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Mozart infrecuente

7, 14 y 21 diciembre 1991
Conciertos del Sábado:

Introducción

El bicentenario de la muerte de Mozart acaba de ser conmemorado en todo el mundo con rara unanimidad. Sus obras más famosas, y muchas otras que lo son menos, han sido programadas, editadas, televisadas, radiadas y comentadas a lo largo de todo el año que ahora acaba. En otro compositor, de cualquier época, esta sobredosis hubiera sido probablemente contraproducente. En Mozart no sólo no ha sido así, sino que ha proporcionado el deseo de profundizar aún más en el catálogo milagroso de uno de los músicos más excelsos de la historia.

A lo largo de los últimos años los asistentes a nuestros ciclos han podido escuchar la serie completa de sus sonatas para tecla, las de violín y piano, los tríos para piano, violín y violonchelo, sus quintetos, las músicas de cámara con instrumentos de viento, la que escribió para piano a cuatro manos y para dos pianos, y la mayor parte de las serenatas y divertimentos para conjuntos de viento. Y fuera de los ciclos a él directamente dedicados, ha sido muy frecuente la programación de obras mozartianas en ciclos o recitales aislados.

Sin embargo, son muchas las obras de Mozart -aun excluyendo las que por sus dimensiones no pueden ser oídas en nuestra sala- que no conocemos. El dato escalofriante y casi incomprensible de más de seiscientas obras creadas en apenas tres décadas de actividad habla por sí solo de ese Mozart desconocido que rara vez tenemos oportunidad de paladear.

Hemos escogido para cerrar el año mozartiano tres grupos de obras no muy frecuentes en salas de conciertos: Una antología bastante completa de sus Sonatas de iglesia, escritas para ser interpretadas en medio de las misas musicales; un ramillete de sus canciones, completadas con cuatro de las arias de concierto aunque con la orquesta reducida al piano; y las sonatas para flauta travesera y pianoforte, en las que encontraremos algunas de sus primeras obras y las dos de madurez.

En todas ellas, aun en las más juveniles, es posible encontrar destellos de ese milagro que sigue pasmándonos a doscientos años de su ocaso. Como dijo Luis Cernuda en el bello poema que escribió en el segundo centenario del nacimiento (Mozart, 1756-1791):

               Sí, el hombre pasa, pero su voz perdura,
              nocturno ruiseñor o alondra mañanera,
              sonando en las ruinas del cielo de los dioses.

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