cambio, Jacinto Torres no

encuentra adecuado apuntar al liederista alemán y, en su

espléndido ensayo “La obra vocal de Isaac Albéniz: Songs,

Mélodies y Canciones” (Revista de Musicología, Vol. XXII,

1999, nº 2) acerca esta honda y sutil música vocal de Albéniz

a la órbita musical de Claude Debussy: “Rebasando incluso

los planteamientos aprendidos del primer Fauré, donde la

parte de piano tiende a seguir de cerca el texto y lo subraya,

el acompañamiento que Albéniz escribe para estas obras se

manifiesta mucho más cercano a Debussy, concebido de manera

independiente, con una temática propia y una expresión

particular. Frente a la sumisión al poeta, la libertad de

creación musical que no se limita a melodizar un texto, sino

que recrea su sentido íntimo y lo trasciende”...

Organista, musicólogo, folclorista, profesor, director de orquesta

y, ante todo, compositor de extenso catálogo, Ralph

Vaughan Williams fue un músico completo que representa

como pocos la personalidad artística inglesa y británica del

lapso en que le tocó vivir. Es sintomático que sus restos reposen

en la Abadía de Westminster, cerca de los de Henry

Purcell... Formado con Perry y Stanford en la más tradicional

línea de la música romántica británica, Ralph Vaughan

Williams irrumpió con fuerza como compositor en el paso al

siglo XX y, si bien nunca renunció a los principios técnicos

y formales de la tradición de la que era hijo, mostró interés

por conocer los nuevos derroteros que iba tomando la creación

musical y, cuanto menos, prestó oídos a las propuestas

de los impresionistas franceses, a la recreación que Bartók

llevó a cabo a partir de los folclores de su entorno geográfico

y a la práctica de la politonalidad, tan extendida en el

periodo entre guerras y tan característica, por ejemplo, del

grupo francés de Los Seis. También recibió las influencias de

compositores tan admirados por él (y tan distintos entre sí)

como Bruch, Rachmaninof y Ravel. Esta apertura de miras,

compatibilizada con la búsqueda sistemática de una reconocible

identidad nacional -lo que le llevó a apoyarse en el canto

y la danza populares-, no dejaron de constituir motivos de

admiración y hasta puntos de mira para maestros ingleses

posteriores, como Walton y Britten.

Las tres Songs of travel (Canciones de viaje) que se han seleccionado

aquí pertenecen al ciclo siete que, con ese título,

se publicaron en dos volúmenes en 1905 y 1907 respectivamente,

y del definitivo álbum de nueve canciones que se estrenó

en Londres el 21 de mayo de 1960, dos años después

de la muerte de su autor, y que había quedado constituido

tras añadir dos canciones más: una que Vaughan Williams

había publicado aisladamente en una revista, y otra que

se encontró entre sus papeles tras su muerte. Estas nueve

Songs of travel ponen en música poemas del extraordinario

narrador escocés Robert Louis Stevenson (1850-1894). Cualquier

amante del género del Lied, la canción de concierto,

reconocerá, tanto en el espíritu de los poemas como en el

de la música, una especie de homenaje tributado por Ralph

Vaughan Williams al excepcional Winterreise (Viaje de invierno)

de Schubert.

El compositor inglés Roger Quilter (1877-1953), nacido en

Sussex, formado en el Eton College y madurado musicalmente

en la Escuela Superior de Música de Frankfurt, por

su condición de homosexual sufrió incomprensión e intolerancia

que no solamente dificultaron su carrera, sino que

llegaron a deteriorar seriamente su salud mental. Estos problemas

se agravaron definitivamente cuando el compositor

conoció la muerte de su querido sobrino Arnold Vivian en

acción bélica de la segunda guerra mundial. Durante años,

Roger Quilter había tenido estrecha relación artística con

el tenor Gervase Elwes, lo que, seguramente, alentó su amplia

dedicación al género de la canción. La prematura y trágica

muerte de Elwes en Boston, en accidente ferroviario,

en 1921, fue una importante conmoción para Quilter, quien,

poco después, encontró en el joven barítono Mark Raphael a

otro buen intérprete, colaborador y amigo.

