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Ciclos de Miércoles:

Introducción

    Joaquín Rodrigo cumple este año el primer centenario de su nacimiento. Lo decimos en presente porque si bien su persona nos dejó en 1999, su arte sigue bien vivo alegrando nuestras vidas. Es justo, pues, que propiciemos un nuevo encuentro con sus músicas, al menos con las que podemos programar en nuestro salón de actos: Guitarra, piano, violín y canto. De hecho, todas las obras seleccionadas han podido ser escuchadas aquí, y muchas más, pues hemos abordado en el pasado -y en alguna ocasión con la presencia del compositor y de su esposa, Doña Victoria Kamhi- varios ciclos sobre el compositor de Sagunto, algunos con integrales de su obra para piano, para violín o para canto y piano.

Por eso, nos hemos permitido seleccionar en el primer concierto, con algunas canciones de Rodrigo, las de otros compositores de su tiempo para dotar a su arte de una cierta perspectiva que nos permita distinguir lo que es típico de su época y lo que es personal del compositor. En los restantes, simplemente hemos seleccionado las que nos gustan más, salvo en el programa del violín, que contiene todo lo que el compositor compuso. Un problema pasajero nos ha impedido ofrecerlo en la interpretación del ilustre violinista y académico Agustín León Ara, yerno del compositor: Lo vuelve a hacer para nosotros uno de sus discípulos.

F.J.M.


INTRODUCCIÓN GENERAL

El nacionalismo o, mejor, los nacionalismos que habían recorrido Europa -también América-, estaban en plena prolongación de su reciente apogeo en la primera parte del siglo XX. Se extenderían hasta bien superados los cincuenta primeros años, para seguir incorporando nombres de las más diversas geografías a la corriente general. Y en ese punto, Joaquín Rodrigo acompasa su andar y su hacer al del siglo, para terminarlo prácticamente con él. En la primera etapa se combinan las preocupaciones y los contactos internos, con las noticias que llegan del resto de Europa. Pero, una vez más, las noticias no bastan, se impone la relación directa y Joaquín Rodrigo consigue en 1927 con su viaje a París y su ingreso en la clase de Composición de Paul Dukas en la Escuela Normal de Música, ese estar en medio de las diversas corrientes del momento. Establece contacto con Manuel de Falla, adquiere una visión más internacional de las posibilidades del nacionalismo, que pasará de germen a fructificar algún tiempo después.
El horizonte se amplía con sus éxitos de París, pero regresa a España, tras contraer matrimonio con la pianista Victoria Kamhi. Una beca propicia su regreso a París para nueva ampliación de estudios en el Conservatorio y en la Sorbona. Mientras, España vivirá la guerra civil. A París seguirán Friburgo y finalmente Madrid, al término de la guerra, tras una estancia en Bilbao. Y esos años van a ser generadores de contactos y de una consolidación de su arte como compositor y de una definición de su personalidad. Todo es consecuencia del nacionalismo original, pasado por la realidad de otros, junto con los movimientos que París consolida con el Grupo de los Seis, con el que tiene relaciones, con el neoclasicismo y la intensiva ampliación de los límites, sin llegar a romperlos, de la tonalidad. Por eso, este es el momento de plantear dónde debemos situar a Joaquín Rodrigo, que primero está en Valencia, luego en Madrid para marchar a París, sin participar de lleno en las rutas interiores de la música española. ¿Pertenece a la llamada "Generación del 1927 o de la República"? Enrique Franco ha contestado a esta pregunta planteando otra decisiva, "desde el punto de vista del pensamiento musical, ¿quién puede separarlo de la generación del 27?" Como muestra de que hay un "estar" de sus obras en ese momento, recuerda a Adolfo Salazar cuando al hablar de "la joven generación musical" comenta la impresión que le ha causado una música presentada a uno de los Concursos Nacionales, y se refiere a las Piezas infantiles para orquesta de Joaquín Rodrigo, para extenderse en elogios alusivos a su juventud y su frescura.
Por eso, Ramón Barce, que apunta en sus comentarios sobre Joaquín Rodrigo la visión de la nueva generación que arranca justo a la mitad del siglo XX, incluye la posición del autor del Concierto de Aranjuez: "Posible creación de una música española en progreso, problema acertadamente señalado desde el primer momento por Federico Sopeña." Y completa este juicio con uno del propio Rodrigo al definir sus intenciones: "He procurado ... una fusión del regusto por las viejas músicas, y algo que yo he llamado neocasticismo". La cita de los comentarios de Enrique Franco y de Ramón Barce, por lo que tienen de definición del arte de Joaquín Rodrigo , era imprescindible, como lo es la referencia a uno de sus contactos en París, su relación con Manuel de Falla, que aporta la vivencia del principal estímulo que iba a definir a la Generación del 27, y que, por tanto, estando o no estando en Madrid, le haría partícipe del espíritu del homenaje a Góngora que había canalizado la suma de las energías del grupo. En último término, como eslabón de la relación Falla-Rodrigo, está el documentado apoyo prestado por el  primero a la solicitud de la Beca Conde de Cartagena para que pudiera continuar sus estudios en París. La sentida necesidad de prolongar su tiempo en París era una curiosa coincidencia relativa a un pasado próximo, porque ambos, aunque en momentos distintos, fueron amigos de Paul Dukas.
Todo ello, perfilado en los años en que vive su formación y el comienzo de su carrera de compositor, parece asentarse a su regreso a Madrid. Un regreso que es punto de partida de las mil y una actividades que conformaron su vida en los 60 años siguientes, que tienen en el 9 de noviembre de 1940 una fecha clave, la del estreno en Barcelona del Concierto de Aranjuez. En la etapa anterior ya había estrenado títulos esenciales en su catálogo, entre los que hay que contar con las Cinco piezas infantiles (1924), Preludio al gallo mañanero (1926), Zarabanda lejana (1926), Per la flor del lliri blau (1934), Cántico de la esposa (1934) o con el Homenaje a la Tempranica (1939), obras que marcan el sendero de su estilo, de su arte. Por una parte,  son definitorias de los medios de expresión esenciales que le acompañarían hasta el final, que incluyen el piano, la orquesta, la guitarra y la voz. Por otra, serán las formas preferidas de su música, con la incorporación del concierto, y el permanente sueño con la escena de los compositores españoles del siglo XX, que no habían podido olvidar la importancia reciente, hasta casi mediado, el siglo del teatro, con la zarzuela más que con la ópera, como le había sucedido a Falla.
El tiempo ha ido asentando, como siempre, títulos y objetivos. La evolución de los medios de difusión de la música, ha convertido en habituales y aceptables, arreglos que escandalizaron en su tiempo, incluso al propio Joaquín Rodrigo, ante versiones como la del Concierto de Aranjuez para trompeta o con letra como en Aranjuez, mon amour. Pero, en cualquier caso, la obra y el autor permanecen, no tanto como cabeza de una escuela, que ya no era posible crear, sino como parte de la historia de la música española y de la universal. Una corriente que permite situarle en el fluir de la guitarra española, en el de la sonata dieciochesca, en la música del siglo XX para textos del pasado y en la visión de lo español desde su propio prisma, ya que, por fortuna, nadie tiene la exclusiva ni hay que tener escuela para formar parte del proceso histórico de la creación musical. Joaquín Rodrigo está asentado con su arte en nuestra música, con valor singular y participación plural en el conjunto.

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