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Introducción

    Son varias las ocasiones en las que hemos programado música española de cámara de la Ilustración española. Ciñéndonos a los cuartetos de cuerda, los más escasos, en el ciclo Música española del siglo XVIII (marzo y abril de 1984), pudimos escuchar cuartetos de Carlos Ordóñez, Carlos Francisco Almeyda, y el Op. 3/6 de Manuel Canales que ahora volveremos a escuchar. En el titulado El Madrid de Carlos III (abril de 1988) oímos cuartetos de Josep Teixidor, el Op. 3/1 de Manuel Canales y otros de Luigi Boccherini, además de una selección de la ópera Una cosa rara de Vicente Martín y Soler, en arreglo de época para otro tipo de cuarteto con flauta y clave.
    Pues bien, realmente no había entonces más nombres, aunque sí más obras. Ha sido en la última década del siglo XX cuando la investigación a puesto dos nuevos nombres de autores de cuartetos en la España de Carlos IV: El del extremeño Diego de Araciel, cuyos cuartetos queremos programar próximamente, y el de Enrique Ataide y Portugal, un "caballero aficionado" conocido por sus actividades literarias pero cuyos seis cuartetos, conservados en la biblioteca del Real Conservatorio de Música de Madrid, acaban de ser descubiertos y publicados. Solo faltaba oírlos, y ahora lo haremos por vez primera desde la época del compositor.,

Si bien la obra cuartetística de Manuel Canales nos es más conocida, creemos que habrán sido muy pocas las veces en que se ha escuchado íntegra su serie más importante, la publicada en Londres como Op. 3.

F.J.M.


INTRODUCCION GENERAL

Origen del Cuarteto de Cuerda

Las formas características de la música de cámara fueron fraguándose durante el período barroco en ambientes domésticos de la realeza y la aristocracia, al margen de esa otra que se escuchaba en iglesias o teatros y que llegaba a un público mucho más extenso. La música de cámara, más tarde llamada "de salón", requería un número reducido de ejecutantes y, durante la segunda mitad del siglo XVIII, deseosa de emular a los estamentos sociales superiores, también la burguesía patrocinó un género que parecía hecho a su medida, motivando una extraordinaria demanda musical que no dejaría de crecer a impulso de los cambios políticos y sociales que experimentó Europa tras la Revolución Francesa.
Desde el siglo XVII, la música interpretada en residencias palaciegas y casas particulares había contado como elemento casi imprescindible con un teclado, que a veces se completaba con un instrumento solista (violín, flauta, oboe, violonchelo, etc.) o con otros dos instrumentos, combinación que originaría la sonata en trío barroca. Con el paso del tiempo, el desarrollo del bajo continuo del teclado y su paulatina sustitución posibilitaron la ejecución de las distintas voces con instrumentos afines, particularmente con aquellos que constituían el núcleo de la orquesta. Así surgieron a mediados del siglo XVIII el trío y el cuarteto de cuerda clásico (dos violines, viola y violonchelo), modelo de equilibrio sonoro que aún perdura y cuyo origen, la sonata acompañada de tecla, se revela en la pervivencia de bajos cifrados hasta finales de aquel siglo, así como en la reiteración en las ediciones de la época del ambiguo término "basso", aplicado en los cuartetos a la voz  grave que sin duda fue concebida para un violonchelo.
Debido a su enorme claridad armónica, la escritura a cuatro voces es considerada por muchos la forma más pura y perfecta de la música occidental. De su aplicación a los cuatro instrumentos de cuerda brota una música de gran delicadeza que, ajustándose a los ideales estéticos del clasicismo, aúna transparencia de sonido y sencillez de formas: elegancia, contención y simplicidad son sus principios y tal vez la música de Joseph Haydn (1732-1809) sea su producto más acabado.
Grandes figuras como Luigi Boccherini (1743-1805), genio indiscutible de la música de cámara, Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) o el propio Haydn, que compuso más de setenta obras del género, llevaron el cuarteto de cuerda a su cima en esa primera etapa, aunque de ningún modo fueron sus inventores. Hay precedentes aislados de factura barroca atribuidos a Alessandro Scarlatti, Galuppi o Sammartini y, además, la nueva fórmula ya había experimentado cierto desarrollo desde mediados de siglo gracias a los músicos de la orquesta de Mannheim, que la utilizaban de manera asidua aunque algo rudimentaria. Fue en los países centroeuropeos donde el cuarteto de cuerda adquirió mayor arraigo y desde donde se difundiría por todo el continente.

