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Ciclos de Miércoles:

Introducción

Como en otras ocasiones, la Fundación Juan March ha programado un ciclo de conciertos en paralelo a una exposición artística. El objetivo no es ofrecer un decorado sonoro para la contemplación de unos cuadros, sino la de ayudar a la reflexión que tanto las obras en el espacio como las obras en el tiempo nos sugieren, o las de sus posibles conexiones estéticas.

Otras veces el motivo de la exposición fue la obra de un artista, o de una escuela o movimiento artístico. Ahora se trata de algo distinto, pues esta exposición desarrolla una idea sobre "la pintura de paisaje", que, de un género pictórico bien conocido y gustado, es mostrada como un punto del desarrollo en la evolución del naturalismo a la abstracción. Idea que hemos tomado en préstamo de un excelente ensayo del historiador Robert Rosenblum y que mostramos con imágenes visuales y sonoras.

Si el tiempo también pinta, como observó con agudeza Goya, la música, arte en el tiempo, también ha mostrado múltiples veces con peculiares medios su predilección por el paisaje. Hemos programado, pues, un breve conjunto de composiciones contemporáneas a las obras que se exponen, desde "el Romanticismo nórdico (Beethoven, Schubert, Liszt...) al Expresionismo abstracto" (Schonberg, Ives, Cage, Barber, Feldman), todas muy gustosas de escuchar, algunas poco frecuentes en salas de concierto.

F.J.M.


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INTRODUCCIÓN GENERAL
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La presente exposición muestra un fascinante recorrido por la pintura romántica, moderna y contemporánea tratando de establecer nexos de continuidad estética entre las aportaciones de Friedrich y Rothko siguiendo el pensamiento que el recientemente fallecido crítico e historiador del arte Robert Rosenblum desarrolló en ensayos y conferencias recopilados en un importante libro que publicó en 1975: La pintura moderna y la tradición del romanticismo nórdico. De Friedrich a Rothko.

Tan original, lúcida, compleja y ambiciosa peripecia interpretativa de distintas líneas de expresión pictórica, habidas a lo largo de los dos últimos siglos, no es fácil - ni mucho menos- de trasladar en paralelo a cuatro horas de músicas del mismo lapso, pero he aquí una propuesta de tres conciertos - cuatro, contando el breve concierto inaugural- con programas que ilustran algunos de los conceptos que la exposición maneja y que, en todo caso, nos hará discurrir por el tiempo y las orientaciones artísticas del romanticismo alemán y de la música norteamericana del siglo XX, con algún precioso eslabón intermedio que completa el sentido de ilustración sonora de una exposición que tienen estos ciclos de la Fundación Juan March y procura coherencia a la programación global de estos conciertos.

El romanticismo alemán está aquí representado por dos composiciones de excepcional peso estético y separadas en el tiempo por tan solo unos meses: el décimo cuarto cuarteto de cuerda de Ludwig van Beethoven (de 1826) y el ciclo vocal El viaje de invierno de Franz Schubert (de 1827). Son obras, a su vez, coetáneas de las que podemos contemplar en esta exposición firmadas por los alemanes Caspar David Friedrich, Philip Otto Runge y Carl Gustav Carus, por los británicos Joseph M. Turner y John Constable o por el noruego Johann Christian C. Dahl... Un tema tan romántico - y tan trascendente al estudiar las artes en el Romanticismo- como es el de la identificación entre el hombre y la naturaleza circundante, la convergencia entre las visiones externa e interiorizada de los paisajes, la fusión entre lo que ven los ojos y siente el alma, hay pocas partituras que la ejemplifiquen tan bien como la del Viaje de invierno de Schubert, óptima compañía sonora para tantas obras de esta exposición, especialmente El invierno de Friedrich. Pero sería impropio limitarse a las convergencias artísticas que se dan solamente entre obras de arte coetáneas: si obviamos esta limitación, la mencionada composición de Schubert añadirá temblor y emoción a la contemplación de los árboles invernales de Van Gogh o de Munch, o a la del Gran paisaje nevado del mismo Edvard Munch...

Por su parte, el Cuarteto op 131 de Beethoven carece de texto, carece de argumento. Es obra con "misterio", como la de Schubert, pero así como en el Viaje invernal el misterio rodea la peripecia de un ser concreto, en un entorno concreto, y describe sentimientos explícitos, la composición beethoveniana es pura expresión sonora y, como tal, se sitúa en el ámbito de la abstracción. Este hecho, así como la inaudita libertad formal y, sobre todo, lingüística que admiramos en el último Beethoven y que habitualmente se interpretan como síntomas de "modernidad", nos permiten sugerir armónicos paralelismos entre las graves honduras beethovenianas y la expresión que resuena en obras de nuestros días presentes en esta misma exposición, como los Símbolos heroicos (¡heroicos!) de Anselm Kiefer o el Bosque otoñal del mismo pintor alemán.

