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Conciertos del Sábado:

Introducción


La idea de Paganini como un personaje íntimamente ligado a un pacto con el diablo, ha sido durante años el productor de una literatura romántica y fantasiosa. La escasa y dispersa documentación con que se contaba, o el difícil acceso a ella, hacían imposible un serio estudio biográfico.

Si diabólico es todo aquello que resulta extraordinario y que rompe con reglas preconcebidas para crear las suyas propias, no cabe duda de que el término puede resultar adecuado. Niccolo Paganini supuso un cambio sustancial en la vida musical italiana de su época. Sus contemporáneos más importantes (Liszt, Chopin, Schumann, Berlioz, Rossini...) le admiraban. Su virtuosismo en el violín le valió el siguiente comentario de Schubert: "Un talento así no volverá a aparecer".

Nacido en Génova el 27 de octubre de 1782, nunca llegó a encontrar un lugar en el que echar raíces. Incluso más allá de la muerte pareció perseguirle el sino del continuo deambular, ya que durante años se vio privado del reposo en camposanto. Viajero incansable, no sólo fue un nómada en su propia tierra. Sus conciertos le llevarían a Viena y Praga (1828), donde conocería a Schubert, Diabelli y Johann Strauss; a Alemania (1829-31), donde compondría sus célebres Variaciones sobre "God save the King" para la cuarta cuerda con la intención de, según sus palabras, "convencer a los incrédulos". Completaron estas "tournées" sus repetidas estancias en Francia, Inglaterra y Bélgica.

La música de Paganini es un derroche de energía vital en la que la variedad tímbrica y la riqueza de efectos expresivos es una característica constante que sorprendía ya en su época. No es el virtuosismo superficial y vano; hay un discurso interior que tiene su razón de ser y que sólo puede llegar a nosotros cuanto el instrumentista supera la dificultad técnica para hacer suya la obra. No podía esperarse menos de quien fue capaz de dar en cinco meses 65 conciertos en 30 localidades distintas (nos referimos a una de sus giras por Inglaterra) con un lapso de cinco semanas enfermo en cama.

Ya en vida sus obras sirvieron de inspiración a muchos de sus contemporáneos: Chopin, Souvenir de Paganini, Op. 2 (1832) y Op. 10 (1833), para piano; Liszt, Seis estudios trascendentales (1838), para piano; y tras su muerte, acaecida en Niza el 27 de mayo de 1840, fueron muchos los compositores que tomaron sus temas para la elaboración de sus obras. Recordemos algunos: Brahms, 28 variaciones sobre un tema de Paganini, Op. 35 (1862-63); Lebar, Paganini, opereta sobre un libreto de P. Knepler y B. Jenbach (1925); Milhaud, Tres "caprichos" de Paganini tratados en dúo concertante, Op. 97 (1927), para vioín y piano; Rachmaninov, Rapsodia sobre un tema de Paganini, Op. 43 (1934) para piano y orquesta; Lutoslawsky, Variaciones sobre un tema de Paganini (1941), para dos pianos, y otros.


Paganini y la guitarra

Heredero de la tradición virtuosística del barroco italiano (Tartini, Torelli, Vivaldi...), Paganini y el violín forman para nosotros un binomio inseparable de personalidad tan acusado que ha hecho olvidar su importante aportación al mundo de la guitarra romántica.

Aunque sólo una vez se exhibió en público como guitarrista acompañado a un violín, su relación con aquel instrumento procede de su juventud. Cuando en 1801 regresa a Génova para una breve estancia después de los conciertos ofrecidos en Módena, se retira a su casa de campo en San Biagio. Allí se dedica a cultivar el jardín que, ironías del destino, albergará cierto tiempo sus restos mortales y a tocar la guitarra. El interés que siente por ella le llevaría a dedicarle obras con un papel importante (Ghiribizzi, sonatas...) o secundario (sonatas con violín, tríos, cuartetos...).

La guitarra siempre acompañaba a Paganini, que la consideraba un magnífico medio de trabajo. Al no tocar el piano, probaba en ella los acordes y armonías que le servían para elaborar el acompañamiento de sus obras para violín y orquesta. Podríamos hablar incluso de una indiscutible interacción de ambas escrituras en su música. Si del estilo guitarrístico Paganini tomaba el "pizzicato" para realizar sobre todo la orquestación de los tiempos lentos de sus conciertos (recordemos el Adagio del Concierto nº 2, donde la orquesta semeja una gigantesca guitarra) y asombrar al público con su utilización de este recurso para la mano izquierda en el violín, lo que le permitía simultanear dos discursos musicales independientes, también es cierto que para la guitarra adoptó pasajes típicos en escalas descendentes que encontramos en los finales de frase y que proceden directamente de la literatura violinística, así como la doble "acciacatura" glisada.

Paganini no constituyó un caso aislado en la Italia de su época al abordar la composición para guitarra como instrumento solista, concertante o acompañante. F. Carulli (1770-1841), M. Giuliani (1781-1829), F. Gragnani (1787-d. 1812), L.R. Legnani (1790-1877) y otros contemporáneos suyos ya se habían ocupado de la escritura para guitarra sola o en combinación con instrumentos melódicos en dúos, tríos o cuartetos, recogiendo ejemplos de generaciones anteriores, como es el caso del italiano afincado en España L. Boccherini y sus Quintetos con guitarra.

En la obra guitarrística de Paganini encontramos características definitorias de su estilo: líneas cantables (muy próximas a la lírica vocal), virtuosismo trascendental, eficacia de la escritura con pocos pero esenciales trazos, uso frecuente del cambio de afinación, empleo exagerado de una sola cuerda, etc. Muchas de las obras son de una muy inocente simplicidad de escritura: una melodía con un bajo sencillo que le sirve de soporte armónico. Otras, sin embargo, muestran rapidísimas escalas en notas dobles en fusas, repentinos cambios de posición de la mano izquierda, arpegios velocísimos...

Por otra parte, su escritura guitarrística es extremadamente personal, distinguiéndose en gran medida de la de los más grandes guitarristas de su época.

Podemos asegurar que todo esto lograba asombrar a sus oyentes (aunque fuera en privado) en interpretaciones cargadas de emoción capaces de conmover a los más reacios.

Avelina Vidal
Antonio de Innocentis

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