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Ciclos de Miércoles:

Introducción


Hace ahora exactamente un siglo nació en Madrid, de familia paterna de origen alemán y materna de origen andaluz, Ernesto Halffter Escriche. De talento precoz y enormemente dotado para la música, ganó en 1925 el Premio Nacional de Música, al mismo tiempo que Rafael Alberti ganaba el Premio Nacional de Literatura por Marinero en tierra. Ese mismo año, con un poema del libro premiado, "Mi corza", brotó una preciosa canción que acabó titulándose "La corza blanca". Ya por entonces Ernesto estaba en estrecho contacto con Falla, el maestro musical y referente no sólo de los compositores sino también de los poetas del 27. Para Adolfo Salazar, apasionado admirador del joven músico, Ernesto se convirtió en la gran esperanza de la música española. Por diversos motivos, el pronóstico solo se cumplió a medias, y entre otras, la razón principal estaba en que afortunadamente la música española era mucho más rica en nombres y en talentos.

En este ciclo hemos reunido una gran parte de su obra pianística, la integral hoy por hoy "oficial" de sus obras para voz y piano - con un estreno absoluto, Heine Lieder, las canciones sobre poemas de Heine que compuso en 1921, con dieciseis años- y sus dos principales obras camerísticas. A las que hemos añadido algunos de los muchos "arreglos" que sobre obras suyas trazaron eminentes instrumentistas, por lo que algunas de sus composiciones las escucharemos dos veces, aunque en versiones distintas.

El 14 de diciembre de 1983 la Fundación Juan March le dedicó un homenaje, y tuvimos el honor de tener en la sala al compositor y a su hermano Rodolfo, que vino de México para abrazarle y recordar los viejos tiempos. Los dos han desaparecido ya, pero aún nos quedan sus músicas, muy frecuentes en nuestras programaciones. Las de Ernesto abren los conciertos del año en el que la Fundación Juan March cumplirá su primer medio siglo de existencia: Para celebrarlo, hemos decidido que durante todo el año 2005 en los ciclos de los Miércoles y en los Conciertos del Sábado programaremos exclusivamente música española. También la habrá en los Conciertos de Mediodía, de los lunes, y en los de Jóvenes, como siempre.

Fundación Juan March

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INTRODUCCIÓN GENERAL

Ernesto Halffter: El centenario de una gran esperanza
La aparición fulgurante de Ernesto Halffter en el panorama compositivo español fue el de la más grande esperanza y expectativa de futuro conocida por la música española durante el siglo XX. Esperanza proclamada muy tempranamente por Adolfo Salazar desde la crítica y por el mismo Manuel de Falla desde la composición y que estaba plenamente justificada por un joven autor que con veinte años es capaz de alzarse con el Premio Nacional de Música (en un momento en que este galardón era un concurso al que había que presentar una obra) y componer su Sinfonietta, sin duda una de las grandes obras maestras de toda la música española y, desde luego, su composición más significativa.
La esperanza no fue enteramente cumplida por muchas circunstancias y su obra posterior es muy posible que no supere la Sinfonietta. Aún así, la figura de Ernesto Halffter emerge con fuerza en el panorama de la música española del siglo XX donde se inserta como una de sus figuras mayores y no sólo dentro de su propia generación, la del 27, que ha sido alguna vez llamada "la edad de plata" de la música de España.

Ernesto Halffter Escriche nació en Madrid (calle de Espoz y Mina 17) el 16 de Enero de 1905 con una doble ascendencia alemana y andaluza que sin duda marcará muchas partes de su sensibilidad e incluso de su vida. Sus primeros pasos musicales son precoces, como los de su hermano mayor, Rodolfo, otro importante miembro de la Generación del 27, aunque bastante autodidactas en estudios privados que tienen en el piano a un insigne profesor: Fernando Ember, pianista de origen húngaro, afincado en España y que fue muy importante para los compositores españoles de la época. Precisamente será Ember quien de a conocer las primeras obras de ambos hermanos, el 22 de Marzo de 1922, en un recital ofrecido en el Hotel Ritz y en el que ya figuraban los Crepúsculos de nuestro autor a la sazón con diecisiete años pero que, si creemos a Adolfo Salazar, los había escrito aún más joven, en 1918.

Adolfo Salazar, que fue el mejor y el más influyente crítico musical de su tiempo, se entusiasma con el joven compositor a quien dedica ya ese año un elogioso artículo en el diario El Sol. El propiciará también el primer encuentro con Manuel de Falla que, según Yolanda Acker, tuvo lugar exactamente el 15 de Abril de 1923, aunque desde un año antes Salazar le hablaba elogiosamente de su música. El cruce Falla- Halffter será muy significativo, no sólo porque de alguna manera se convierte en su discípulo sino porque Falla le dedicará mucho tiempo y esfuerzo, tiempo y esfuerzo que , tras la muerte del maestro, el discípulo le devuelve en el largo proceso de completar Atlántida.
Falla le orienta, le ayuda, le aconseja musical y extramusicalmente, le transmite su devoción por Scarlatti, por la música francesa, por Strawinsky y por las raíces españolas. En ese mismo 1923 surgirán obras importantes, con el Cuarteto de cuerda a la cabeza y un curioso ensayo que publica con el título de La música contemporánea en Alemania. Max von Schilling y su Mona Lisa. Un año después, Manuel de Falla le ofrecerá la dirección de la Orquesta Bética de Cámara, con la que realiza giras por España y en la que permanecerá como titular, aunque muchos años sólo nominalmente, hasta que la agrupación desaparezca. 1925 es muy importante porque en ese año recibe el Premio Nacional de Música, por la Sinfonietta, de un jurado presidido por Bartolomé Pérez Casas y en el que figuraban Oscar Esplá, Adolfo Salazar y Facundo de la Viña. Aún así, no está satisfecho con el final de la obra y acude a Granada para consultarlo con Falla. Por ello, la pieza no se estrena hasta el 5 de Abril de 1927 con la Orquesta Sinfónica de Madrid en el Teatro de la Zarzuela y dirigiendo el autor. La expectación era inusitada, el éxito fue clamoroso (la obra se dio hasta dieciséis veces ese año en España) y la pieza inició una rápida expansión internacional. Pero también en el año del premio, Ernesto Halffter había recibido una beca de la Junta de Ampliación de Estudios para estudiar en París donde seguiría los consejos de Ravel, otra de sus grandes influencias. En París estrenaría el ballet Sonatina, del que extraerá luego varias piezas.

