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Ciclos de Miércoles:

Introducción

Resumir medio siglo de música española en tres conciertos es siempre problemático, y mucho más cuando este medio siglo es el de la segunda mitad del siglo XX. Nos hemos esforzado, sin embargo, en ofrecer un verdadero panorama, con dieciséis obras de catorce compositores. Si no están todos los que son, estamos seguros que son todos los que están.

La mitad de ellos, aproximadamente, pertenecen a la Generación del medio siglo, es decir, a los músicos que comenzaron a componer en los años cincuenta y son hoy "la generación de los honores", casi todos bien cumplidos los setenta y aun los setenta y cinco años (tres de ellos, desgraciadamente, ya desaparecidos). Tres o cuatro compositores, nacidos ya tras la guerra civil, representan la generación siguiente. Y un par de compositores más, a los más jóvenes. Pero con la presencia de Gerardo Gombau (1906-1971) y de Xavier Montsalvatge (1912-2002), hemos querido subrayar que en este medio siglo - como en todos, por cierto- han compuesto muchas obras, y muy importantes, músicos de generaciones anteriores. Aunque metodológicamente se les estudie en capítulos históricos más tempranos, el medio siglo que asediamos quedaría muy incompleto sin sus músicas. Conviene recordarlo, tanto en estos conciertos como en el Aula abierta que, en seis conferencias, tratará de explicar con palabras lo que ahora nos dicen los sonidos.

De todos modos, tanto en nuestros ciclos de los miércoles como en los Conciertos del sábado estamos ofreciendo a lo largo de 2005 exclusivamente música española, la mayor parte del siglo XX, y mucha de ella compuesta en el medio siglo que ahora celebramos. A estos conciertos, pasados, presentes y futuros, nos remitimos para paliar las muchas e inevitables ausencias en este ciclo.

Fundación Juan March


INTRODUCCIÓN GENERAL
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LA HISTORIA HACE SUS DEBERES

El cuatro de noviembre de 1955 se crea la Fundación Juan March; en el 71 empieza ésta a organizar conciertos, pero sólo cuatro años más tarde, es decir en el de la celebración de su vigésimo aniversario y ya con su sede de la calle Castelló en marcha, tienen lugar regularmente. Desde entonces, casi 5.000 recitales y conciertos avalan una de las labores divulgativas más espectaculares del último medio siglo en nuestro país: más de 700 compositores españoles han desfilado por sus elaborados, detallados y exhaustivos programas en todo ese tiempo, para que decenas de miles de aficionados, estudiantes y estudiosos hayan podido tener acceso a todas las músicas, desde las de los pasados más remotos hasta las enclavadas en las más rabiosas vanguardias. Claro está que esa labor adquiere una particularmente importante dimensión en el caso de la música española: lisa y llanamente, si no fuera por los conciertos de la Juan March, ni unos cuantos autores habrían podido estrenar buena parte de sus obras, ni los aficionados habríamos sabido de ella sino por un frío nombre expuesto en algún tratado de musicología o enciclopedia especializada. Ruego al lector disculpe tan larga introducción - no innecesaria pero seguramente no tan contundente como debiera y desde luego menos brillante que los muchos comentarios laudatorios que se llevan escritos y escuchados en este año de la celebración de los 50 años de vida de la institución- , pero, y en primer lugar, yo también quería transmitir mi propia felicitación.

Ahora bien, segundo: estos tres conciertos quieren significar un breve repaso - no total, claro: éste se lleva haciendo desde años atrás- de algunos de los nombres que han conformado ese trozo de historia, por lo demás nada aburrido habida cuenta de la época de que se trata. Salvo Xavier Montsalvatge, autor poco necesitado de presentación o ubicación temporal y creativa, y Gombáu, un singular personaje musical por su feroz modernidad, ninguno de los nombres escogidos para los programas nacieron antes de bien entrada la década de los veinte del siglo pasado: Barce, Blancafort, Bernaola y Bertomeu, entre 1928 y 1929; Olavide, Prieto y Cano, a lo largo de los años 30; Villa-Rojo, Cruz de Castro y Marco vinieron a este mundo en diversas fechas de la década siguiente; Encinar, en 1954, y el benjamín del grupo, Gabriel Erkoreka, en 1969. Pero como Montsalvatge tuvo la suerte de vivir la nada despreciable cifra de noventa años y Gombau mantuvo su juventud compositiva hasta el último suspiro de su vida, podríamos afirmar que las músicas que vamos a escuchar en estos conciertos - incluidas las del catalán y el salmantino- avanzan a lo largo de ese medio siglo que precisamente recuerda ahora la Fundación para celebrar su cumpleaños. Era necesario, pues, comenzar escribiendo como lo he hecho.


