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Ciclos de Miércoles:

Introducción

Las canciones de Hugo Wolf, de cuya muerte se ha cumplido este año el primer centenario, supusieron en su día la culminación de una manera muy germánica de concebir este género. Si el lied supone una juntura inseparable de texto, voz y piano, pocos como Wolf realizaron esa proeza tantas veces y con tanta intensidad.

Esa cualidad hace absolutamente imprescindible seguir esos lieder con el texto en la mano y sabiendo qué significan frases y aun palabras. Como es costumbre nuestra, en el programa de mano hemos editado los poemas alemanes con sus correspondientes traducciones. Esa es también la causa de que, no habiendo encontrado los originales de tres de los cinco poemas españoles a los que Wolf puso música entre los 44 de su Spanische liederbuch (Libro de canciones españolas), editemos con un poco de rubor su traducción directa del alemán: Bastará comparar esos textos con el del romance "Por mayo era, por mayo" o el del villancico "Todos duermen, corazón" -dos anónimos que tradujo al alemán Geibel- para trazar la diferencia entre poesía original y versos traducidos.

Completamos estas dos sesiones de lieder con una dedicada a su música para cuarteto de cuerda, lo que nos proporcionará adecuada ocasión para el disfrute de obras muy poco usuales en nuestras programaciones.

Fundación Juan March

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INTRODUCCIÓN GENERAL

Pero ¿quién fue ese Hugo Wolf?

Aunque no escrita, es norma que referirse a la personalidad musical de Hugo Wolf supone de inmediato ponerlo en relación exclusiva con el género liederístico. Es lógico, o no, según se quiera hacer una "primera lectura" del asunto o buscarle otros pies al gato. Wolf, como espero se acabe comprobando tras la lectura de estas notas (pero sobre todo después de haber escuchado su música en los recitales del presente ciclo), es, por decirlo en términos montañeros, la indiscutible cima del Lied, de la canción con piano en lengua alemana; más que suficiente, pues, para justificar -como merecida y justamente ganada- la "exclusividad" a que me referí más arriba. Pero como sucede con todos los autores que desarrollan el grueso de su obra sobre una parcela singular, maravillosamente difícil (¡y vaya si lo es en el caso de Wolf!), se suele tener poca o ninguna noticia del resto de su producción, normalmente relegada a un rincón por arte y gracia de críticos y, sobre todo, empresarios musicales. Si acaso, a través de alguna que otra tan selecta como ruinosa -económicamente- grabación discográfica o de algún concierto o recital con vocación "apostólica". No digo yo que sea el caso que nos ocupa, pero casi: La Fundación Juan March se ha acordado de que el 22 de febrero de este año 2003 hizo 100 de la muerte de Hugo Wolf, y ha hecho su recordatorio, pero sin conformarse con mostrarnos al liederista -que también- sino acudiendo al músico de cámara, que lo hubo. Con toda seguridad sólo por necesidades de guión, en estos tres conciertos se han quedado fuera las correspondientes muestras orquestales -que igualmente en Wolf habitó un autor sinfónico-, corales, pianísticas y operísticas, estas últimas denostadas por los centros líricos hasta su total olvido. Sin embargo, y aunque sea inútil pedirlo, ¿podría alguien acordarse de su, como poco, interesante poema sinfónico Penthesilea?;¿o de su música incidental para la obra de teatro de Ibsen La fiesta de Solhaug?; ¿o, rizando ya el rizo del todo, en alguna sala grande alguien podría ofrecernos aunque solo fueran extractos de sus óperas El corregidor y la incompleta Manuel Venegas, de tan coloreado como poco tenido en cuenta a la hora de programar sabor español?

Sí; en las salas de concierto de nuestro país esta temporada se ha tenido -y se tiene- en cuenta al liederista Wolf, pero, según la máxima antedicha, sólo al liederista. De manera que estos progranas de la Juan March, además de entregarnos una aquilatada muestra de sus canciones, salva al menos los muebles camerísticos de su autor regalándonos tres de las, al parecer, siete partituras que -completas o no- dejó escritas para diversas agrupaciones instrumentales pequeñas. Sin duda los recitales de Lieder suponen un acontecimiento, pero, como veremos luego, quizá el tercer concierto del ciclo lo sea más porque no sólo contiene una excelente música, sino, esta vez en sentido estricto, una muy desconocida música.

