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Aula de (Re)estrenos:

Introducción

NOTAS AL PROGRAMA

Pedro Blanco, un compositor olvidado

Recordar es despertar. Mirar en los rincones del pasado es una forma de abrir el día a realidades, si no nuevas, sí renovadas. De vez en cuando, sea por el celo de los musicólogos o por el simple rodar de la rueda de la fortuna, se nos presenta la oportunidad de conocer una composición que había quedado descartada para los programadores. A veces, incluso, es la obra entera de un músico la que reaparece: todo un compositor se levanta de la cuneta donde la historia lo había dejado. Muchos de esos desempolvamientos y resurrecciones terminan en decepción. Nunca faltan entonces profetas sentenciadores: "¡con lo a gusto que estaba la partitura en su estantería!", o "la historia es sabia y cuando olvida tiene sus motivos". Unas veces tienen razón estos doctores en el arte de torear a toro pasado, pero otras, no. Periodos de olvido, o incluso de rechazo, los han atravesado muchos compositores excelsos, desde Bach hasta Mahler.

Hoy, la Fundación Juan March nos da la oportunidad de conocer a un compositor olvidado. Pedro Blanco cometió la equivocación de morirse a deshora. Además, muchos de los pocos años que vivió los pasó fuera de España, circunstancias ambas que suelen abocarle a uno a la cuneta. A mayor abundamiento, de las muchas tendencias que flotaban en el aire de su tiempo, Pedro Blanco prefirió respirar las más nostálgicas. Blanco se fijó más en las ruinas del XIX que en las posibilidades que el derrumbe abría. La historia sopló en otra dirección y dejó a Blanco mirando hacia atrás. No es de extrañar que se haya convertido en estatua de sal. Pero la historia ha seguido soplando, las veletas han girado a modo y, en el presente, como pasa en todos los presentes, nadie sabe bien por dónde van los signos de los tiempos. Es un buen momento, entonces, para que Blanco se levante y hable de nuevo. Quizá tenga más suerte en esta segunda salida.

No sabemos mucho de la vida de Pedro Blanco López. Nació en León, el 14 de julio de 1883, hijo de Mateo Blanco del Río y de Emilia López Moya. Su padre, de Astorga, era músico y le inició por ese camino. El talento del joven Pedro debió ser muy evidente, porque la Diputación Provincial de León le envió becado a estudiar a Madrid. Se vino a la capital en 1896 y estudió, entre otros, con Felipe Pedrell, Andrés Monge y Juan Cantón Francés. En 1902 obtuvo el Primer Premio de Piano del Real Conservatorio Superior de Madrid. Entonces, sin que sepamos bien los motivos, Blanco marchó a Oporto y se instaló allí. Vivió en Portugal una vida de profesor y concertista y murió en Oporto el 1 de mayo de 1919, víctima de la gran pandemia de gripe, la terrible cepa del virus de la influenza que se llevó por delante a decenas de millones de personas y que el mundo conoce como "gripe española".

Sobre Pedro Blanco no faltan fuentes bibliográficas y discográficas. Está el artículo de Emilio Casares en el Diccionario de la Música Española e Hispanoamericana. Está también el trabajo que las musicólogas Bárbara Villalobos y María Joao Pedroso realizaron en 1995 en la Universidad de Lisboa. Está, además, el doble disco compacto que ha editado recientemente el Festival de Música Española de León con el título Pedro Blanco, "Remembranza". Contiene la obra completa para piano, para violín y piano y para canto y piano y recoge artículos de Alfonso Gómez (reproducido también en la wikipedia), Miguel Fernández Llamazares y Julia Franco, que analizan respectivamente esas tres facetas de su producción. El folleto contiene igualmente los textos cantados, un elogio fúnebre escrito por el compositor cubano - y amigo de Blanco- Eduardo Sánchez de Fuentes. y un catálogo detallado, que sigue al de las musicólogas portuguesas, donde figuran sus diecisiete composiciones, de la opus 1 a la opus 19. No se conserva noticia de las obras número 17 y 18. Existen, además, artículos sobre Blanco en La Lira Española de Rogelio del Villar y Benjamín Orbón, el padre de Julián.

