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Fundación Juan March (1955-2005)

Palabras pronunciadas por Don Juan March, presidente de la Fundación Juan March

4 de noviembre de 2005 con motivo del cincuentenario

Señoras y señores, queridos amigos:

Un 4 de noviembre, hace cincuenta años, mi abuelo, Juan March Ordinas, creó la Fundación que lleva su nombre. Medio siglo después, nos reunimos para celebrar este aniversario y quiero, en primer lugar, agradecer a todos Vds que hayan venido hoy, viernes por la tarde, a acompañarnos en esta fecha tan especial. Seguramente estarán de acuerdo conmigo en que medio siglo de existencia de una institución privada es algo que merece celebrarse, sobre todo en España, un país en el que no sobran instituciones de la sociedad civil de larga proyección.

En aquel lejano 1955, la legislación ponía muchas dificultades para la creación de una fundación privada y además las autoridades oficiales no fomentaban que se pusiera en marcha una institución autónoma destinada a tener influencia social. Pocos años antes, Calouste Gulbenkian vino a Madrid con la intención de crear su fundación y se encontró con tantos obstáculos que finalmente tuvo que desistir y marcharse a Lisboa, con la gran pérdida que ello supuso para España. Mientras nuestro país seguía en la autarquía económica, aislado internacionalmente, en la Europa de los años cincuenta se iniciaba ese proyecto de modernización y progreso que fue la Comunidad Económica Europea, origen de la actual Unión Europea. Era necesario que España iniciara un proceso de modernización semejante mediante la promoción de la cultura y la ciencia, que sufrían un retraso muy importante por causas históricas profundas.

Ese fue el objetivo que motivó el nacimiento de la Fundación Juan March. Refiriéndose a la Comunidad Económica Europea, Jean Monnet, uno de sus fundadores, dijo en cierta ocasión: “Nada es posible sin las personas, pero nada es duradero sin las instituciones”. Esta afirmación es también aplicable al origen de la nuestra Fundación: nada hubiera sido posible sin la iniciativa de una persona, pero la continuidad de ese proyecto requería la creación de una institución que fuera más allá del propio fundador. Para ello, éste se fijó en el ejemplo de las grandes fundaciones norteamericanas, desarrolladas en un ambiente de libertad y de democracia, y que se caracterizan por ser privadas, estar dotadas de recursos propios y ser totalmente independientes. Y entonces creó esta fundación estableciendo desde el inicio un modelo muy definido que le ha dado, en el transcurso del tiempo, una identidad propia fácilmente reconocible.

A lo largo de sus cincuenta años de existencia, la Fundación Juan March habrá tenido sin duda aciertos y errores en su funcionamiento, pero creo que el modelo de fundación diseñado desde su escritura de constitución ha sido, en general, acertado. Se trata de una institución creada directamente por una persona y apoyada por los miembros de su familia, que se ponen de acuerdo para desprenderse, a fondo perdido, de una parte de su patrimonio particular, que queda desde entonces destinado de forma irreversible a fines públicos, culturales y científicos, de interés social. Esa dotación garantiza la viabilidad de la fundación y con ella su independencia económica, porque dispone de recursos financieros suficientes para que pueda desarrollar sus actividades sin tener que recurrir al mecenazgo externo, público o privado. Pero también se adoptaron las medidas necesarias para asegurar la independencia institucional y jurídica, pues se dispuso en la escritura de constitución que “si algún Estado, Autoridad o Tribunal pretendieran interferir, mermar, modificar o contrariar de cualquier forma” la voluntad del fundador, el Patronato debía oponerse, y si, no obstante, se persistiera en esas pretensiones, “quedaría automáticamente extinguida la Fundación” y sus bienes deberían ser distribuidos con fines benéficos.

La independencia de la Fundación supone, por un lado, la aceptación de unos límites. Las actividades de la Fundación Juan March son organizadas y financiadas por ella misma, lo que, en la práctica, quiere decir que acepta una menor capacidad de gasto en comparación con la que podría tener si buscara otras fuentes de financiación. Pero, por otra parte, esa independencia tiene también ventajas porque la Fundación, al no estar condicionada por factores externos en el diseño de sus actividades y de sus fines, no tiene otro compromiso que la búsqueda de la excelencia, la calidad en su oferta cultural y científica y el mejoramiento de la sociedad.

No digo que siempre se haya conseguido pero sí ha sido nuestra meta. Además, soy consciente de que una fundación, en la sociedad compleja en la que se desenvuelve, es un agente en realidad modesto, que no puede pretender remediar los problemas o las deficiencias que tiene planteada una sociedad, sino sólo tratar de identificarlos y actuar sobre ellos proponiendo ejemplos de soluciones concretas y eficaces con la esperanza de que se generalicen en la sociedad por sí misma o con ayuda de las Administraciones Públicas. Nuestra mayor satisfacción es comprobar que algunas de las iniciativas que nosotros hemos ensayado han sido adoptadas o incluso mejoradas por otras instituciones públicas o privadas con más medios que nosotros, asegurando con ello una continuidad que desborda nuestras capacidades.

