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La relación entre la creación musical e Inglaterra ha sido históricamente problemática. La ausencia de grandes compositores ingleses desde Purcell hasta Britten resulta difícil de explicar a la luz de la extraordinaria vida musical que Londres ha promovido tradicionalmente. Pocas ciudades europeas como la capital inglesa han disfrutado de una red de instituciones musicales tan rica y variada desde la Edad Moderna, siempre atenta a la promoción de estrenos musicales, la presentación de grandes virtuosos y la edición de las últimas novedades. Pero, casi siempre, protagonizados por compositores e intérpretes procedentes del continente. De este modo, Inglaterra ha acabado encarnando un caso paradójico para el historiador de la música y para el aficionado: la extraordinaria pujanza de su vida musical no corría paralela al surgimiento de talentos compositivos. Fue esta circunstancia la que forjó la máxima, algo exagerada, de “The land without music” con la que se ha venido describiendo musicalmente Inglaterra.

El “renacimiento musical inglés” de comienzos del siglo xx, con una inevitable nostalgia por un pasado dorado sintetizado en la figura de Purcell, el consort de violas y el oratorio, supuso un punto de inflexión para Inglaterra como centro innovador en la creación musical occidental, aunque no estuvo exento de problemas. Benjamin Britten resumió la desesperación de los compositores ingleses de estos años en su artículo An English composer sees America, publicado en 1940 en Nueva York durante su visita a Estados Unidos: “En general, a menos que uno sea una institución nacional, la interpretación de nuevas obras [en Inglaterra] está limitada a la rama londinense de la International Society for Contemporary Music […] Aquí [en Estados Unidos], el compositor tiene la oportunidad de conseguir encargos de la radio o de compañías fonográficas. En Inglaterra éstos serían más raros que los timbales cromáticos. Aquí existen becas privadas; no tengo noticia de nada parecido en Inglaterra” (Britten on Music, Oxford, 2003, p. 25).

El modernismo musical en Inglaterra es el proceso que resume este ciclo, recreando en el terreno musical algo similar a lo que Wyndham Lewis representó en la pintura: en música se produjo una recepción de las primeras vanguardias del continente y su adaptación a una tradición compositiva propia, por débil que ésta fuera. El paralelismo, como cabe imaginar, no es simétrico en todos sus aspectos: la aportación pictórica durante el siglo xix fue más rica que la musical, mientras que la cronología de la recepción de las vanguardias en la isla es –quizá por esta misma razón– algo más tardía en música que en pintura. A través de cuatro conciertos, el ciclo muestra cómo operó este proceso desde los primeros síntomas claros de modernismo en la década de 1920 hasta la integración definitiva de la vanguardia a comienzos de la década de 1960. Aunque la personal aportación de Britten ocupa un lugar destacado en este panorama, siendo quizá el único compositor inglés de este periodo realmente internacional en su difusión, la renovación compositiva en Inglaterra tuvo sus mejores defensores en otros compositores menos programados y mal conocidos. El empleo del dodecafonismo vienés en la obra de Frank Bridge (maestro de Britten), Humphrey Searle y Elisabeth Lutyens, la producción de Benjamin Frankel en la estela de Shostakovich y Bartók o los estrechos vínculos del también pintor Lord Berners con compositores como Stravinsky o Casella retratan un rico panorama de intercambios estilísticos que conforman la esencia de este ciclo inspirado en la aportación de Wyndham Lewis.

Por último, este programa de mano incluye, como apéndice, la primera edición española de una breve selección de textos del compositor Arthur Bliss publicados en 1934. Bajo el significativo título de Aspectos de la música contemporánea, Bliss, otro autor innovador también programado en este ciclo, reflexiona no sólo sobre la posición de la vanguardia musical inglesa, sino también sobre algunos ideales estéticos compartidos por pintores y poetas contemporáneos británicos.

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