menu horizontal
Botón que abre el buscador
Botón que enlaza al Calendario
Ciclos de Miércoles:

Introducción

    El pasado mes de diciembre se cumplió un cuarto de siglo de la muerte de Benjamín Britten, el compositor más importante que ha dado Inglaterra desde Purcell y uno de los maestros indiscutibles de la música del siglo XX. Excelente pianista y director de orquesta -quedan muchos discos con interpretaciones de sus propias obras y del repertorio clásico-, buen organizador de festivales y ciclos de conciertos, siempre preocupado por la educación musical y por la captación de nuevos públicos, es sobre todo su música la que le ha situado en un lugar de excepción en la cultura de nuestro tiempo.

    En este ciclo hemos reunido un conjunto de 16 obras, ocho de las cuales constituyen la práctica totalidad de las que escribió para el cuarteto de cuerdas. Un Cuarteto, el nº 3, compuesto en 1975 y estrenado ya póstumamente, traza el final del ciclo, en el que escucharemos también obras de adolescencia (1923-25) y algunas de su etapa de aprendizaje: Más de medio siglo de actividad musical creadora y creativa, siguiendo su propio camino, al margen de las vanguardias pero haciendo música de su tiempo, rigurosa, sensible, comunicativa. Un auténtico maestro.

F.J.M.