Si Beethoven y Schubert encarnan al primer Romanticismo, la plenitud de este movimiento está representada en este programa por música del genial pianista y compositor húngaro Ferenc (Franz) Liszt quien, en muchas de sus obras, tanto en las pianísticas como en las orquestales - los poemas sinfónicos- ahondó en la línea de la convergencia a la que arriba nos referíamos entre las visiones externa e interiorizada del paisaje. Por añadidura, él fue consciente del terreno que pisaba, como queda reflejado en la cita que incluiremos más adelante, en el comentario a su obra, pero que resumimos aquí: ..."los variados aspectos de la naturaleza y las escenas que se referían a ellos no pasaban ante mis ojos como vanas imágenes, sino que removían en mi alma profundas emociones"... Como muestra de la personalísima manera en que Liszt ensayó esto oiremos una selección de las etapas de su viaje por Suiza, piezas coetáneas -y entre ellas cabe observar concatenaciones expresivas ciertas- de las cuatro etapas del "Viaje de la vida" del pintor romántico estadounidense -de origen británico- Thomas Cole, considerado el primer gran paisajista de aquel país. Incluso la Tormenta de los Años de peregrinación por Suiza de Liszt, puede ponerse en directa relación con otra obra pictórica de la exposición: la Tormenta en los Alpes de otro gran paisajista romántico norteamericano, Frederic Edwin Church, éste perteneciente al Romanticismo más avanzado en el tiempo: Liszt era diez años más joven que Cole y quince años mayor que Church, y su música poemática de carácter paisajístico "empasta" extraordinariamente bien con la obra pictórica de dos artistas que trabajaron a la vez, pero tan alejados de él.

En estos conciertos caminaremos hacia la modernidad de la mano del vienés Arnold Schönberg, de quien escucharemos su primer Cuarteto, obra representativa de la etapa de acceso a la madurez creativa y que, a su vez, es un eslabón entre su música posromántica, de filiación expresionista, y la de la etapa más abstracta, llamada a culminar con la proclamación del Método Dodecafónico. Como representante del expresionismo pictórico centroeuropeo y como artista insoslayable a la hora de estudiar el viaje hacia la abstracción tenemos al alemán Emil Nolde, estricto coetáneo de Schönberg, cuyas obras aquí expuestas, de tema paisajístico, casan bien con la del Cuarteto schönbergiano: no "argumentalmente", pero sí en cuanto al lenguaje. Schönberg tuvo mayor relación personal y mayor conciencia de convergencia artística con respecto a Kandinsky, aunque el cuadro contenido en esta muestra -fechado en 1922- no es tan relacionable con el Cuarteto como lo sería con obras de Schönberg del mismo año, esto es, de la etapa de gestación del dodecafonismo.

Y llegamos así al otro polo de la muestra, el expresionismo abstracto, que está representado fundamentalmente por obras de artistas estadounidenses, lo que motiva la significativa presencia en los conciertos de partituras del siglo XX y de aquella procedencia: Ives, Barber, Cage y Feldman son sus autores. Charles Ives, como pionero, como personaje solitario que intuyó genialmente tantas cosas que a lo largo del siglo XX se iban a practicar, es un compositor a tener muy en cuenta a la hora de estudiar la transición entre tradición romántica y modernidad. Si una obra imposible de traer a esta sala - la avanzadíaima e imponente Cuarta Sinfonía- sería una buena preparación sonora para contemplar las obras maestras del expresionismo abstracto americano - Pollock, Rothko... - , el Trío, en cambio, y aun con su originalidad, pertenece al lado más "tradicional" del singular catálogo de Ives. "Tradicional" también, incluso cabría decir "conservador", fue Samuel Barber, compositor que colaboró a personalizar el lenguaje musical estadounidense en las décadas centrales del siglo XX, aunque teniendo siempre como referencia estética el "gran repertorio" europeo y sin mostrar sintonía alguna con las artes plásticas de la vanguardia americana ni con los compositores que dialogaron con ellas, como fueron, entre otros, John Cage y Morton Feldman, cuyas piezas pianísticas programadas en el último de estos conciertos son perfecta ilustración de aquellos fructíferos diálogos.

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