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Como profetizara Walter Benjamin en la temprana fecha de 1936, el surgimiento de las (entonces revolucionarias) posibilidades de reproducción mecánica del sonido alumbró una forma completamente nueva de escuchar música. A partir de entonces empezaría a ser habitual algo que tan familiar nos resulta hoy: escuchar una obra de música en cualquier momento gracias a medios de reproducción técnica cada vez más sofisticados y versátiles. Durante siglos, sin embargo, el acceso a la música sólo fue posible en aquellas ocasiones más bien excepcionales en que un grupo de intérpretes la ejecutaba en vivo en un concierto público, una ceremonia religiosa o una celebración civil. Esta circunstancia, unida a la eclosión primero del clave y después del piano como instrumentos domésticos por excelencia, provocaron la implantación de una práctica cotidiana como es la de arreglar para el teclado o para pequeños grupos instrumentales obras que originalmente habían sido compuestas para formaciones más amplias, desde obras de cámara y lieder hasta sinfonías y extractos de óperas. Sólo así podían muchos aficionados oír e interpretar ellos mismos, siquiera en versiones sucedáneas, obras que de otro modo les resultarían inaccesibles. Al mismo tiempo, la expansión del concierto público como institución central para el consumo de la música y la cada vez más demandada figura del virtuoso musical durante las primeras décadas del siglo XIX contribuyeron, en igual medida, a la consolidación de la transcripción al piano de sinfonías y óperas. En este caso, el fin no era tanto poner a disposición de los aficionados un repertorio que resultaba difícilmente accesible, como mostrar a un público ávido de espectáculo las enormes dotes técnicas del intérprete virtuoso. En este contexto, el arreglo sobrepasa la mera transcripción que adaptaba de modo más o menos literal la obra original a las particularidades del piano, para adentrarse en la paráfrasis y la recreación, que manipulaba y reorganizaba con libertad los materiales de partida, aportando nuevos elementos originales. Tanto en un caso como en otro, la obra transmutada presentaba un perfil y unas particularidades distintas de la composición original que tomaba como modelo, pese a que mantenía su esencia e identidad. El arreglo, así, acababa en muchas ocasiones por derivar en una nueva obra. Este ciclo propone una reconstrucción de la práctica del arreglo musical tan habitual durante los últimos siglos como extraña en la época contemporánea, proponiendo momentos históricos distintos en los que el arreglo respondía a diferentes objetivos. Así, el concierto con clave reúne autores extraordinariamente populares en su época que, sin embargo, no llegaron a componer ninguna obra específica para este instrumento, como es el caso de Lully, Corelli y Boccherini. El concierto con piano se centra en la faceta de Liszt y Busoni como arreglistas, seguramente los compositores que más contribuyeron a elevar el arreglo a categoría de obra musical. Mientras que el concierto final recrea las actividades de la Asociación para Ejecuciones Musicales Privadas que Schoenberg fundara en Viena en 1918, en la que el arreglo musical, definitivamente, adquirió un nuevo estatus compositivo.
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