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Introducción

JULIO GÓMEZ
(Madrid, 1886-1973)

Don Julio, como le llaman quienes le trataron en vida, es uno de los autores injustamente olvidados, insuficientemente conocido por el público aficionado, con frecuencia recordado como autor de la «Suite en La», cuando hay un centenar de obras que se deben a su pluma.

El año de su nacimiento en Madrid -1886- es eje de una generación intermedia entre la del 98 y la del 27, constituida por los compositores nacidos entre Conrado del Campo y Mompou, tal y como ha demostrado Enrique Franco aplicando a la música el método de las generaciones de Ortega y Gasset y Julián Marías.

La llamada Generación de los Maestros coincide parcialmente con la anterior; forman parte de ella Conrado del Campo, Joaquín Turina, Julio Gómez, Oscar Esplá, Jesús Guridi y el padre Donostia. Ellos crearon el sinfonismo español a principios del siglo XX y recorrieron no poco camino para entregar el relevo a muchos compositores actuales.

Miguel Alonso, Carmelo Bernaola, Angel Arteaga, José Peris, Antón García Abril, Manuel Angulo, Agustín Bertomeu, Manuel Alejandro, Manuel Moreno Buendía, Rafael Frübeck de Burgos, Agustín González Acilu, Manuel García Matos, Francisco José León Tello, Rogelio y Miguel Groba, Jorge Rubio y Manuel López Calvo se cuentan entre los alumnos de Julio Gómez, y reconocen la importancia de su magisterio. «Era un pedagogo auténtico -afirma Bernaola (Antonio Iglesias: "Bernaola", página 54, Madrid, 1982)- y nadie salía de su clase sin componer (...). Era un hombre, además, muy inteligente, que conocía la música no sólo teóricamente, sino de una manera práctica, como compositor él mismo y como instrumentista capaz de tocar lo que analizaba; como era muy culto, te enriquecía al hablar... Humana e intelectualmente, don Julio, mi maestro, me atraía poderosamente (...)».

Queda claro que no se trataba de un músico común por cuanto que sus estudios y su cultura superaban en mucho la de aquellos otros que, como diría Adolfo Salazar, «apenas sabían más que música». Universitario como Esplá, doctor en Ciencias Históricas con una tesis sobre Blas de Laserna, investigador, musicólogo, crítico musical, supo además combinar durante toda su vida la creación artística con su trabajo de bibliotecario: «... lo único que he sido, por vocación y por consciente y decidido impulso de mi voluntad, ha sido compositor, pero encontré al empezar a vivir, y así sigue siendo al terminar, que la profesión de compositor de música en España tenía un campo tan limitado que no daba de vivir más que a cuatro o cinco personas» Julio Gómez- «Harmonía», Madrid, junio 1957).

Fue director del Museo Arqueológico de Toledo, ciudad en la que realizó un importante trabajo sobre los cuartetos de Manuel Canales; más tarde jefe de la Sección de Música de la Biblioteca Nacional, y por fin, desde 1915 hasta su jubilación, bibliotecario del Real Conservatorio de Música y Declamación de Madrid, cargo que desempeñó con especial cuidado, «era el hombre destinado -escribe Sopeña- a regir en sus tiempos lo que hoy llamamos extensión cultural» .Su inmenso bagaje cultural y su humanismo profundo le permitían orientar intelectualmente a quienes acudían a él con alguna inquietud.

«Si hay que definir la personalidad de Julio Gómez -ha dicho en RNE Carlos Gómez Amat- lo que realmente caracteriza su condición humana, es necesario echar mano de la idea tradicional del liberalismo español decimonónico». Y él mismo afirmaba, no sin cierta ironía) en su discurso de ingreso en la Academia de Bellas Artes: «Soy, por nacimiento, por irresistible inclinación de mi gusto personal - y en ello pongo la más alta razón de mi ufanía-, un compositor del siglo XIX».

Una vez terminados sus estudios en el Conservatorio de Madrid) obteniendo primeros premios en Armonía (1902), Piano (1904) y Composición (1908) como alumno de Emilio Serrano en esta última disciplina, no sintió la necesidad de tomar contacto con la música francesa o germánica que marcó a muchos de sus contemporáneos. Defendía un nacionalismo vivo, fundado en la tradición española, sin excluir de ella (frente a Pedrell, que, por cierto, fue otro de sus profesores) a los grandes maestros de la zarzuela; ahora bien, consideraba superado el procedimiento del primer nacionalismo consistente en utilizar el documento popular como base de las obras. Aunque no rechazaba las conquistas de la armonía moderna, estaba convencido de que las posibilidades de la armonía consonante y disonante en sentido clásico no estaban agotadas, y de que la armonía consonante podía emplearse en sentido moderno. Sentía la necesidad de que su música «cantase» y amaba por encima de todo la ópera y la música lírica, siguiendo el ejemplo de su admirado Tomás Bretón.

A lo largo de su prolongada vida, don Julio fue testigo de los diversos recibimientos que público y crítica hacían a sus obras. Unas veces aclamado, otras incomprendido, galardonado en varias ocasiones con el Premio Nacional de Música, tuvo que ver como una de sus obras más queridas, la ópera « Triste puerto», sobre libreto de su amigo Cipriano Rivas Cherif, no llegaba a estrenarse nunca.

Con toda seguridad aún están vigentes las palabras que Tomás Marco escribía el 23 de diciembre de 1973 en el diario «Arriba» un día después de su muerte:
«...Urge ahora una revisión de la obra de este autor, que se escuche y permanezca en repertorio junto con los otros músicos españoles que forman el grueso de nuestra postergada historia musical.»

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