INTRODUCCIÓN GENERAL

Benjamin Britten
Empleó con destreza recursos técnicos de todo tipo y procedencia, nunca disimuló su eclecticismo, no trazó ninguna ruptura clara con nada, y su música es, sin embargo, tan personal como inimitable. Tenía verdadero instinto para expresarse a través de la partitura de forma directa y convincente, un rigor a prueba de desfallecimientos y una habilidad envidiable para refinar las soluciones que encontraba, hasta hacerlas parecer naturales al crítico, tan del gusto del intérprete como del público y tan accesibles a los profesionales como a los aficionados. Sus composiciones, además, suelen tener una considerable vertiente afectiva. Tanto por el resultado sonoro como, en buena parte de los casos, por las circunstancias en (o para) las que fueron creadas.
Britten desarrolló muy pronto un estilo propio, sintético y claro, eficaz, eminentemente melódico, siempre en el marco de la tonalidad. Philip Brett ha destacado su facilidad para presentir dónde radica el éxito, y su habilidad para tratar con una voz muy personal y renovadora cada aspecto de la tradición clásica que abordó. No todo el mundo, sin embargo, es tan admirativo en este punto: Paul Griffiths o Robin Holloway han publicado interesantes estudios donde leemos críticas diversas, especialmente centradas en el recurso de Britten a veces a soluciones ya trilladas, sin asumir el riesgo de un eclecticismo verdaderamente creativo. Es cierto siempre que mantengamos ese matiz de "a veces", pues no hemos de olvidar que su capacidad para plantear problemas nuevos y buscar con valentía soluciones diferentes ha dado lugar en otras muchas ocasiones a verdaderos hallazgos.
Su música bebió de fuentes muy variadas. Nos lo revelan las propias obras y distintos testimonios, que nos llevan a Mahler, Stravinsky, Berg, Hindemith, Bartok, Gershwin, Schoenberg, Shostakovich, Puccini, Richard Strauss o, en horizontes más distantes, Verdi, Haydn, Purcell, Dowland, la música popular inglesa y norteamericana, el gamelán de Bali, el gagaku japonés... No fue ajeno a ello su maestro Frank Bridge, por quien profesó verdadera veneración. Señala Peter Evans la influencia que debió ejercer en el jovencísimo Britten la actitud de su maestro, que había abandonado el elegante pero un tanto marchito lenguaje de sus primeras composiciones en favor de un estilo más experimental y abierto a influencias foráneas; algo ciertamente raro en la Inglaterra del cambio de siglo. El "buen oído", es decir, un sentido musical profundamente desarrollado, había de ser, en opinión de Bridge, el factor último de toda creación, por encima de abstractos conocimientos teóricos; pero esa alta cualidad se reforzaría si se adquiriese un amplio conocimiento de la música de otros compositores, y sólo podría aplicarse si se apoyara en una buena técnica. Así, el muy joven e intuitivo Britten recibió del muy sabio y artesano Bridge unos fundamentos técnicos soberbios y una curiosidad por mirar más allá de los limitados horizontes de la música británica de esos años.
En 1963, en unas declaraciones al Sunday Telegraph, Britten recordaba los principios cardinales de la enseñanza de Bridge: el primero era «que debías encontrarte a ti mismo y ser sincero con lo que hubieras encontrado. El otro (...) era su escrupulosa atención por una buena técnica». Autenticidad y buena técnica. Desde luego el discípulo lo entendió bien.
Para Robert P. Morgan la impresión que produce su música es que ha sido compuesta sin ningún esfuerzo. Eric Salzman destaca la gran cantidad de técnicas musicales que fue capaz de integrar mediante nuevas formas tonales, simples pero ingeniosas. Con una perspectiva muy francesa Claude Samuel alaba que desde sus primeras obras instrumentales evitara el abuso de los efectos convencionales (o sea, el arsenal postromántico) de muchos de sus compatriotas. No olvidemos que el eclecticismo era la actitud general de los compositores ingleses desde casi un siglo antes de aparecer Britten; pero hay muchas formas, cómo no, de ser ecléctico, tanto por lo que uno decida observar e integrar como por la manera en que lo haga, y Britten pertenecería a una de las más abiertas y creativas. No fue sólo un aseado e inspirado compositor británico. Su curiosidad, su sagacidad y su pericia lo situaron enseguida en una dimensión internacional.
Manfred Gräter, yendo un poco más allá de las partituras, consideraba que la trascendencia de Britten no era debida sólo a su dominio técnico y a la calidad de su obra sino, sobre todo, a «su postura respecto a la música misma, al intérprete y al público», a los que consideraba de vital importancia. A este planteamiento responden sus composiciones didácticas y las creaciones donde pueden intervenir aficionados o niños: la Guía de la orquesta para jóvenes, en el primer caso, y El arca de Noé, en el segundo, son verdaderas obras maestras en sus respectivos géneros. No es ajena a ello una actitud de compromiso con la sociedad, que le llevó también a impulsar iniciativas didácticas a muy diversos niveles, o de promoción y generalización del disfrute de la música entre nuevos públicos. El Festival de Aldeburgh, fundado por él con Peter Pears y Eric Crozier, y mimado hasta el final de su vida, es un magnífico ejemplo por sí mismo y por todas las iniciativas paralelas a que ha dado lugar en la pequeña ciudad costera y sus alrededores.
Britten había nacido cerca de allí, en Lowestoft, también en el Condado de Suffolk, y adquirió sus primeros conocimientos musicales en casa, de manos de su madre que era cantante aficionada. A los cinco años empieza a componer, y con entusiasmo, pues a los catorce superaba la cifra de 100 obras, algunas de las cuales han sido publicadas al final de su vida y, sobre todo, tras su muerte. Antes de alcanzar esa cantidad, en 1924 se produciría el hecho más trascendental en su formación: el encuentro con Frank Bridge, a través de Audrey Alston, su profesora de viola desde pocos meses antes. Bridge quedó impresionado por el talento del joven músico y convenció a sus padres para que le permitieran viajar a Londres a recibir lecciones de composición. Sobre la importancia de estas enseñanzas ya hemos tenido ocasión de detenernos antes.
A partir de 1930 completó su formación con estudios oficiales en el Royal College of Music, donde, con Harold Samuel y Arthur Benjamin, desarrolló unas magníficas cualidades como pianista. Sus recitales y grabaciones así lo atestiguan. En 1932 se fechan sus primeras obras incluidas oficialmente "en catálogo": la Sinfonietta Op. 1, que presenta a la vez rasgos del futuro Benjamin Britten e influencias diversas, muy especialmente de la Sinfonía de Cámara de Arnold Schönberg, y la Fantasía Op. 2 para oboe y cuarteto de cuerda, incluida en el programa del Festival de la SIMC (la Sociedad Internacional de Música Contemporánea) de 1934, en Florencia, lo que supuso la primera aparición internacional de sus pentagramas. Otro Festival de la SIMC, el de 1936, le llevó a Barcelona, al estreno de su Suite Op. 6 para violín y piano; fruto de aquel viaje fue una obra orquestal, Mont Juic, escrita con Lennox Berkeley sobre danzas catalanas.