Esta vocación de toda fundación genera una tensión permanente porque obliga a repensar y revisar constantemente los programas y actuaciones para asegurarse de que realmente están cumpliendo su función social, que es su razón de ser y la fuente de su legitimidad. Como institución independiente, la fundación puede y debe asumir riesgos y aprovechar la flexibilidad de su organización y financiación privada para tratar de ser innovadora en beneficio de la comunidad. Una fundación conservadora es una contradicción, porque como fundación debe intentar adelantarse a su tiempo, aunque no tanto que su esfuerzo sea una utopía demasiado lejana y se desconecte de la sociedad en la que vive y a la que quiere servir.

Sin embargo, la obligación de asumir riesgos y de ser innovadora no ha convertido a la Fundación Juan March en una institución experimental, porque no era ésa su misión. Por el contrario, nuestra intención ha sido realizar siempre un trabajo bien hecho y que los visitantes o interesados que acuden a nuestros actos tengan la seguridad de encontrar algo que merece la pena y digno de confianza, en el terreno que sea, conferencias, conciertos, exposiciones o proyectos de investigación. Esta confianza en la Fundación Juan March constituye nuestro mayor orgullo, nos estimula y también nos obliga en todo momento a estar a la altura y a no defraudarla nunca.

Y si las fundaciones deben saber transformarse y evolucionar para ir adaptándose a las necesidades reales de la sociedad, la Fundación Juan March no es una excepción a ese principio. Durante los primeros veinte años de su historia, desde 1955 a 1975, fue una fundación que concedía becas, ayudas a la investigación, pensiones y premios, lo que la convertía en lo que en la terminología anglosajona usual en estos casos se denomina una grant-making foundation. Mediante la financiación de los trabajos de científicos, profesores y artistas, la Fundación cumplió un papel en una época en que no lo hacían ni las Administraciones públicas ni otras instituciones privadas. Se trataba de contribuir a que españoles de gran talento y capacidad no dejaran de desarrollar sus proyectos culturales y científicos por falta de apoyo económico en España o por las dificultades de realizar viajes de estudio en otros países más avanzados. Desde el principio, las becas tuvieron una fuerte proyección internacional. Cuando la Fundación fue creada, no estaba aún liberalizado el cambio de pesetas por divisas extranjeras, por lo que a los jóvenes españoles les era prácticamente imposible encontrar financiación para continuar sus estudios fuera de nuestro país. Nosotros sí pudimos dar esa financiación gracias a que la donación inicial de mi abuelo fue en parte realizada en dólares.

En esa primera etapa, lo más importante era identificar lo mejor posible a las personas a las que aplicar unos fondos que son, por naturaleza, limitados. Es una satisfacción comprobar cómo todavía hoy, después de tanto tiempo, muchos de los becarios de la Fundación mencionan en su currículo la ayuda que recibieron y nos dicen con frecuencia que haberla recibido les permitió desarrollar una carrera científica o literaria que hubiera sido imposible sin ella. Fueron más de 5.000 becarios, entre los que se encuentran nombres que hoy se han convertido en figuras señeras de la cultura y la ciencia españolas.

Entre los años cincuenta y los setenta, España fue evolucionando y con ella sus demandas sociales. Había iniciado un proceso de modernización y poco a poco se iba poniendo a la altura de los demás países occidentales. Las Administraciones empezaban a desarrollar programas de concesión de becas, el cambio de divisas se había liberalizado y la sociedad española se había hecho más compleja y exigía de nosotros otro tipo de intervención. En 1975 España ya no vivía en la autarquía sino que estaba a punto de iniciar una transición hacia la democracia y las libertades. Ese año, tan importante para la historia de nuestro país, es también un hito en nuestra pequeña historia, porque se inauguró el edificio en el que ahora estamos, desde entonces sede de la Fundación. Al fallecimiento de mi abuelo, le sustituyó mi padre, Juan March Servera, que, como segundo presidente de la Fundación, convocó en 1970 un concurso para la construcción del edificio, ganado por el arquitecto José Luis Picardo. En enero de 1975 se iniciaron las actividades en el edificio con una “Exposición antológica de arte español contemporáneo” y con un ciclo de conferencias a cargo de Julián Marías.

De esta forma, al compás de los tiempos, la Fundación Juan March inició su segunda etapa, pasando a ser una fundación operativa, que ya no financia únicamente actividades realizadas por solicitantes al amparo de otras instituciones sino que asume el compromiso de diseñar y organizar por sí misma y en su sede sus propios programas. Las antiguas becas y ayudas fueron sustituidas por exposiciones de arte internacional, ciclos de conferencias y seminarios, conciertos de música con especial énfasis en la música española contemporánea y centros de investigación especializada en el ámbito de las ciencias sociales y la biología que se crearon como continuación de unos planes especiales que se habían puesto en marcha ya en la primera etapa. Con un edificio y programas propios, aumentaba nuestra responsabilidad y nuestro compromiso se hacía más visible y directo. En estos treinta años que van desde 1975 a 2005, en nuestra nueva sede madrileña se creaba un centro cultural vivo y plural, un foro de discusión crítica y de alta divulgación, una tribuna libre para todas las formas de humanismo, una casa de producción científica y un escenario para el disfrute estético.

