(y IV) Wednesday Series Childhood memories

(y IV)

  1. The event took place on
Miguel Zanetti, piano

CUARTO CONCIERTO
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    La música francesa para piano a cuatro manos, que tan de moda se pondría en París a comienzos de nuestro siglo, tiene un único precedente en la figura de George Bizet, concretamente con sus dos obras Juegos de niños, Op. 22, y la transcripción de algunos números de La Arlesiana y Carmen. También es Bizet el precursor del trabajo contrario, es decir, el de orquestar música originalmente escrita para piano a cuatro manos, y así cinco de los Juegos de niños pasarán a llamarse Pequeña Suite de Orquesta. Como un sortilegio, gracias a los mencionados Juegos y al paulatino cambio que se opera en la forma pianística dirigido hacia la pieza breve, las insustanciales sonatas para piano con dos ejecutantes del XIX francés se transformarán a comienzos del XX en pequeñas suites de piezas, siempre bajo el signo de la infancia. La celosa purificación de la materia sonora que, anticipada en gran manera por Satie, se manifiesta en los compositores europeos de la nueva generación después de la primera guerra mundial, también favorecerá sin duda el desarrollo de la literatura de piano a cuatro manos inspirada en los niños. Será por entonces cuando verdaderamente se aprecien los muchos valores didácticos que esta forma camerística posee en cuanto a precisión en el ataque, igualdad del fraseo y equilibrio de sonoridades, valores que serán tenidos muy en cuenta en las composiciones para esta singular formación. Fauré, Satie, Debussy, Ravel, Dandelot, Milhaud, Inchelbrecht, Severac, Caplet y Florent Schmitt son sólo unos ejemplos del aluvión de compositores interesados en revivir por medio de este peculiar dúo musical el irrepetible tiempo pasado.

    Bizet, que tenía enorme admiración por Schumann, no toma sin embargo como modelo las Escenas infantiles para sus sonrientes y espirituales miniaturas Juegos de niños, en las que se muestra menos ambicioso y sentimental que aquel, aunque ambas obras contengan de igual manera un poso melancólico y colorista. Sin un gran despliegue de recursos compositivos, alternando piezas lentas con rápidas, logra un magistral - e imprescindible-  ciclo de piezas que, pese a no ser especialmente virtuosístico, tampoco está destinado a las manos de los niños. De los arpegios de El columpio a la vivacidad galopante de Los caballos de madera, de la suave nana de La muñeca a la gracia de Las pompas de jabón, del dúo de amor de Papás y mamás a esa maravilla sin igual que es El baile, no cabe mayor sencillez y proporción. A partir de una docena de diversiones infantiles de todos bien conocidas y vividas, Bizet recrea una sucesión de juegos pianísticos que, manejados con extremo ingenio, convierten este ciclo en una perfecta muestra del enriquecedor encuentro con la infancia.

    La primera heredera de estos juegos es, desde luego, la Suite Dolly de Fauré, compuesta veinticinco años después. Está dedicada a Dolly, hija de su amiga Emma Bardac, a la cual supongo muy orgullosa de haber tenido dos hijas destinatarias de obras musicales tan geniales: Dolly, de su primer matrimonio y Chouchou, de su segundo con Debussy (Children's Corner). Mi-a-ou, El jardín de Dolly y El vals de Kitty fueron dedicadas por Fauré a la niña en distintos cumpleaños. El hermoso regalo fue completado poco después con otras tres piezas hasta conformar la suite que ha llegado a nosotros. Comienza con una pacífica y placentera Canción de cuna; le sigue una juguetona Mi-a-ou, llamada en el original Messieu Aoul - nombre con el que llamaba la pequeña a su hermano Raúl- ; el sosiego de El jardín de Dolly deja en nosotros la agridulce sensación de unas vacaciones pasadas; el Vals de Kitty, sin embargo, está rozando la música de salón, y La ternura, una serena pieza romántica de reminiscencias schumannianas, da paso al vibrante Paso español, donde Fauré parodia el españolismo de su buen amigo Chabrier.

   Ma mere l'oye - subtitulada Cinco piezas infantiles-  completa, junto a las dos anteriores, el tríptico de obras más sobresalientes de la música francesa para piano a cuatro manos. Como la anterior, está también dedicada a los hijos de un amigo. El mundo de los cuentos fantásticos, tan presente en compositores como Chaikovsky y Prokofiev, arrebata a Ravel de tal manera que no ceja hasta conseguir esa aparente simplicidad que la temática infantil requiere, aunque sea a partir del más complejo de los análisis. Por medio de una maestría técnica sin límites, se zambulle en los exóticos cuentos de Perrault, D'Aulnoy y Beaumont y, mágicamente, nos introduce en el reino de la maravilla, donde, al igual que en el de los niños, no existen diferencias entre la naturaleza y el artificio. A la Bella Durmiente le dedica una pavana, a Pulgarcito una pastoral, a la Emperatriz una melodía oriental, a la Bella y la bestia un vals, y al Jardín un resumen con final feliz. En Mi madre la oca, culminación del repertorio para piano a cuatro manos, Ravel alcanza el milagroso equilibrio entre lo naive y la aplicación de sabios recursos melódicos, armónicos y contrapuntísticos.

    De entre todos los compositores que se encuentran a caballo entre el siglo pasado y éste, el único que en ningún momento tuvo que elementalizar su lenguaje para afrontar la música de niños es Satie, pues la esencialización y amor por las piezas cortas fue consustancial en él. Ya en sus primeras obras se vislumbran novedades que pertenecerán más tarde al bagaje del impresionismo y un sentido del humor tal que lo sitúan en un lugar aparte de la historia de la música. Para cuatro manos escribió Satie alguna de sus obras maestras: Tres piezas en forma de pera, Apreciaciones desagradables, etc., y las Tres pequeñas piezas montadas. En estas últimas, Satie muestra la gran concentración y austeridad de escritura características sobre todo del último período de su vida. Son tres piezas sencillísimas, basadas en famosos personajes de cuentos con un narrativo recuerdo, una siniestra marcha y un juego saltarín de cómico final. De todos modos, aunque Satie no se hubiera dirigido nunca a los niños, la mayoría de su música, por sencilla y bienhumorada, conecta perfectamente con ellos.

    Otro compositor optimista donde los haya es Milhaud. En sus tres microscópicas Infantiles - transcripciones de canciones dedicadas a Satie cuya duración no llega a dos minutos-  podemos encontrar alguna de sus más marcadas particularidades: la ausencia casi completa de tristeza en la alegría de Humo; el trabajo politonal que le fascinará toda su vida en la Fiesta de Burdeos, y los ritmos brasileños que aplicara en gran parte de sus obras en la sandunguera Fiesta de Montmartre.

    Con Milhaud completamos el quinteto de compositores franceses incluidos en el presente programa que destinaron al piano tocado a cuatro manos obras de primerísima fila. Músicas que, sobre todo, sumaron a su condición de eslabones necesarios en la cadena de transmisión entre compositores y niños, la de ser justas en el tiempo y alegres en el carácter. Bienvenidas sean en estos tiempos que corren.

      1. Darius Milhaud (1892-1974)
      1. Enfantines
      1. Erik Satie (1866-1925)
      1. Trois petites pièces montées
      1. Georges Bizet (1838-1875)
      1. Jeux d'enfants
      1. Gabriel Fauré (1845-1924)
      1. Dolly, Op. 56
      1. Maurice Ravel (1875-1937)
      1. Ma mère l'oye (Mi madre la oca)