Sus op 6 y 12 son sendos álbumes de canciones inglesas titulados

Three Shakespeare Songs y Seven Elizabethan Songs, y

fechados en 1905 y 1908, respectivamente. Para sus canciones

sobre Shakespeare -estas tres, op 6, son las primeras de

las muchas que compuso sobre textos del más importante

escritor inglés-, Quilter no acudió preferentemente a los Sonetos,

sino más bien a extractos de las grandes obras teatrales

shakespearianas. Las Canciones isabelinas toman sendos

poemas de Campian y Jonson y otros cinco anónimos. Una

y otra colecciones son buena muestra del sentimental melodismo

y de los modos elegantes que caracterizan a la producción

vocal de Roger Quilter.

      1. Isaac Albéniz (1860-1909)
      1. Rimas de Bécquer (Gustavo Adolfo Bécquer)
      2. To Nellie
      1. Ralph Vaughan Williams (1872-1958)
      1. Songs of travel
      1. Isaac Albéniz
      1. Six songs
      2. Four songs
      1. Roger Quilter (1877-1953)
      1. Seven Elizabethan Songs. Op. 12
      2. Three Shakespeare Songs, Op. 6

  1. Amaia Larrayoz Larrayoz

    Es Licenciada en Canto por la Escuela Superior de Canto de Madrid, donde ha cursado sus estudios bajo la dirección de Manuel Cid y licenciada en Sociología por la Universidad Complutense. La soprano navarra comenzó sus estudios de violín en la Escuela de Música de Berriozar y los de canto en Pamplona con Mª Eugenia Echarren. Colaboró con la Capilla de Música de la Catedral de Pamplona, dirigida por Aurelio Sagaseta, la Coral de Etxarri Aranaz y la Coral de Cámara Aizaga y el Vaghi Concenti, dirigido por David Guindano.

    Ha participado en cursos de canto impartidos por Enedina Lloris, Wolfgram Rieger y Teresa Berganza. En Tours, asistió al curso de interpretación de la mélodie française impartido por François Leroux y Jeff Cohen, participando en el concierto final, grabado por Radio France. En los cursos Manuel de Falla, asistió al de Interpretación Histórica: Martin y Soler VS Mozart, con Lynne Dawson y David Wilson-Johnson y al de Interpretación Histórica: el nacimiento de la orquesta con Gerd Türk. Así mismo, al curso La cantata italiana impartida por Carlos Mena. Ha actuado en diferentes conciertos en España, Francia y China. Ha cantado en el montaje House Full of Music de John Cage y The great learning de Cornelius Cardew en la Casa Encendida de Madrid. Finalista en el Concurso de Lied de Berga (Barcelona), se interesa por la canción de concierto y el oratorio.

  2. Elías Romero

    Elías Romero nace en Madrid, realizando su formación musical en el Conservatorio Profesional de Música Amaniel, con el Título de Profesor de Solfeo, Transposición y Acompañamiento; en el Conservatorio Superior de Música Padre Soler de San Lorenzo del Escorial recibe el Superior de Piano; y en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid el de Profesor Superior de Música de Cámara. Finaliza sus estudios de piano con el pianista ítalo-argentino Iván Cítera; recibiendo,  consejos de Jordi Mora, Charles Rosen, Guillermo Gonzaléz, Luca Chiantore, John Salmon y Andezej Jasisnki entre otros. Estudia técnica vocal con Alfonso Ferrer; y repertorio vocal con Françoix le Roix y Jeff Cohen (melodía francesa), y con Wolfram Rieger (interpretación de lied). Amplía su formación  en pedagogía musical.

    Por la organización de importantes eventos en España junto al grupo Laus Liber (del que fue fundador y director) recibió la Distinción Honorífica de UNICEF en el año 1996. Ha ofrecido conciertos como solista, pianista acompañante y director de coro por diferentes ciudades de España, Francia, Rumanía y China.

    Ha ejercido en la Escuela Superior de Canto de Madrid,  y actualmente en el Conservatorio de Música de Madrid. Licenciado en Bellas Artes por la Universidad Complutense, prepara actualmente  su Tesis Doctoral.