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Introducción

El primer músico polaco que consiguió renombre internacional fue Chopin. Aunque hay polonesas en la música barroca (J.S. Bach, por ejemplo) o en la neoclásica (Mozart, sin ir más lejos), la influencia de la música polaca en el siglo XIX tiene -tanto en mazurkas como en polonesas- a Chopin como punto de referencia.

Otros muchos compositores, antes y después, surgieron en Polonia, pero salvo alguna ópera del nacionalista Moniuszko (Halka, 1847), apenas influyeron en la música europea. Dos extraordinarios instrumentistas hicieron carreras internacionales de gran brillantez, pero sus composiciones son mucho menos interesantes que su virtuosismo: El violinista Henrik Wieniawski (1833-1880) y el pianista Ignacy Paderewski (1860-1941).

Y sin embargo, entre los compositores comtemporáneos de los últimos veinticinco años, dos placos brillan con singular fulgor: Witold Lutoskawski (1913) y Krysztof Penderecki (1933). Es necesario preguntarse por las figuras que contribuyeron a enlazar las viejas tradiciones del romanticismo europeo y las novedades del lenguaje moderno. Y en este contexto nos fijaremos en el más importante músico polaco de la primera mitad del siglo XX, uno de los maestros que, no sólo en Polonia, contribuyó al esplendor de la música europea en el período de entre guerras: Karol Szymanowsky. De la misma generación que Stravinsky, Bartok, Ravel o Falla..., aunque hoy menos conocido que ellos, su música forma parte indispensable del subsuelo en el que se construyó el pensamiento moderno. Pero no es únicamente su valor histórico lo que nos mueve a programarle a los ciento diez años de su nacimiento y a los cincuente y cinco de su muerte. Son sus valores estricatamente musicales, el gozo de recuperar músicas valiosas por sí mismas cuyo olvido empobrece la visión del arte de nuestro siglo.

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