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Luigi Boccherini: música de cámara

9, 16, 23 febrero, 2 y 9 marzo 2005
Ciclos de Miércoles:

Introducción


El 28 de mayo de 1805, tras casi cuatro décadas de estancia ininterrumpida en España, murió en Madrid Luigi Boccherini. Había nacido en Lucca, en el seno de una modesta familia de músicos, el 19 de febrero de 1743. Conmemoramos, pues, con este ciclo el 2º centenario de su muerte, al igual que celebramos en 1993 el 250 aniversario de su nacimiento.

Autor de una obra numerosísima, la mayor parte de ella escrita en España y para españoles, Boccherini es hoy un compositor muy prestigioso en los manuales de historia de la música pero casi un desconocido para los aficionados. El olvido y la indiferencia que ya cubrieron los últimos años de su vida - los últimos también del Antiguo Régimen, en una Europa revolucionaria y envuelta en las llamas de la guerra- fueron aún más densos tras su muerte.

Su auge en la actualidad, más entre los estudiosos que en las salas de concierto, es el producto de la moderna musicología. Como en Vivaldi y en tantos otros, se ha catalogado al fin su obra y ha comenzado la edición moderna de toda ella. Pero aún subsisten múltiples dificultades para entenderla y captar su evolución. No nos ponemos de acuerdo ni siquiera en el modo de citarla, y se usan habitualmente hasta cuatro o cinco numeraciones diferentes que obstaculizan su correcta identificación: La del propio Boccherini, la de las primeras ediciones y la del catálogo de Ives Gérard, que, como el Koechel en Mozart, debiera ser de obligado cumplimiento.

Autor de sinfonías, conciertos, cantatas, villancicos, una zarzuela y varias escenas teatrales, etc., Boccherini es sobre todo un compositor camerístico, y en este ciclo ofrecemos una pequeña pero sustanciosa antología de tríos, cuartetos y quintetos. Ojalá sea este ciclo, y los que presumiblemente se organicen en otras instituciones, el comienzo de una recuperación que acerque al gran público tantos manantiales de belleza. Pero, además, debería marcar la hora de reivindicar para España a un músico que pasó aquí la mayor y más fecunda porción de su vida y que ha de ser considerado, como El Greco, Domenico Scarlatti, y tantos otros, parte indiscutible de nuestra historia artística.