La Música de Cámara y el Cuarteto de Cuerda en la España del siglo XVIII
Sin alcanzar el nivel de otros países, en la España de la Ilustración la música de cámara, y el cuarteto de cuerda en particular, fueron también cultivados por músicos aficionados o profesionales, en veladas de carácter privado que recibían el nombre de "academias". Estas reuniones aparecen descritas de forma evocadora en el poema La Música (1780) de Tomás de Iriarte, un literato que fue a la vez intérprete competente de violín y viola y que, al parecer, compuso algún cuarteto actualmente perdido. Academias entusiastas se practicaban en el seno de la Sociedad Vascongada de Amigos del País, en los medios burgueses y aristocráticos de Cádiz, Barcelona o Madrid, donde fueron famosas las que se organizaban en las residencias de los Duques de Villahermosa, Marqueses de Manca, los Osuna-Benavente, Conde de Clavijo o Duques de Alba, en las que se veneraba muy especialmente la figura de Haydn.
El repertorio español del siglo XVIII para instrumentos de cuerda es muy escaso, y extremadamente raros los impresos de música de cámara grabados en nuestro país en esos años. Tan sólo conservamos estampadas en Madrid algunas obras de músicos extranjeros (Boccherini, Schwindl, Canobbio, Reinaldi), sobre todo tríos y sonatas para violín, y todavía menos de compositores nacionales (Herrando, Manalt). Por los anuncios de prensa de la época nos consta que también fueron  estampadas otras piezas de cámara, ahora destruidas o extraviadas (obras de Porretti, Cabaza, Ferrandiere, Pablo Vidal), pero resulta evidente que, al contrario de lo ocurrido en otros países europeos, este género de música estuvo siempre muy poco representado en la edición impresa española a pesar de que, como veremos, se produjo un fenómeno notable de importación de música extranjera, especialmente de Francia, Holanda, Inglaterra y Alemania.
Quizás el centro más importante de actividad camerística estuvo en la corte de Carlos IV, y h an llegado hasta nosotros numerosas anécdotas sobre la pasión musical del monarca, que solía interpretar partes de violín en los cuartetos ejecutados por su "Real Cámara". La presencia en el Palacio de Madrid de los famosos instrumentos Stradivarius es una buena prueba de ese interés. También existen abundantes testimonios de la afición de otros miembros de la familia real a este tipo de música: el infante D. Gabriel fue pupilo del Padre Antonio Soler, autor de unos quintetos, y D. Luis de Borbón, hermano de Carlos III, ejerció como patrón del músico italiano Luigi Boccherini, quien compuso para él cientos de obras de cámara
De momento no hemos podido localizar ejemplares de los cuartetos del catalán Pablo Marsal (1761-1839) ni de la edición anunciada en 1793 por el salmantino Dámaso Cañada, "violín de baile del Príncipe de Asturias", en cuya casa se reunía una buena academia. En palacio solía tocar la parte de viola en los cuartetos, junto a Carlos IV y Francesco Vacari al violín, y Francisco Brunetti al violonchelo. Según cuentan, fue la maledicencia del violinista francés A. Boucher la que hizo correr la especie de que en esas reuniones el monarca, que tenía graves problemas de ritmo, no solía respetar los compases de silencio. "El Rey no espera a nadie", decía medio en broma cuando sus músicos intentaban corregirle con delicadeza .
Sabemos que compusieron también cuartetos de cuerda otros músicos vinculados a su corte, como el violinista Juan Oliver y Astorga (1733-1830), autor de numerosas obras de cámara entre las que se contaban seis cuartetos no localizados hasta ahora. Mejor suerte ha corrido el op.2 de Carlos Francisco de Almeida, músico "Au service du Roi d'Espagne", según reza el ejemplar conservado en la Staatsbibliothek de Berlín; conocemos otros seis del organista de la Real Capilla Joseph Teixidor (ca.1752-1809), y los dedicados a Carlos IV por el francés Alexandre Guenin, que se conservan en el archivo del Palacio Real de Madrid. No ha tenido tanta fortuna otro de sus músicos de cámara, Andrés Rosquellas (1782-1827), del que existen unas "Variaciones y rondó en cuarteto", desgraciadamente incompletas, en un manuscrito de los primeros años del siglo XIX. Tenía fama  de ser un violinista de excepcional habilidad, y siendo aún muy joven tocó magistralmente un concierto en el Teatro de los Caños del Peral el 24 de marzo de 1792, según informaba el Diario de Madrid.