La del 51 y laterales

En 1951, Ramón Barce y el recientemente desaparecido Alberto Blancafort tenían 23 años; Carmelo Bernaola y Agustín Bertomeu, uno menos; Claudio Prieto y Gonzalo de Olavide, 17, y Francisco Cano, ¡12! No parece lógico, pues, meter en el mismo saco a todos ellos, la famosa y heroica Generación del 51, no sólo por algo tan elemental como poco sutil, el hecho de hacer músicas de muy distinta naturaleza, sino por la diferencia de edades. Montsalvatge, por su parte, andaba ya a punto de cumplir los 40, mientras que Gerardo Gombau rondaba los 45. De manera que hay aquí sólo cuatro autores de esa generación en sentido estricto, de los que sólo dos nos siguen obsequiando sus creaciones.

En cierta medida, y teniendo en cuenta que Alberto Blancafort ha pasado más significadamente a la historia como el extraordinario director de coro que fue, habría que tratar de situar sobre todo a los otros tres. Quiero cuidar no caer en tópicos, pero diré que Barce y Bernaola, dos mentes tan aparentemente distintas, han compartido ("han", tristemente, por Carmelo) una cosa a mi juicio importante: una cierta análoga manera de poner en marcha los mecanismos de la crítica a las cosas, desde luego muy en consonancia con un altísimo concepto del sentido del humor (insistiré en esto más adelante), además de, por otro lado, una esencial e impagable bonhomía. Las músicas, luego, sí, muy distintas, radicalmente distintas si se quiere, pero desarrolladas sobre líneas vitales no tan paralelas - es decir, inencontrables- como pudiera parecer. El alicantino Agustín Bertomeu quedaría en un cómodo punto intermedio entre el "radicalismo" matemático (de una matemática no numérica, se entiende) y conceptual de la música de Barce (dicho esto muy en general, claro) y el juego democrático puro - de humanidades diversas y múltiples- de formas y sonidos que le servía a Bernaola para expresarse en los mil lenguajes que lo hizo. El sonido del mar, la fuerte luz de esos septiembres mágicos de la costa levantina conducen a Bertomeu por otros caminos, o sea, a una búsqueda más acuciante de un detalle instrumental que sirva para definir con hondura pero con facilidad ese mundo de colores fortísimos. No es extraño que recurra a grafías diversas para conseguir tamaño grado expresivo de la forma a través del trazo de color, y, obviamente, sin miedo a renunciar al orden. Así que Bertomeu llega a ser menos puro que Barce - quizá incluso bastante menos- y menos dramático que Bernaola, siendo a la vez las dos cosas.

Claudio Prieto y Gonzalo de Olavide sitúan sus nombres en la historia de su tiempo simultáneamente. Nacidos el mismo año, recorren caminos bien distintos para arribar a una idea que es común en sus respectivas producciones: de cómo se puede adquirir una identidad ganando al mismo tiempo la propia libertad de invención. En la música de Prieto, que llena páginas en distintos géneros y bajo multitud de fórmulas, se escucha el aire terso y vibrante de los campos palentinos; hay en ella una rara atadura a los surcos de la tierra, pues, al mismo tiempo, prolonga y libera. De tonos suaves que iluminan un conjunto limpio, de relajante lisura y sin sobresaltos texturales, se escucha como producto de un don, que el autor administra con la sabiduría que sólo puede emanar de una mente plena y muy equilibrada: la comprensión como premio está siempre asegurada, y, por consiguiente, el disfrute se da como natural añadidura. Para el madrileño Gonzalo de Olavide, sin embargo, los ancestros se ven invadidos por circunstancias vitales, por otro lado las lógicas resultantes de una extraña relación, la que existe entre creación musical y sociedad en un tiempo en que España no está para "lujos" culturales, y menos musicales. El resultado en Olavide, al contrario de lo que sucedió con otros de su generación, fue el exilio. Sin embargo el portentoso y siempre elegante equilibrio mental de su persona, su buen gusto, su sobriedad, sus deseos de respetar todo y a todos, acabaron situándole en un puesto privilegiado en la composición musical de los duros y apasionantes años 60 y 70. La consolidación a partir de entonces y la madurez hasta hoy han sido auténticamente envidiables. Y quizá otra vez estemos ante un término medio en la Obra del también madrileño Francisco Cano, un hombre que gusta de adscribirse a un eclecticismo que a él le encanta definir como opción de libertad al no ser de nadie y participar de todo al mismo tiempo. Sin embargo, tras esa postura, tan admirable como cualesquiera otras que puedan a puntar en direcciones diferentes, hay un músico de depurada técnica y rico pensamiento, capaz de desbordar con su inagotable vena para la invención y posterior capacidad para ordenar con sentido lo hallado. Hombre abierto e interesado por distintas facetas de la creación, pasea con orgullo su fama de "artista independiente", no sólo a la hora de escribir sino también a la de encontrar ubicación en el mundo musical que le ha tocado vivir: el lustro de diferencia que le separa de los anteriores quizá le haya hecho vivir en su madurez una España ya "otra", hecha de lugares y personas más protagonistas en primera persona. Nada que ver con su carácter, en cierta medida indómito.