Aunque con sede en Madrid, la Fundación siguió convocando a personas de todo el territorio nacional y mantuvo algunas acciones ideadas específicamente para otros lugares y provincias, como el proyecto Cultural Albacete, o la gestión que mantenemos al día de hoy del Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca, creado por Fernando Zóbel en 1966 y donado en 1980 a la Fundación, y el Museo de Arte Español Contemporáneo, que abrimos en la ciudad de Palma de Mallorca en 1990, en la casa donde, por cierto, nací yo. Sin olvidar tampoco esa vocación cosmopolita de la Fundación, que en esta segunda etapa se potenció aún más de diferentes formas, como la colaboración con museos y otras instituciones artísticas del mundo, la participación de profesores de universidades extranjeras en nuestros centros de investigación, la composición de los consejos científicos o las reuniones internacionales de biología.

No hace falta que me extienda en esta segunda etapa de la Fundación, más reciente pero también más prolongada, porque muchos de los hoy presentes en este salón de actos la conocen al detalle y han contribuido a su desarrollo de muchas maneras, como patronos, miembros de comisiones asesoras y comités científicos, colaboradores internos y externos, invitados a participar en nuestros actos, críticos en los medios de comunicación o simplemente amigos. Entre los protagonistas de la historia de la Fundación, quiero mencionar expresamente a Alejandro Bérgamo, consejero secretario y principal ejecutivo de la Fundación en sus decisivos primeros pasos; a Cruz Martínez Esteruelas, primer director de la Fundación entre 1970 y 1973; a Alfredo Lafita, que sustituyó al anterior hasta que en 1974 asumió la dirección José Luis Yuste, cuyos 29 años de brillante mandato coinciden con la consolidación de la Fundación en su etapa operativa hasta 2003, año en el que se jubiló y en su lugar fue nombrado Javier Gomá.

Y ahora que celebramos nuestro medio siglo, pienso que hemos llegado a este aniversario en unas condiciones que nos permiten mirar con esperanza hacia el futuro. Seguiremos reinventando cada día la Fundación para asegurarnos de que somos fieles a nuestra misión de realizar una oferta de calidad que responda de verdad a las demandas de una sociedad en constante evolución, esforzándonos por buscar nuevas fórmulas de actuación que supongan una contribución innovadora, pionera y profesional. Y lo haremos en continuidad con lo ya hecho y dentro del modelo de fundación que diseñó mi abuelo que, a mi juicio, sigue vigente, y además con pleno respeto a una identidad institucional forjada lentamente durante cincuenta años mediante la insistencia en un estilo basado en una continua autoexigencia.

En línea con esto, considero que a medida que la sociedad se desarrolla y se moderniza, crece en su seno el número de personas y de empresas que crean fundaciones y otras instituciones similares de interés social. Afortunadamente, en España cada día hay más fundaciones y ya es lejano el tiempo en el que las pocas que funcionaban, como le ocurrió a la nuestra en sus primeros años, tenían que tratar de abarcar el mayor arco posible de materias y disciplinas, desde la pura asistencia social hasta premios para la creación literaria, desde la restauración arquitectónica de la portada de un monasterio hasta la construcción de un instituto neurobiológico. La tendencia que puede observarse en todos las sociedades avanzadas con relación a las fundaciones es la de una creciente especialización de éstas últimas. Es natural que si hay más fundaciones en un mundo cada vez más complejo se tienda a un reparto racional de trabajo entre ellas a fin de concentrar el esfuerzo y ganar en capacidad y en resultados. De alguna manera, la historia de la Fundación Juan March es también la historia de una progresiva especialización, y hay razones para pensar que lo seguirá siendo en el futuro.

Antes de terminar, no querría dejar de expresar mi agradecimiento más sincero y cordial a todas las personas que han llevado a la Fundación Juan March al cincuentenario que hoy celebramos:

Primero, a todos los que han trabajado y trabajan en ella.

También, a todos los que han prestado un cuadro, pronunciado una conferencia, interpretado un concierto o asistido a nuestros actos.

A todos los que han recibido una ayuda nuestra.

A todos los que nos han asesorado todos estos años en patronatos, comisiones, consejos o de manera informal, muchos de los cuales se encuentran hoy aquí.

A todos los que nos han criticado y, por tanto, nos han obligado a pensar y mejorar.

A toda mi familia, mis abuelos, mis padres, mis hermanos, mis sobrinos y mis hijos. Ellos crearon la Fundación y ellos deberán seguir cuidándola y amándola.

Y a vosotros, amigos todos. Muchas gracias.