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La música de cámara alcanzó en la España de la Ilustración un innegable reconocimiento, y no sólo en los salones de palacios reales o aristocráticos. Entre los géneros camerísticos, comenzó a insinuarse que el del cuarteto de cuerda  -a semejanza del cuarteto polifónico-  podía llegar a ser el paradigma del género. Así lo escribe Tomás de Iriarte en su poema La Música (Madrid, Imprenta Real de la Gazeta, 1779) en malos versos pero bien informados e intencionados: la personalidad de Joseph Haydn es allí alabada, al igual que la Casa de los Osuna-Benavente adquiría cuantas obras suyas podía tanto en París como en Viena, el Duque de Alba se dejaba retratar por Goya con una partitura de Haydn en las manos, y desde Cádiz se le pedían cuartetos de cuerda para la meditación de las Siete palabras

Todo esto y muchas cosas más se las llevó por delante la Guerra de la Independencia contra Napoleón, y la sociedad española que surgió de aquellas guerras (una de ellas fue, además, guerra civil entre españoles, unos partidarios de la tradición, otros de la modernidad francesa) mostró en sus gustos musicales un cierto retroceso: las páginas de Mesonero Romanos sobre la filarmonía madrileña y su delirio por la ópera, es decir, por Rossini, son contundentes. Ni sinfonismos, ni música de cámara tenían fácil hueco entre estos aficionados.

Al intentar mostrar el estado del cuarteto de cuerdas hecho por españoles en las primeras décadas del siglo XIX, aún en estilo neoclásico aunque ya en algunos momentos "contaminados" por los aires de una nueva revolución, la romántica, hemos de escoger necesariamente dos series de cuartetos hechos fuera de España: en París, los bien conocidos del bilbaino Juan Crisóstomo Arriaga, que se interpretan según la edición original de las particellas de 1824, o en Milán, los absolutamente desconocidos del extremeño Diego de Araciel, que probablemente tengan ahora la primera interpretación (al menos madrileña) en nuestros días. Los distintos estilos de la época brillan en ellos: el más trabado vienés, el más brillante y extravertido parisién, el más concertante y virtuoso milanés, tan operístico aún. Pero ambos autores, a pesar de la juventud malograda del vasco o del probable diletantismo del marqués extremeño, tienen la suficiente personalidad como para interesarnos, y muy vivamente.

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