En 1928 se casará con la pianista portuguesa Alicia Cámara Santos, lo que en los años de la Guerra Civil facilitará su retiro a Lisboa. En 1934 sería nombrado Director del recién fundado Conservatorio de Sevilla y en 1936 recibe una beca Conde de Cartagena de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, lo que le permite al estallar la guerra marchar a Lisboa, ciudad donde en 1938 nace su único hijo, Manuel.
En el exilio lisboeta nacen algunas de sus obras mayores como la Rapsodia portuguesa para piano y orquesta y las Seis canciones populares portuguesas. En 1942 es nombrado Profesor del Instituto Español de Lisboa, luego regresará a España atravesando un período en el que se dedica preferentemente a la música cinematográfica (Bambú, Don Quijote de la Mancha, La Señora de Fátima, Historias de la radio, etc.) y dedicado a organizar el trabajo para completar Atlántida, tras la muerte de Falla.
También compone ballets como El cojo enamorado en 1955 para Pilar López y Fantasía Galaica. En 1961 se estrenará en Barcelona la primera versión de concierto de Atlántida y un año después la escénica en Milán, pero la obra sufrirá aún diversas transformaciones hasta que en 1976 se estrene en Lucerna la versión definitiva.

En 1964 compone el Canticum in P.P. Johannem XXIII para dos solistas, coro y orquesta. Un año antes había recibido la Cruz de Alfonso X el Sabio. 1966 ve nacer la Elegía en memoria del Príncipe de Polignac y 1969 el Concierto para guitarra y orquesta mientras Los gozos de Nuestra Señora, para seis voces, coro y orquesta, de 1970, será su última obra sinfónica, porque aunque trabajó varios años en un proyecto encargado por la isla de La Palma para la Caldera de Taburiente no llegó a concretarlo. En realidad eran dos porque se trataba de una ópera sobre Tanausú, un caudillo guanche, y una sinfonía sobre la mencionada Caldera de Taburiente. De la primera no queda prácticamente nada e igual ocurre con la segunda aunque en algunos lugares se da por terminada y su estreno por aplazado. En 1973 ingresó como académico numerario de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando con el discurso titulado El magisterio permanente de Manuel de Falla, leído el 15 de Junio de 1973. En 1983 volvió a recibir el Premio Nacional de Música, que desde la transición democrática ya no era un concurso sino que se otorga por méritos, por el conjunto y significado de su obra. Murió en Madrid el 5 de Julio de 1989.
No hay duda de que Ernesto Halffter fue una figura mayor de nuestra creación musical. En la configuración de su lenguaje es obvio que la música y el ejemplo de Falla tuvieron un papel preponderante pero no sólo como idea compositiva sino también en determinados gustos que le transmitió como el amor a Scarlatti o a Strawinsky. Pero si Falla influye, y Ernesto Halffter no se recata de decirlo una y otra vez, otra influencia mayor es la de Ravel, al menos tan grande como la de Falla, ya que influye decisivamente en su gusto por la armonía refinada y por la orquestación de timbres cuidadosamente alquitarados. La forma se perfila muchas veces hacia estructuras abiertas y nada retóricas en las que se prefiere la variación al desarrollo, por eso muchas de sus obras se orientan hacia la forma breve y es en la canción y en la pieza corta para piano donde muchas veces su talento encuentra la mejor vía de expresión. Ello no excluye obras de gran aliento y especialmente en el último período, sin duda marcado por los años pasados en torno al acabamiento de Atlántida, en el que lo sinfónico coral adquiere una importancia que no tenía anteriormente. Su lenguaje coqueteó inicialmente con el politonalismo y una armonía a veces agresiva por la desnudez de algunos timbres pero cada vez se fue dulcificando más en la influencia impresionista y en la inmersión en el contrapunto armónico que significaron para él los largos años en que se ocupó de hacer viable la obra póstuma de Falla.
Se ha dicho que, pese a la importancia de la obra que nos ha legado, su producción podría haber sido mayor y menos dispersa. De hecho no tiene un catálogo corto aunque sí ha sido difícil de ordenar por la propia personalidad del autor, a quien se ha señalado como no demasiado disciplinado. También algunas voces, incluidas las de Falla y Salazar, le han acusado en ocasiones de indolente, pero en realidad lo que ocurría era que tenía un sentido hedonista de la vida que le hacía poner el disfrute de ésta por encima de su trabajo como creador. Sin duda su obra posee el alto valor que tiene gracias a que se trataba de una persona dotadísima más que de un trabajador organizado y sistemático. Dotado de un extraordinario encanto personal, era un maravilloso conversador y una persona culta y refinada. Tal vez nunca se liberó de un exceso de dependencia hacia sus maestros, Falla y Ravel, sobre todo, pero es que casaban muy bien con su mentalidad creativa y no necesitaba de más. En todo caso, a los cien años de su nacimiento, celebramos a un creador singular que por derecho propio ha entrado a formar parte de la historia de la música española de la que constituye uno de los más brillantes capítulos.


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