Finalmente, el legado de Pedro Blanco ha sido reunido por su nieto José Pedro Blanco Abreu, quien lo ha depositado en la Biblioteca de Música Española Contemporánea de la Fundación Juan March, organizadora de este concierto.

Blanco fue un músico abierto y un hombre cultivado. Mantuvo correspondencia con Felipe Pedrell, Joaquín Turnia, Tomás Bretón, Rogelio del Villar, Maurice Ravel, Camile Saint-Saëns y el médico y erudito doctor Manuel Laranjeira.

Como concertista, tenemos noticia de que Blanco giró por España, Francia y Portugal. Una vez establecido en Oporto, además de componer, ejerció como pedagogo (tanto en el Conservatorio de la ciudad, donde enseñó hasta su muerte, como en una academia privada que él mismo fundó y dirigió), como pianista, como director de orquesta y como organizador, especialmente activo en la promoción de conciertos de música española.

Blanco se produjo también como musicógrafo, con artículos en la Correspondencia de España, en la Revista Musical Hispano-Americana y en la de la Societé International de Musique de París. Hay noticia, igualmente, de un ensayo suyo titulado "Folclore musical portugués".

Muchos de los que trataron a Pedro Blanco o conocieron su obra han dejado testimonios elogiosos. José Subirá, en su Historia de la Música Española e Hispoanoamericana lo cita entre los principales músicos leoneses y destaca "Galanías" como su obra maestra. Sánchez de Fuentes califica esta obra de "inmortal", y alaba el poder de su fantasía y la "gama de mélancolías" que despliega. Añade Sánchez a los suyos los elogios de Benjamín Orbón y concluye nombrando a Blanco "el continuador de Isaac Albéniz". El propio Tomás Bretón admiraba a Pedro Blanco y, aludiendo a su residencia en Oporto, aseguró que estaba "honrando a España en Portugal".

En cuanto a la naturaleza de su música, todos los comentaristas coinciden en situarla en un eje de dos coordenadas: nacionalismo y romanticismo. Avanzando más o menos en una u otra dirección, se define el campo estilísitco de Pedro Blanco y se sitúan las distintas composiciones de su catálogo, que resumimos a continuación.

Como se ha indicado, en el último Festival de Música Española de León, la soprano Ana María Castillo interepretó las canciones de concierto que nos han llegado de Pedro Blanco. Las canciones se agrupan en breves ciclos: "Guitarra mía", que aparece en solitario como op. 2; "Canciones portuguesas, op. 5" ("O senhor reitor", con texto de Maximiano Ricca, "A Fianderia", sobre Joao Saraiva y "Flor da Rua", sobre Carvalho Barbosa); "Dos melodías para canto, op. 9", ambas sobre Almaida Garrett ("Rosa e lirio" y "Barca bella"); otras dos ("Cantiga" de Eugenio de Castro y "Trovas do Longe", de Lopes Vieira) recogidas en la op. 11; y, finalmente, las "Dos melodías op. 14 ("Madrigal" de Francisco Rodríguez Marín y "Quand même" de Pierre Etile). Existió además un ciclo de canciones, hoy extraviado, que llevó el número de obra 3 y que formaban dos canciones españolas ("Los ojos negros" y "Mi querer") y un poema de Francisco Perrín.

En el apartado instrumental, Pedro Blanco compuso un "Romance y zambra andaluza, op. 7" para violín y piano, que también sonó en el Festival de León, "Dos melodías portugesas, op. 17" para coro y orquesta de cuerda, y tres piezas para orquesta: la suite "Hispania, op. 4", original para piano y orquestada por Lucien Lambert, "Añoranzas, op. 8" y un "Concierto para piano y orquesta en si menor, op. 15.