Las fechas de nacimiento del alcarreño Jesús Villa-Rojo y los madrileños Carlos Cruz de Castro y Tomás Marco apenas difieren en un año la una de las otras; son, pues, compositores de la misma "hornada" sin matices, lo que como creadores también se manifiesta en alguna que otra característica común, aunque, que nadie se equivoque, enclavadas dentro de personalidades creativas de intereses bastante diferentes que se manifiestan en resultados notablemente disjuntos. A mi entender, lo común en ellos reside en su necesidad de trascender al propio oficio de autor, para convertirse en "personaje" de la Música, una suerte de animador musical que en cada uno adquiere una faz diferente. En Villa-Rojo, a través del que sin duda pasará a la historia de nuestra música como uno de sus más impresionantes logros: la creación e idóneo "mantenimiento" del Grupo LIM, o lo que es lo mismo, ese conjunto de personas que se han ido dejando las cejas y el amor en 30 años de trabajo continuado con varios objetivos interpretativos, pero de los que aquí y ahora es indispensable destacar uno: la, primero, dignificación real de la interpretación musical en las músicas de vanguardia y, segundo, posterior ubicación de las técnicas necesarias al mismo nivel que las requeridas para la interpretación de las grandes músicas del pasado. Y naturalmente, junto al lado del intérprete y sabio integral del clarinete, la finura de un compositor que, huyendo de "ismos", ha sabido crear un personal lenguaje que, no obstante, posee mil caras. De la mano de Cruz de Castro, esa idea de que la música no acabe en sí misma, de que haya que procurarle un colchón sobre el que se desarrolle y crezca como un ser humano, conoce en las ondas radiofónicas un vehículo ideal: nunca le estaremos lo suficientemente agradecidos por la labor que ha realizado y realiza en Radio Clásica (antes la entrañable Radio-2), aunque sí exista una manera de hacerlo: escuchando con atención su música, siempre fuente de un placer sonoro posible gracias a la - tras la aparente afabilidad- una seriedad y rigor constructivos que más parecen "ser" que virtudes adquiridas. En fin, el caso de Marco es el más conocido: su labor desde distintos puestos de responsabilidad - a veces política- llena una cargada lista que, en todo caso no se agota en ella sino en los resultados tangibles obtenidos por un profesional que, con todo el merecimiento, tiene ganado un título añadido a sus capacidades creativas, aun a veces controvertido, a veces envidiado, a veces vilipendiado, a veces incomprendido: el de un excelente gestor de la cosa musical. Título a añadir a una espectacular Obra en la que la indagación se entremezcla con la especulación, y a veces con unas gotas de suave delectación sonora añadida.

Por último, un recién llegado al gremio de los cincuentones, José Ramón Encinar, y un nuevo valor de la música vasca, Gabriel Erkoreka, que ni siquiera alcanza los 40. Encinar, como Villa-Rojo, viene desarrollando una actividad musical fuera de la Composición - en la Interpretación- que se podría calificar de frenética, esta vez la dirección orquestal. Recordaré sólo dos instituciones donde ha dejado una extraordinaria huella: el Grupo Koan y la Orquesta de la Comunidad de Madrid, que efectivamente es "otra cosa" desde que se convirtió en su director titular allá por el mes de septiembre de 2000. Como compositor traza respuestas "modernas" a una cuestión eterna, el juego de las tensiones sonoras, una realidad bien interesante en su música a partir de preocupaciones quizá más estructurales que tímbricas.
Entre los tiempos compositivos de Gombau y Montsalvatge, por un lado, y Erkoreka, por otro, es decir, los dos extremos temporales de los tres programas que conforman el ciclo, hemos podido reconocer ese medio siglo de música a que se refiere el título genérico del mismo. Han sucedido, claro, muchas cosas en ese tiempo, pero si echamos una mirada a los títulos escogidos de ambos a lo mejor nos podemos dar cuenta de que no tantas: unas postales de tierras provenzales, cubanas y neoyorquinas, frente a un cráter de volcán. Los procedimientos habrán podido girar 180 grados una y mil veces en los últimos 50 años, pero los estímulos de la inspiración permanecen prácticamente inmutables. Volveremos a estas y otras cuestiones paralelas más adelante.


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