En las colecciones del Palacio Real, Biblioteca Nacional o Biblioteca del Conservatorio Superior de Madrid se localizan varios cientos de cuartetos impresos y manuscritos del siglo XVIII, en su mayoría extranjeros, que constituyen un reflejo de la sólida implantación de esta forma camerística en la corte española. Entre los muchos compositores representados destacan por el volumen de su producción los nombres de Stamitz, Boccherini, Haydn, Cambini y Pleyel, estos dos últimos los más prolíficos y difundidos autores de la época, aunque ahora hayan caído completamente en el olvido. En la última biblioteca citada se puede rastrear, además, la presencia de un personaje llamado Juan Maus, residente en Madrid "Calle de la Ballesta esquina a la de San Josef nº 9 qto. baxo", que en aquellos tiempos vendía en su casa una completa colección de cuartetos de cuerda compuestos por W.A. Mozart, un músico apenas conocido en la España de la época.
Si es muy reducida la producción que conservamos de cuartetos realizados en nuestro país por autores españoles del siglo XVIII (de momento sólo conocemos los de Ataide, Teixidor y el op.1 de Canales), tampoco abundan los cuartetos españoles publicados en aquella época en el exterior, apenas el op. 3 de Manuel Canales (Londres, 1782), del que hablaremos más adelante, y el citado op.2 de Almeida (París 1798). Vivieron fuera de nuestras fronteras otros autores españoles de cuartetos, como el extremeño Diego de Araciel, del que se conservan tres piezas manuscritas en el Musik-Institut Stift Setenstetten (Austria), o el valenciano Vicente Martín y Soler (1754-1806), cuyas óperas rivalizaron con las de Mozart y que en nuestra Biblioteca Nacional está representado por una reducción para cuarteto de su ópera Una cosa rara (Viena, 1788). Mención aparte merece Carlos de Ordoñez (1734-1786), violinista de origen español nacido en la capital austriaca, donde ejerció como registrador de la propiedad, que fue autor de 27 cuartetos que poco tienen que ver con la historia de la música española.
Todo lo dicho nos sitúa ante un enigma de compleja solución ¿Por qué motivo, si había tanto consumo de música de cámara extranjera, la producción nacional fue tan escasa? La precariedad de la imprenta musical española podría explicar la falta de música local impresa, pero no puede justificar de ningún modo la escasez de partituras manuscritas. Parte de la explicación podría estar en la pérdida de muchas fuentes bibliográficas, en el carácter siempre minoritario de la música de cámara y en la limitación del mercado, que estaba cubierto suficientemente con productos importados; no obstante, esto no lo explica todo, y puede haber mucho de cierto en la hipótesis que proponen algunos investigadores: al tratarse de una especie musical extranjera y no haber surgido de una evolución musical propia, los compositores españoles nunca llegaron a dominarla técnicamente y no lograron identificarse con ella.
De este modo nos adentramos ya en el siglo XIX, donde resplandecen los soberbios cuartetos de Juan Crisóstomo Arriaga (1824), que por méritos propios se mantienen en el repertorio de todas las agrupaciones actuales. De la primera mitad del siglo XIX apenas se conservan otros cuartetos españoles que los ya citados, algún experimento de Rafael Pérez, profesor de violín en el Conservatorio de Madrid, y dos piezas anónimas que, a pesar de estar compuestas para la agrupación clásica, no tienen su típica estructura, y se presentan en forma de movimiento único de tema con variaciones. En la segunda mitad del XIX, la música de cámara sale de su ámbito privado y se difunde a través de audiciones en teatros y salas de conciertos. La Sociedad de Cuartetos, creada por Jesús de Monasterio (1863), realizó una ingente labor en ese terreno, pero pertenece ya a otra época y forma parte de otra historia.


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