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A diferencia de otros grandes compositores más versátiles, los extraordinarios logros de Ludwig van Beethoven se concentran en la música sinfónica y de cámara. En estos formatos, sin embargo, son pocos los géneros que la aportación beethoveniana no alteró drásticamente. Las integrales de las sonatas para violín y para violonchelo con piano que propone este ciclo permiten comprobar el tratamiento innovador que imprimió a estos géneros. Este corpus de quince sonatas se inscribe –excepto el Op. 102 para violonchelo– en los dos primeros periodos compositivos de los tres que la historiografía convencional reconoce en su catálogo. La composición de todas las sonatas para violín, salvo la última, se concentra en el breve periodo que transcurre entre 1798 y 1803, mientras que las de violonchelo, con la mencionada excepción, se sitúan entre 1796 y 1808. Para ese año, Beethoven ya había culminado varias de sus obras más emblemáticas, como las primeras cinco sinfonías (incluyendo, por tanto, las monumentales Sinfonías nos. 3 y 5), los primeros cuatro conciertos para piano, los Cuartetos Op. 18 y Op. 59 o las sonatas pianísticas “Patética”, “Claro de Luna” o “Apasionata”. En definitiva, los contemporáneos ya le consideraban como el compositor de música instrumental más destacado de su época.

Son precisamente estas composiciones mejor conocidas las que han acabado oscureciendo el repertorio que estos siete conciertos presentan. Aunque la revolución estilística beethoveniana se asocia, con razón, a su último periodo, las novedades compositivas de la producción anterior son determinantes. En el caso particular de las sonatas para violín y piano, Beethoven partía de los modelos mozartianos, pero supo dotar a un género centrado en el piano –con el violín como mero acompañamiento– de un verdadero diálogo entre ambos instrumentos, en ocasiones con el violín como instrumento principal (como en las sonatas compuestas para los virtuosos Rodolphe Kreutzer y Pierre Rode). En el caso de las sonatas para violonchelo y piano, el punto de partida fue más original, pues Beethoven sería el primero en abordar este género, ausente en los catálogos de Haydn y Mozart,  tomando el violonchelo como verdadero solista y el piano como instrumento obligado, por oposición al teclado como continuo.

Pese a estas y otras innovaciones, estas sonatas han sido tradicionalmente poco valoradas. Sólo la perspectiva histórica ha permitido apreciar el papel fundamental que Beethoven desempeñó en la consolidación de unos géneros que, siendo embrionarios a finales del siglo XVIII, acabarían convirtiéndose en centrales durante el XIX.

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