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Nocturnos para piano

6, 13, 20 y 27 marzo 1993
Conciertos del Sábado:

Introducción

Cuando la música europea descubrió con los trovadores el filón amoroso, se hizo también sensible al encanto de la noche. En un género especial de canciones, las "albas", los amantes bendecían la noche amiga que cobijaba sus ardientes proezas y maldecían el canto del ave que anunciaba, con el día, su separación. "Alba" sin música es la noche de amor que traza Shakespeare en Romeo y Julieta; "alba" gigantesca es el dúo del segundo acto del Tristán de Wagner; y con el final del "alba" más sensual y equívoca comienza Richard Strauss El caballero de la rosa.

Hay otras muchas maneras de cantar la noche, como nos muestra el más emocionante pasaje del Combatimiento di Tancredi ed Clorinda, en el que Monteverdi pone ardorosa melopea a los versos de Tasso. Y también alude a ella, en enigmático y bellísimo título -Eine kleine Nachtmusik (Pequeña música nocturna)-, un Mozart desconcertante en el luminoso contenido de una noche galante.

Pero el nocturno pianístico tiene tiempo y peculiaridades propias. Gerardo Diego arranca, con más visión de poeta que rigor musicológico, del primer tiempo de la sonata Claro de luna de un Beethoven traicionado por su editor. Y describe así las constantes del nocturno romántico: "Tiempo lento, melodía cantábile muy ligada y sostenida, con leves ondulaciones, modulación frecuente con suaves gradaciones de color, acompañamiento o diseño armónico en arpegios-tresillos o seisillos, episodio central más agitado que llega al "mezzoforte" o al "forte" en contraste con la sonoridad delicada de todo el resto, final evanescente, con prolongación en eco o armónico, y tendencia al arabesco ascendente que se pierde en la región celeste del instrumento". Y añade: "No diréis que no he señalado rasgos bien musicales, nada literarios ni filosóficos".

Porque el nocturno pianístico romántico suele arrastrar muchas gangas extramusicales, siempre interesantes para situar obras concretas en contextos precisos. Pero son sus rasgos musicales los que nos interesan, y los descritos por el poeta santanderino, buen pianista también, son válidos para la mayoría de los nocturnos decimonónicos; desde Beethoven, Schubert (sostiene G. Diego que el impromptu en Sol mayor es, desde este punto de vista, un verdadero nocturno), Mendelssohn y Schumann hasta el verdadero asentamiento del género que arranca en Field, se consuma en Chopin y llega hasta Fauré o el primer Debussy.

Algo de este aroma formal, si bien inevitablemente transformado, se mantiene en los nocturnos pianísticos escritos en nuestro siglo, mucho más numerosos de lo que en principio cabría imaginar. Incluso en España. Desde el Nocturno adolescente de un Falla que aún no podía imaginar las impresiones sinfónicas que tejería, alrededor del piano, sobre las noches de los jardines españoles, pasando por noches de verano más descriptivas de Joaquín Turina hasta llegar a la serie reciente de Juan Briz.

    Este ciclo recoge una breve antología de nocturnos románticos (Chopin, Schumann), llega hasta las exquisitas rememoraciones del francés Gabriel Fauré y presenta, tras el de Falla, una docena de nocturnos españoles de nuestro siglo, muestra bien elocuente de la vigencia del género.

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