Fundación Juan March

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INTRODUCCIÓN GENERAL

LUIGI BOCCHERINI

Los recíprocos vínculos italo-españoles en el siglo XVIII, impulsados sobre todo por las estrechas relaciones políticas entre ambos países, nos trajeron un número considerable de intérpretes y compositores italianos que reforzaron y llevaron la vida musical española a un nivel cuantitativa y cualitativamente muy alto. Del gran número de estos artistas, dos de ellos sobresalen por contar entre las máximas figuras de la historia de la música de aquellos años: Domenico Scarlatti y Luigi Boccherini. Ambos escribieron casi toda su extensa obra en España y en diversa medida realizaron aquí sus proyectos familiares y profesionales; y también en diversa medida contribuyeron al trasvase de influencias entre las músicas italiana y española. Todavía hoy, compositores de todo el mundo se acercan a algunas obras de Scarlatti y Boccherini para rehacerlas o parafrasearlas: siguen siendo una materia viva también para el público y para los investigadores que han situado ambos en el lugar que merecían por la delicadeza y perfección de sus obras.
Luigi Boccherini nació en Lucca el 22 de febrero de 1743. Su padre, violonchelista y contrabajista, se ganaba la vida dificultosamente; Luis era el tercero de siete hijos, así que la numerosa familia pasaba muchos apuros económicos. Sin embargo, tras de la primera enseñanza violonchelística recibida de su padre, Luigi estudió con diversos maestros, primero en Lucca, luego en Roma. Todavía adolescente, parece que era un experto instrumentista y un compositor notable. Con algunos de sus hermanos - casi todos músicos- buscó trabajo en Viena y en París, con cierto éxito; pero regresó a su ciudad natal. Viajó por varias ciudades italianas, y en Milán formó en 1765 un cuarteto de cuerda con Nardini, Manfredi y Cambini, sin duda una de las primeras formaciones cuartetísticas de la historia. Pero intentando mejorar su suerte, decidió, con su amigo Manfredi, venir a España, que como hemos ya señalado, era entonces un verdadero imán para la emigración artística italiana. Llegaron ambos músicos a Madrid hacia el verano de 1768. El embajador español en Francia parece que fue quien sugirió a Boccherini y Manfredi su traslado a España, sin duda pensando que podrían ser admitidos en la Real Capilla. El propósito no se cumplió. Pero ambos amigos consiguieron en cambio entrar al servicio del Infante don Luis Antonio de Borbón, hermano menor de Carlos III. Mucho más sensible que su hermano, tenía un gran entusiasmo, por la música, por la pintura, por las artes en general y también por el coleccionismo y por la naturaleza; reunía monedas antiguas y también pájaros. Don Luis era al mismo tiempo un incansable adorador del bello sexo, y, como su hermano, muy aficionado a la caza. Disponía de dinero casi sin límite, ya que los fastuosos cargos eclesiásticos que por entonces el Papa concedía a los infantes le proporcionaban ingresos abundantes. Don Luis luego renunció a esos cargos, porque no podía responder de su castidad.
Pero de todas las incidencias de su vida, la que afectó vitalmente a Boccherini fue desencadenada por su hermano Carlos III, que quería que la corona pasase, a su muerte, a su hijo (el futuro Carlos IV) y temía que, si tenía hijos don Luis, pudieran disputarle el trono. Así, publicó un edicto especificando que si un infante se casaba con mujer que no fuese de sangre real perdía todos sus derechos al trono. Acto seguido, obligó a su hermano, de acuerdo con su confesor y alegando "la vida licenciosa e impropia de su condición", a casarse de inmediato; para lo cual le buscó una joven aristócrata (pero no de sangre real), Josefa Valabrega. Con esta sucia jugada, que el pueblo ignaro tradujo ingenuamente por un enamoramiento voluntario del Infante, eliminó a un posible rival en la sucesión. Es ésta una negra mancha en la historia de Carlos III, que habría que sumar a otra: el abandonar a Olavide en manos de la Inquisición, condenado injustamente.
Ahora el Infante tenía que abandonar su palacio de Boadilla - que hoy subsiste, pero desvalijado y maltrecho en su interior- y emprender una larga peregrinación con su séquito (unas 70 personas) por diversas villas toledanas y abulenses hasta recalar en Arenas de San Pedro, donde su arquitecto Ventura Rodríguez le había construido un monumental palacio, que existe aún, aunque deteriorado, desarbolado y víctima de usos inadecuados. Boccherini y su familia (la mujer y seis hijos) siguió el éxodo del Infante, y sólo en Arenas continuó su trabajo como violonchelista y compositor. No sabemos gran cosa de esos años. Alejado de la corte, su obra era conocida en Europa por la publicación de sus partituras en París por el editor Pleyel, además de por innumerables ediciones piratas, a menudo descuidadas o arbitrarias. A la muerte del Infante, en 1785, regresó a Madrid. Su situación económica fue desigual, dependiendo de los altibajos de fortuna y los gustos de sus protectores; pero en todo caso, y pese a su gradual éxito europeo, en España obtuvo un escaso reconocimiento. Murió en Madrid el 28 de mayo de 1805. Sus restos se consideraron perdidos, y sólo en 1927 cuando la ciudad de Lucca los reclamó, se convino en que los hallados en una tumba en la iglesia de San Justo eran los suyos, que desde entonces reposan en Lucca.
