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Ciclos de Miércoles:

Introducción

Algunos, nadie más que yo, me han reprochado la poca vecindad de mi pluma con la música de Federico Mompou. Nadie más que yo: es triste para un crítico encontrar difícil e1 paso de la admiración a la doctrina. Hace ya tiempo hice una confesión de humildad: ¡me parecían tan suficientes las críticas de Vuillermoz y los conceptos filiales de Salazar! Cuando fui a Barcelona las recordé envuelto en un paisaje que yo veía con las dulces anteojeras de una bella música de Mompou: «Diálogo de la fuente y la campana». Después, pentagramas de algún «preludio y danza», memoria de los más oídos y noticias de un Mompou cincuentón, suave, melancólico, radicalmente solitario entre las músicas que nos rodean. De paseo -los lindos paseos sin palabras- con Mompou por Barcelona en buenos días de «invierno-primavera» , los días más tiernos del ciprés de sus ediciones, veía en Mompou el resumen más vivo de un París inasequible hasta para los mismos recuerdos. No el París de los «seis» ni el París trascendente del místico Messiaen -sus amigos patean ahora a Strawinsky-, sino el otro, el debussysta. Sobre nieblas rosadas, sobre mares como marinas de cuadro impres1onista, sobre los tópicos delicuescentes, Mompou traía una voluntad de ciprés, voluntad latina de línea, de melodía, de voz en parentesco de almendros mediterráneos. Mompou parecía arrebujarse en su rincón con gatuna fidelidad a recuerdos muelles, sin camaradería de tiempo actual ya.

Pero Mompou trabaja: en su rincón, en su piano con sordina eterna, nunca herido, sino amparado por esa especial caricia de las manos horizontales, las únicas capaces de dar color sin sobresalto al marfil de las teclas, las obras salen. Bien alegre ha sido ese voto unánime para el premio nacional y anual de la Subsecretaría de Educación Popular. Junto a él, la novedad de una canción maravillosa sobre letra catalana de José Janes: «Damunt de tu, només les flors». Tengo aquí esta música que los aficionados madrileños paladearon en un concierto cercano. Está sin editar. ¿Cuál será el paisaje de su portada? Porque esto, aun siendo inconfundible Mompou, es otra cosa. La estilización se opera aquí sobre dos fuentes distintas, sobre dos ternuras, ternura de romanza italiana y ternura de cadencia popular. Dos posibles artificios, sin anularse, tienen las nupcias de una melancolía especial hija del canto de cisne que simboliza esa cima de la madurez donde se encuentra la experiencia del desengaño. Es una de las obras más bellas de estos últimos años: ya la podemos cantar -¿cómo unir para el tarareo las armonías de los «preludios» de Mompou?-, ya tenemos una «melodía-resumen» compañera de cosas adivinadas, concretas e inefables a la vez.

Volvamos, amigos míos, a la música de Mompou. Hagámosla el rinconcito caliente para su voluntad de jardín clausurado: si los dedos no son rebeldes a ella; si es la mejor música española para las horas en que hace falta una genial y pequeña música capaz de su marco flexible del silencio; si es, en fin, una bella síntesis latina de sensualidad y de inteligencia. Dentro de unos días, Radio Nacional, ese instrumento que recoge ahora todas las voces de la música española -es necesario vivir en provincias para saber lo que son sus «veladas»-, dará el «festival Mompou». Volverá esta canción de éxtasis sin delirio, volverá con la historia de las obras anteriores y os hará una noche recogida y muelle como estos minutos buenos vividos por mí junto a su pentagrama.

Seminario de Salamanca, enero de 1946

Federico SOPEÑA (diario «Arriba», 12-1-46.)

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