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Ciclos de Miércoles:

Introducción

   Este ciclo ofrece las ocho sonatas para violín y piano (o para piano y violín) que compusieron entre 1820 y 1888 tres compositores alemanes: Dos del llamado primer Romanticismo (Mendelssohn y Schumann), y uno del Postromanticismo (Brahms). Son, sin duda alguna, tres de los más grandes compositores del siglo, y no sólo en su país. Así que el título del ciclo hubiera sido más exacto, pero también excesivamente largo, si hubiéramos puesto Sonatas románticas alemanas....

    En el ciclo oiremos, junto a las bien conocidas sonatas de Schumann y Brahms, las dos rarísimas sonatas en Fa mayor de Mendelssohn sin número de opus: una, la de 1820, excesivamente juvenil; otra, la de 1838, la única de verdadera madurez; ambas, completando la "información" que nos da la única sonata violinística de Mendelssohn que hasta hace poco aparecía en su catálogo.

    Pero el ciclo acoge nueve sonatas, no sólo ocho. Y esta novena es una rareza aún mayor. En 1853, con motivo de la visita que el gran violista Joseph Joachim hizo a Clara y Robert Schumann, este quiso ofrecerle una sonata en la que colaboraron dos de sus discípulos, Albert Dietrich y Johannes Brahms. De esta Sonata F.A.E. solo se escucha de vez en cuando el Scherzo en Do menor que compuso Brahms. Creemos que merece la pena volverlo a oír pero en su contexto, junto a los movimientos firmados por su colega y su maestro.

F.J.M.


INTRODUCCIÓN GENERAL


Apoteosis de libertad

Cualquier ciclo conlleva riesgos. Más aún si, como es el caso, de lo que se trata es de presentar una visión global de un capítulo tan ancho y pródigo como el de la sonata romántica para violín y piano. Víctor Martín y Agustín Serrano han asumido el reto, aún a sabiendas de que, inevitablemente, su visión, por panorámica, resulta incompleta. Siempre faltarán algunas sonatas capitales, mientras que, con seguridad, también habrá quien considere que en la selección sobra ésta o aquella obra. Jamás llueve al gusto de todos, y menos en un tema tan abierto y subjetivo como el objeto de estos tres conciertos, que en absoluto pretenden la exhaustividad. El asunto es, llanamente, escuchar y disfrutar bajo el hilo conductor del violín en el mismísimo corazón del siglo romántico.
Desde las sonatas de Beethoven hasta los últimos rescoldos románticos, que se proyectan a lo largo del siglo XX en obras como la Sonatina en Mi mayor de Sibelius (1915), la Sonata en Sol menor de Debussy (1917); las tres sonatas de Hindemith o la Sonata en La menor de Vaughan Williams (1954), el movimiento romántico constituyó un marco ideal para la expresión conjunta del violín y del piano a través de la forma sonata, que en el siglo XIX rompe sus cánones para abrirse al dictado de los nuevos tiempos y evolucionar hacia un ámbito de libertad formal más acorde con las  novedosas formas de expresión que se expandían bajo el auge de la Confederación Germánica, creada en virtud de un acuerdo adoptado en la Conferencia de Viena de 1815, después de la definitiva derrota de Napoleón en Waterloo.
Los programas que integran los tres conciertos que abarca el ciclo se centran precisamente en el inicio de este momento vital, no sólo de la sonata, sino, en general, de la crisis que las formas clásicas y la arquitectura musical experimentaron en el romanticismo. El aliento romántico -tan germánico y también tan hijo de la Revolución de 1789- impulsa la libertad del creador, que rompe moldes para escribir en el pentagrama lo que le dicta su imaginación. Sin cortapisas ni prejuicios, aunque, naturalmente, tampoco sin rechazar las consecuencias y enseñanzas de la tradición.
Una tradición muy especialmente respetada por Mendelssohn-Bartholdy y que lo será menos en los casos de su amigo Robert Schumann y de Joahnnes Brahms, tan vinculado en todos los sentidos al creador del Carnaval. Entre el clasicismo reminiscente del joven Mendelssohn-Bartholdy (compuso su primera sonata para violín con once años) y el exaltado pero canónico genio de las tres sonatas de Brahms, las dos sonatas de Schumann revelan como pocas obras de su época ese irrenunciable afán de libertad que recorre los románticos pentagramas de estos tres conciertos en los que las cuatro cuerdas del violín y la base sin fondo de las siete octavas del teclado van a revivir y revitalizar esa apoteosis de libertad que tan rotundamente marcó el devenir de la música y de la humanidad.

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