Desconocimiento perfecto

Miro hacia el título que encabeza este comentario. ¿Exageraría si asegurara que Wolf es un perfecto desconocido? Voy a facilitarles un dato significativo: ni siquiera tratándose de un centenario las casas de discos se han molestado -que yo sepa y hasta este momento- en "hacer" algo extra con nuestro autor; si alguien quiere escuchar sus Lieder habrá de recurrir a las versiones discográficas "históricas" y, cuidado, suponiendo que pueda encontrar algún ejemplar perdido en la tienda de turno, pues sobre pedido, la posibilidad de quedarse esperando es muy grande, dada la política que siguen las compañías de discos para manterner en catálogo determinadas "rarezas". Estoy hablando, por supuesto, de registros con Lieder de Wolf. Pero, ¿y si buscamos su fenomenal cuarteto de cuerda?; ¿y si, ya en el más retorcido intento de convertirnos en bicho raro, queremos escuchar una grabación de, pongo por caso, el Intermezzo en Mi bemol mayor? Pueden imaginar el resultado. De manera que la pregunta en cuestión no puede ser más lícita: ¿quién fue este señor?

Acostumbrados a leer en los libros tonterías tales como que el sufrimiento es creativo o el dolor síquico un estímulo para la invención artística -eso en la "mejor" literatura crítica romántica; modernamente, que el mejor rockero es quien más droga consume-, un repaso a los aspectos fundamentales de la vida de Wolf, además de revelar interesantes relaciones entre la creación y las disfunciones que provoca la infelicidad, puede llegar a sorprender a cualquiera. Fue este hombre una persona que rara vez en toda su existencia hizo el menor esfuerzo para superar su inadaptación al medio que le cayó en suerte vivir; nunca hizo la menor concesión, siendo como era un ser de tan profundas y arraigadas como raras convicciones: fue eso que se ha dado en llamar un ser honesto, una persona honrada y fiel a sí misma, un incorruptible. Y así le fue. Su instinto creativo, su intuición, su capacidad intelectual, sus ansias de conocimiento de las cosas entraron en colisión con el "medio" desde su más tierna infancia. Y se convirtió, de esa manera, en un autodidacta, naturalmente incompatible con los centros de enseñanza al uso, el propio conservatorio de Viena a la cabeza. Y, a excepción de los propios ídolos que él mismo se fabricó, incompatible también con todo hijo de vecino, músico o no: ejerció la crítica musical entre 1884 y 1887 para la revista Wiener Salonblatt, una especie de revista del corazón musical donde, desacertadamente pero por razones económicas, Wolf masacró la música de buena parte de sus colegas. En fin, wagneriano casi enfermizo, antibrahmsiano furibundo, fue Wolf todo eso, y por eso o contra eso, murió absolutamente enajenado, loco.

Sifilítico y mentalmente tocado -por eso, pero no sólo por eso-, la vida creativa de Wolf tiene mucho de inexplicable, a excepción de los propios resultados que entregó, muchas veces al borde de rozar el cielo. En las próximas páginas veremos cómo Wolf se comportó de forma compulsiva con el papel pautado, cómo pasó por períodos de una increíble fecundidad compositiva o, indistintamente, por largas temporadas -años incluso- de tremenda y pertinaz sequía creativa. Trataremos de buscar ciertos porqués; indagaremos acerca de las relaciones entre los poetas escogidos -o sus textos- para sus Lieder; bucearemos en su exasperantemente negro universo expresivo, quizá la realidad más llamativa de toda su producción; nos plantearemos qué papel jugó el piano en los mismos; cuál fue la naturaleza del canto que dio vida a los versos escogidos; qué significación histórica y estilística llegaron a alcanzar sus ciclos de Lieder en el género... y al mismo tiempo trataremos de hacer una justa reivindicación de su obra de cámara, ya que, afortunadamente, ocasión hay para ello.

Hugo Philipp Jacob Wolf nació en Windischgraz, en la Baja Estiria austriaca, el 13 de marzo de 1860. Murió, tras cinco años de postración mental en Viena, en el Instituto Nacional de Siquiatría de la baja Austria, el 22 de febrero de 1903, después de contraer una pulmonía que hizo definitivo un penoso proceso de parálisis cerebral. Llegó a publicar 245 canciones, pero escribió un centenar más, parte de la cuales se publicaron póstumamente o desaparecieron.


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