El recital que ha preparado hoy Alfonso Gómez contiene lo fundamental de la obra pianística de Pedro Blanco y nos servirá para recorrer sus trayectorias estilísticas en el instrumento que él dominaba. El programa puede entenderse como un viaje que comienza con la obra más temprana, la suite "Hispania op. 4", de 1910, hasta la obra maestra, "Galanías", de 1916. La evolución es de pocos años, pero muy clara a la escucha. O habría que decir, mejor, las evoluciones, porque Blanco escribe en dos líneas distintas. Tanto, que, en su artículo, al que estas notas deben mucho, Alfonso Gómez distribuye las composicioines en dos sacos bien separados: la obra nacionalista y la obra postromántica.

En Hispania oímos un nacionalismo directo, que exalta el color popular y aprovecha su gracia de manera inmediata, no elaborada. Se le conoce a la obra el carácter temprano - no primerizo- en cierta rigidez formal que en obras posteriores se verá suavizada. Hispania consta de cinco movimientos (Preludio, Capricho, Intermedio, Serenata y Rapsodia). Es un festival de ritmos populares con gran barullo final en el que se suceden sevillanas, peteneras y jotas. Hoy oiremos tres números: "Preludio" "Serenata" e "Intermedio", lo que sitúa como final, no la ensalada de danzas de la rapsodia, sino un evocador ritmo de ida y vuelta, es decir, con deje americano.

La Mazurca del amor, op. 12 es del otro saco, el postromántico. El chopinismo de la pieza es evidente. Es una mazurca de carácter lento y meditabundo - próxima a los nocturnos, señala Gómez- compuesta en 1917. Forma pareja con la Mazurca del dolor en el sentido de que ambas comienzan con el mismo tema y completan juntas la referencia a Meterlinck: "El dolor es el alimento esencial del amor". Además de estas dos, Blanco compuso una tercera mazurka, o más bien "primera", que lleva el número de opus 1, también contemplativa y nocturna.

Castilla (Cuatro impresiones para piano), op. 16, es la última obra para piano de Pedro Blanco y está escrita en homenaje a su tierra leonesa. Fue editada póstumamente y muestra una escritura evolucionada en comparación con Hispania. El lenguaje se ha hecho más esenciado y un poco más oscuro. El dato folclórico es ahora menos directo y suena tras haber pasado más detenidamente por la sensiblidad y el filtro del autor. En la "Tonada de los gañanes", el acompañamiento se aleja de la melodía y busca sonidos propios. La "Nana leonesa" olvida su función de arrullo y se convierte en toda una construcción nocturna. "La llanura gris" describe el inmenso horizonte no tanto mediante los sonidos propios de lugar, que no faltan, sino a través de las impresiones sonoras que la visión del páramo hace germinar en el autor. Es un lenguaje más interior, que Alfonso Gómez describe en su artículo como "individualizado". Gómez recoge también comentarios sobre Castilla vertidos por Blanco en carta a Pedrell que es bueno reproducir ahora:

"Trato de dar a esos pequeños cuadros el sabor, el color, la atmósfera, en fin, de mi región natal, con la cual adquieran, a mi ver, aspecto y ambiente popular, como ocurre, por ejemplo, con el principio del cuarto número y, quizá, en todo ese cuadro, inspirado en la vida maragata. La melodía del primer número tiene el sabor de una de esas canciones melancólicas que los gañanes de Castilla cantan a la hora vespertina, cuando recogen sus ganados para reunirse a comer el rancho. El segundo tiene una frase lenta, que es una verdadera nana, o canción de cuna, que me acostumbraba a cantar mi podre madre, cuando yo era pequeñito. El número tres es verdaderamente un paisaje con el fondo gris, desolador, de la meseta castellana y la aridez sombría y monótona de su ambiente."