La música de Boccherini - cerca de 600 obras- se inserta sin esfuerzo en el estilo y el ethos del Rococó, junto a la obra de Haydn, de Mozart y de la Escuela de Mannheim, con un gusto italiano por lo abierto, sencillo, delicado y luminoso. Se calificó a su música de "celestial", frente a la más compleja y severa de Haydn. Su obra de cámara es enorme y muy atractiva, pero sus numerosas sinfonías, menos conocidas, ofrecen aspectos del máximo interés, sobre todo por su emotividad levemente pre-romántica muy próxima a algunas de Haydn y sobre todo a los compositores de Mannheim. Ese leve sentimentalismo está muy presente en sus tiempos lentos y a veces en los pasajes de intención descriptiva o evocadora: así en las alusiones a la caza, o a la pajarera del Infante, o al mundo pastoril y bucólico, por otra parte materia común del último Rococó. Especial carácter de evocación tiene la famosa Música notturna delle strade di Madrid, escrita en Arenas de San Pedro en 1780, y que, aparte de su estructura programática, revela sin duda la tristeza de un forzado alejamiento de la capital. El segundo movimiento, "Minueto de ciegos", intenta reflejar la desdichada ejecución de una pieza en la calle por un grupo de ciegos. El espectáculo es cómico y triste a la vez, ya que es un testimonio explícito de la explotación infame de los ciegos, que con su inevitable torpeza, eran incapaces de tocar ajustadamente. (Podría recordarse aquí el drama de Antonio Buero Vallejo sobre el mismo asunto: En la ardiente oscuridad. Cuarenta años antes, y sin el ingrediente trágico, aparece en El bateo de Federico Chueca). Aquí Boccherini roza el surrealista "teatro musical" contemporáneo: indica en la partitura "sguaiatamente" (y en otro manuscrito "con mala grazia"). Lo que quiere decir ni más ni menos que la pieza debe tocarse mal. Cosa que por supuesto no hacen nunca los intérpretes ni tienen en cuenta los compositores que han transcrito u orquestado la obra.
La investigación española sobre Boccherini comenzó muy tarde y muy modestamente, con un librito escrito por su biznieto Alfredo Boccherini y Calonge en 1879, origen de numerosas inexactitudes y leyendas, que comenzaron a rectificar José Subirá y Nicolás Solar Quintes casi un siglo más tarde. Modernamente tenemos que felicitarnos por el interés surgido en torno a Boccherini. La edición de la zarzuela Clementina con texto de Ramón de la Cruz, realizada por Antonio Gallego y Jacinto Torres, y estrenada bajo la dirección de José Ramón Encinar, fue un acontecimiento de interés. No menos interesante ha sido la investigación de Jaime Tortella, en los papeles del Banco de San Carlos sobre las finanzas de Boccherini acompañada por el hallazgo de documentos inéditos, entre ellos un desconocido testamento de 1785. El 250 aniversario del nacimiento del compositor trajo varios ciclos de conciertos de cámara con sus obras. La traducción de la biografía escrita por G. de Rothschild en 1962, debida a Andrés Ruiz Tarazona, está aún inédita. También han contribuido al mejor conocimiento de Boccherini diversas monografías sobre el infante don Luis, así como los importantes trabajos sobre la música del siglo XVIII español de Antonio Martín Moreno y Antonio Gallego. Un descendiente del compositor, Luis Boccherini Sánchez, ha fundado una Asociación para difundir la obra de su antepasado y ha dedicado también su atención a mejor identificar las diversas residencias de Boccherini en Madrid. Otras aportaciones, de diverso nivel, podrían citarse. Así como las polémicas en torno al palacio de Boadilla del Monte cuyo futuro destino y uso parece hoy incierto.
Decía antes que no sabemos gran cosa de la vida de Boccherini en su destierro de Arenas de San Pedro. Pero últimamente - aunque algunas autoridades culturales no parecen aún estar de acuerdo- tenemos un testimonio gráfico emocionante y genial de aquellos días: el cuadro de Goya de 1783, desdichadamente salido de España y actualmente en Parma; si bien hemos podido admirarlo en Madrid en exposiciones en el Museo del Prado en dos ocasiones. Es uno de los mejores retratos de familia de Goya, amigo del Infante y que estuvo en Arenas invitado los veranos de 1783 y 1784, pintando también retratos individuales del Infante y de su mujer Teresa Valabrega. Creo que la figura que aparece con librea, frente al desaliño de los demás personajes, es evidentemente Boccherini. Las razones para esta atribución pienso que, sin ser totalmente concluyentes, son muy convincentes. Los primeros críticos e historiadores que comentaron el cuadro sin duda no sabían nada de Boccherini y de su relación con el Infante, así que supusieron sin más que el personaje en cuestión debía de ser un admirador o criado de don Luis. Hoy, conociendo esa relación, notamos que los datos fisionómicos, el porte y la vestimenta apuntan claramente al músico. Este cuadro - que ha podido verse estos días en la exposición del Retrato Español en el Prado- , con su insondable belleza y su crepuscular emoción, es como una luz deslumbrante con la que Goya ilumina aquellos días tristes para los resignados protagonistas del lienzo.


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