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Introducción

Zurezko Olerkia fue compuesto en Berlín, Madrid y Ottawa en 1975. Es un encargo de la ciudad de Bonn, en donde se estrenó en mayo de 1976, repitiéndose después en París, Festival de Estoril, etc... La obra tiene una génesis complicada. En los encuentros de Pamplona de 1972 había visto tocar la «txalaparta», a los Artza Anaiak, de Usúrbil. Ya conocía el instrumento desde hacía más de diez años -lo escuché en la inauguración de una exposición del escultor Remigio Mendiburu a principios de los sesenta-, pero quizá no estaba yo entonces en el buen momento para comprenderlo. Al oír a los Artza la cosa cambió. Tuve la certeza de hacer algún día «algo» para ese instrumento. La oportunidad vino con el encargo alemán. Volaba yo de Berlín a Bonn, para tener los primeros contactos con la Dirección del Festival. Llevaba un ejemplar de la excelente revista «Arts-Canada» dedicado al arte de los aborígenes canadienses. El número se llamaba significativamente «Madera y huesos», dando a entender que esos eran los materiales básicos de la plástica de los indios canadienses. De repente me vino la idea de hacer «algo» con madera y voces. Y súbitamente vi que la «txalaparta» instrumento ancestral vasco, era quizá la mejor voz para transmitir una síntesis de culturas que empezaba a presentir. Empecé, pues, a pensar sobre cómo poner de acuerdo universos tan dispares como la «txalaparta» --que tenía que cantar en su propia lengua y no de acuerdo con una partitura que lo hubiese adulterado-, unos ritmos de madera percutida y las voces.

El encuentro se produjo igualmente a través de la cultura vasca: en la palabra «askatasuna» -libertad-, ya empleada por mí en otras composiciones como base de las mismas.
Cada letra que compone la palabra es un área musical de una duración determinada, de un ambiente armónico y rítmico derivado de las distintas lecturas de la misma. Cada letra tiene un equivalente en alturas y duraciones, dependiente de su lugar en el alfabeto. Así, habrá pies rítmicos de 11, 14, 19, 20 unidades -una técnica que podría recordar al concepto rítmico de la música turca-, intervalos de cuarta, quinta, octava, séptima, etc... En puntos muy precisos la «txalaparta» interviene con una improvisación tradicional, que se alterna con las otras partes escritas por mí. La obra, pues, se compone de los siguientes elementos base:
1. «txalaparta» que improvisa con arreglo a cánones tradicionales bien definidos;
2. madera percutida con alturas precisas,
3. madera percutida sin alturas precisas;
4. voces (sin texto).

Estas últimas son como un trasfondo de la percusión: siempre presentes y nunca protagonistas. La obra así concebida y realizada es una larga meditación -una hora- sin ningún sentido direccional. La música no va de un punto a otro, sino que nos rodea, como nos rodearía un bosque en el que no hubiera caminos, sino sólo árboles. No se ha buscado ni hipnosis ni éxtasis, pero quizá se hayan colado de rondón sin pedirme permiso. No creo que sea sólo una música ambiental, aunque, sin duda, es, además, ambiente. Así, del primitivo proyecto indoamericano no quedaba al final sino la alusión a un mundo tímbrico, que es suficientemente fuerte como para ser reconocible. Quizá esta obra sea un ensayo de diálogo multicultural -tantas mías lo son ... !- en el que la «txalaparta» lleva la voz cantante. Y me queda por añadir que su título significa «Poema de madera» en euskera y que la he dedicado al pueblo vasco, al que pertenezco por nacimiento y un cuarto de sangre, por entender que es quizá uno de los que más han luchado, finalmente con éxito, por preservar su identidad en circunstancias de todos conocidas, aunque difíciles de imaginar para quien no las haya vivido.

Unas palabras sobre la «txalaparta». En su origen, la «txalaparta» quizá no era un instrumento musical, sino un útil de trabajo de múltiples usos. Primero una especie de teléfono de caserío a caserío, de valle a valle (recuérdese forma tan peculiar de población de¡ país vasco tradicional).

Después, el lugar en donde se machacaba la manzana para hacer la sidra, lo que daba pie a composiciones de ritmos entre los equipos que se servían de ella. La «txalaparta» consiste en un número variable de tablones de madera, de unos tres metros de largo por veinticinco centímetros de ancho y unos diez de grueso, suspendidos de alguna forma para permitirles resonar. Estos tablones se percuten no con baquetas normales, sino con verdaderas pequeñas mazas, que no golpean, sino que rebotan sobre ellos, formando ritmos complementarios.

Las maderas empleadas tradicionalmente eran roble, fresno, aliso, haya, etc.... o sea, las maderas del bosque vasco. Pero hoy se usan muchas otras. El «txalapartari» ha de tener sumo cuidado al herir la madera: tendrá que hacerlo en el lugar preciso, para obtener una calidad y hasta una altura peculiares. Normalmente se empieza con un ritmo simple, que se va complicando y acelerando poco a poco, hasta formar fenómenos sonoros de gran sutileza y complejidad. Después de haberse casi perdido, la «txalaparta», gracias a los Artza Aríaiak y otros grupos, conoce un nuevo auge del que cabe esperar muchas cosas.

Noviembre 1977


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