Junto a este avance de su vena nacionalista hacia el interior, las Heures Romantiques (Impresssions intimes) op. 6 se nos aparecen como el punto de llegada de una segunda evolución. Blanco ha ido madurando su mirada al piano romántico y postromántico hasta convertirla en una viaje, una flecha que arranca de Chopin y va a dar en Debussy. Las estaciones de ese viaje se perciben bien en este ciclo de seis micropiezas ("Préambule", "Caprice", "Impromptu", "Rêverie", "Berceuse" y "Ballade") del que hoy oiremos tres. En el "Preámbulo" y en el "Impromptu" oiremos un piano chopinesco. Sin embargo, en "Rêverie" vemos emerger un rasgo distinto, que no es solo una escalística de tipo debussyano, sino una concepción nueva y abierta de la expresión pianística. Son solo atisbos, pero bastan para hacernos comprender que Pedro Blanco vivió su siglo con intensidad y no solo con la añoranza de un emigrante del XIX que se vio trasplantado al XX.

El recital terminará con las Galanías (Imágenes de España), op. 10, obra que ha reunido muchos elogios y que resume, junto con Castilla el grado de progreso que alcanzó Blanco en su concepción del nacionalismo musical. "Los chisperos", es decir, los herreros, es el nombre popular del barrio madrileño de Las Maravillas. Las notas picadas saltan en esta pieza como recordando el tintineo de los yunques. En la cabecera de esta partitura, Blanco escribió el "Elogio a la seguidilla", de Rubén Darío, con su ritmo quebrado de siete más cinco:

Las almas armoniosas
buscan tu encanto,
sonora rosa métrica
que ardes y brillas,
y España ve en ru ritmo,
siente en tu canto,
sus hembras, sus claveles,
sus manzanillas.

En la "Remembranza del amor ausente" se perciben tanto la pena de amor, la oscuridad de la ausencia, como la llama de amor, la urgencia del deseo. Eduardo Sánchez imagina aquí una "maja soslayada en la ojiva de su recinto" que es solicitada en vano. Los pasajes oscuros le dan pie al compositor a buscar sonoridades nuevas. Con la "Verbena" vuelve el puntilleo y la abundancia de notas que se cristalizan en esta ocasión en una reunión de ritmos populares y de melodías bien cinceladas.

La "Melancólica serenata" cambia el foco de nuestra atención. Lo que predomina ahora no son las sombras de la amada esquiva, sino el canto del enamorado, un canto noble, tenoril de tesitura y sereno de ánimo. Las escalas de tonos enteros que oímos aquí y allá no nos llevan a la Francia impresionista, sino que se nos presentan como un giro inesperado e imposible del diatonismo popular.

"Majencia", pieza de mucha exigencia técnica, está dedicado a un gran virtuoso, Arthur Rubinstein, cuya historia de amor con España empezó precisamente en 1916, año de composición de "Galanías".

Además de las piezas del recital de hoy, Pedro Blanco compuso para el piano una Polonesa en re menor op. 19, y dos mazurcas: la opus 1, llamada Mazurca triste y la Mazurca del dolor, que hace pareja con la del amor. Nos han llegado también dos obras de juventud: Pelo Porto y Jeunesse damour (Seis valses lentos)", de los que solo han sobrevivido tres.

Álvaro Guibert

Iniciada en 1986, el Aula de (Re)estrenos ofrece obras de compositores españoles que, por las razones que fueren, no son fácilmente escuchables después de su estreno, provocando en ocasiones la práctica "desaparición" de muchas composiciones que probablemente no lo merezcan.

El Aula de (Re)estrenos no se limita solamente a la reposición de obras más o menos antiguas, sino que es también un marco en el que se presentan por primera vez en Madrid composiciones recientes ya estrenadas en otros sitios, o incluso no estrenadas. Todos los audios de las Aulas anteriores, junto a los programas de mano, las fotografías y otros materiales relacionados, se encuentran accesibles en Clamor. Biblioteca Digital de Música Española


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