Su encuentro con W.H. Auden en el departamento de cinematografía del servicio de correos británico (la GPO Film Unit), para cuyos documentales Britten compuso música, daría lugar entre 1936 y '39 a tres obras vocales, Our hunting fathers, On this island y Ballad of heroes, de claro tinte político, y a su primera ópera, Paul Bunyan, compuesta y estrenada en Estados Unidos, donde Britten vivió entre 1939 y 1942. También del periodo americano son obras como Les illuminations, el Cuarteto Op. 25 y los Siete sonetos de Michelangelo, ésta dedicada al tenor Peter Pears, para cuya voz escribirá casi todos sus ciclos de canciones y creará importantes personajes en las óperas, desde Peter Grimes a Muerte en Venecia. Con Pears, que le había acompañado a América, abordó además fructíferas aventuras (la más notable, el Festival de Aldeburgh) y compartió su vida. En sus brazos murió la noche del 3 al 4 de diciembre de 1976.
Durante el viaje de regreso a Inglaterra compuso dos importantes piezas corales, el Himno a Sta. Cecilia y A ceremony of carols, otra nada más llegar, Rejoyce the lamb, y a continuación la Serenade Op. 31, para tenor, trompa y orquesta de cuerda, que muestra un nuevo y refinado equilibrio estilístico y abre la puerta a su primera gran ópera, Peter Grimes, cuyo estreno en la reapertura del Sadler's Wells Theatre tras la guerra, en junio de 1945, supuso la resurrección del género en inglés. Su repercusión desbordante catapultó a Britten a la máxima consideración como artista y, en buena medida, condicionó el resto de sus creaciones. Sus óperas, a partir de ahora, se contarán por éxitos y dan cuenta de la capacidad del compositor para configurar personajes y emociones con recursos de gran eficacia y abordar situaciones dramáticas en buena medida convencionales con procedimientos de gran originalidad.
Tras Peter Grimes verían la luz la Guía de la orquesta para los jóvenes, en forma de variaciones y fuga sobre un tema de Purcell, un ciclo de canciones sobre sonetos de John Donne y el Cuarteto Op. 36 (ambas en homenaje a Purcell), así como dos óperas de formato camerístico, que se estrenaron en Glyndebourne en 1946 (La violación de Lucrecia, dirigida por Ansermet) y 1947 (Albert Herring, por Britten), respectivamente. La compañía formada especialmente para ambos montajes se convirtió en el English Opera Group, que un año después ayudaría decisivamente a poner en pie el Festival de Aldeburgh, cerca de donde Britten era originario y donde acababa de fijar de nuevo su residencia. Aldeburgh polarizó a partir de ese momento la mayor parte de su actividad como compositor, como pianista y como director de orquesta.
En la década de los '50, además de los éxitos cosechados por tres nuevas óperas, Billy Budd, Gloriana y La vuelta de tuerca (esta última con una particular serie dodecafónica: un ciclo de cuartas), cabe destacar una gira de recitales con Pears por Asia en 1955. No podían pasar desapercibidos para él la música y el teatro oriental, y así se verá en el ballet de gran formato El Príncipe de las Pagodas, en el que trabajó durante todo el invierno siguiente junto al coreógrafo John Cranko para el Covent Garden. Secuela de aquella gira será también el ciclo Songs from the Chinese, para tenor y guitarra, presentadas por Peter Pears y Julian Bream en Aldeburgh en 1958. Este interés no era nuevo, y se han rastreado pasajes heterofónicos, escalas pentatónicas y otros rasgos de las músicas orientales en obras anteriores, como su primera ópera, Paul Bunyan, escrita después de haber conocido la música balinesa de la mano de Colin McPhee, que había estudiado sobre el terreno el gamelán años antes. Señala Philip Brett retazos orientales también en el Interludio del 2º Acto de Peter Grimes, y Christopher Palmer en La vuelta de tuerca. Pero donde lo oriental revestirá una mayor y más interesante presencia e interferencia será años más tarde, en 1964, en Curlew River, obra escénica ("Parábola eclesiástica" figura bajo su título), crucial en la evolución estilística de Britten, donde se funden influencias japonesas (especialmente del teatro nô) con música medieval europea, en un drama situado en East Anglia antes de su conquista.
Poco antes, en 1961, había compuesto Britten el War Requiem, donde se concentran, a modo de resumen, numerosos aspectos estilísticos desarrollados por él hasta entonces, y que supuso desde el mismo momento de su estreno, en mayo de 1962, en las celebraciones por la consagración de la nueva Catedral de Coventry, el mayor éxito popular de su carrera junto al ya mencionado de Peter Grimes. En estos años hemos de destacar su encuentro y fructífera relación con Rostropovich, para el que entre 1961 y 1973 compuso (además del ciclo The poet's echo, sobre Pushkin, que Rostropovich estrenó al piano con su mujer, la soprano Galina Vishnevskaya) la Sonata en Do mayor, tres suites para violonchelo solo y un concierto con orquesta, lo que revitalizó su catálogo de obras puramente instrumentales. Además, con él, Britten conoció a Shostakovich, quien había despertado su interés desde muy pronto. Donald Mitchell, recopilador y editor de la correspondencia de Britten, recoge una carta de finales de 1935 a Marjorie Fass, amiga de la familia Bridge, lamentando la muerte de Alban Berg. «Los verdaderos músicos  -leemos en ella-  son tan pocos y están tan lejos, ¿verdad?. Aparte de los Berg, Stravinsky, Schoenberg y Bridge, uno no sabe qué nombres añadir, ¿no te parece?. Markevich puede ser, pero personalmente pienso que todavía le falta algo para llegar. Shostakovich tal vez, posiblemente...». Sin haber alcanzado la treintena, Shostakovich era situado ya cerca de los más grandes por el joven y afilado Britten. Con su encuentro en 1960 en Londres (en la presentación de su primer Concierto para violonchelo y orquesta, a cargo de Rostropovich) se confirmó un gran afecto mutuo, hasta el punto de que Shostakovich le dedicó su Sinfonía 14.
En los años finales, tras la composición en 1970 de la "ópera para televisión" Owen Wingrave, encargada por la BBC, destacarán Muerte en Venecia (1973), su última ópera, concebida para poner en juego los grandes recursos de The Maltings, el nuevo teatro construido en Snape, junto a Aldeburgh, la cantata con orquesta Phedra (1975), para Janet Baker, y el Cuarteto de cuerda nº 3, que el Cuarteto Amadeus presentaría en The Maltings el 19 de diciembre de 1976, dos semanas después de su muerte.

Subir