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Conciertos del Sábado:

Introducción

La difusión de los fragmentos más populares del teatro musical, desgajados ya de la acción escénica, fue práctica habitual desde el nacimiento del género. Nuestros cancioneros del siglo XVII están llenos de obras que, hoy ya lo sabemos, proceden de óperas, zarzuelas y otras modalidades de la música teatral.

Además, muchos compositores tomaron como punto de partida melodías operísticas para hacer variaciones, paráfrasis, fantasías y glosas sobre ellas. En una época anterior a la de la reproducción mecánica de la música, estas nuevas obras cumplían también una labor de difusión que, de otro modo, no se hubiera realizado.

El piano, en el siglo XIX, fue lógicamente el instrumento que recibió un mayor número de estas composiciones basadas en modelos ajenos al compositor: El caso de Liszt es el más conocido, aunque no el único. Pero otros muchos instrumentos, casi siempre acompañados por el piano, hicieron también las delicias del público recordándoles las obras que ya conocían o presentándoles las que aún no se habían popularizado.

En este ciclo hemos elegido la flauta (a solo o en dúo), el violín y el violonchelo, pero podían haber sido muchos más. Las obras incluídas, al margen de su calidad estética individual, nos ilustran sobre los mecanismos que propiciaron un contacto eficaz y placentero entre los creadores y el público.

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