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JOAQUÍN TURINA

7, 14 y 21 mayo 2008
Ciclos de Miércoles:

Introducción

Dedicar un ciclo de conciertos a Joaquín Turina no es ninguna novedad en los programas de la Fundación Juan March. Lo hemos hecho muchas veces y, probablemente, seguiremos haciéndolo en el futuro. Las razones son múltiples.

Una de ellas, la principal, es la calidad de la música del compositor sevillano, esa mezcla pocas veces tan lograda de perfección formal - aprendida en la Schola Cantorum de París-  y gracia fina andaluza, española. Una segunda razón es la abundancia de su obra de cámara, no tan frecuente en los otros compositores del nacionalismo español, quienes buscaron otras vías para expresarse: en una sala como la nuestra, en la que no podemos hacer más que el repertorio camerístico junto al de las obras para un solo instrumento, el catálogo de Joaquín Turina es un caladero gustoso al que volvemos una y otra vez. Una tercera razón es, precisamente, nuestra intención bien visible de contribuir a la formación de ese repertorio español, que es más bien escaso, entendiendo por repertorio aquel conjunto de obras que son interpretadas por ellas mismas, no por ninguna otra razón extramusical como son efemérides, centenarios, etc.
Pero hay una razón más en esta ocasión, y es de las del tipo sentimental. La familia Turina, que ha custodiado como un tesoro los papeles del músico en el mismo domicilio madrileño donde vivió y murió en 1949, decidió hace ya unos años confiarlos a la Biblioteca de Música y Teatro Español Contemporáneo de la Fundación Juan March para ponerlos, como siempre habían estado, a disposición de los investigadores. Fallecida recientemente su hija Obdulia, a quien ahora recordamos con mucho cariño, los papeles de don Joaquín ya se conservan en esta Fundación, y este ciclo es una manera más, muy modesta pero sincera, de hacerles llegar a sus descendientes nuestra gratitud por el honor que nos han hecho y la confianza que nos han demostrado.

F.J.M.


INTRODUCCIÓN GENERAL
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El hecho de que dos de los tres conciertos que integran este ciclo se refieran a la música de cámara de Joaquín Turina, justifica que suscitemos aquí una reflexión acerca de este género que, desde luego, no es el más propicio antes bien todo lo contrario para la expansión de los principios compositivos y estéticos que están en la base de la música nacionalista, es decir, la música que practicaban nuestros mejores compositores (y los menos buenos) en los inicios del siglo XX. En efecto, el apoyo en el folclore supone el obvio florecimiento del género vocal especialmente la canción; o el paso a instrumento de concierto básicamente el piano de formas musicales breves, tipo danza; o el manejo de la gran orquesta que permite explotar posibilidades tímbricas, en pos de un "color" que ayuda a crear un ambiente o a situar la obra musical en un determinado paisaje; o la práctica de la música teatral, que permite fundir todos estos elementos y, sobre ello, incidir en lo nacional a la hora de escoger el argumento. En fin, la música de cámara, con su sobriedad instrumental, con su tradición purista, con el peso del repertorio histórico existente presidido por la gravedad expresiva y por la tendencia a ahondar en las formas musicales, no es precisamente terreno abonado para la expansión nacionalista. No se trata de incompatibilidad, por supuesto, pero tampoco cabe considerar casual que tantísimo talento como el que juntan Tomás Bretón, Ruperto Chapí, Felipe Pedrell, Isaac Albéniz, Enrique Granados, Manuel de Falla, Jesús Guridi, Federico Mompou, Joaquín Rodrigo... haya producido tan escasa música de cámara (y, en general, escasamente significativa en el contexto de sus catálogos), frente a la cantidad de obras y al esplendor aportado por estos mismos compositores a los otros géneros arriba nombrados.

Situemos inmediatamente dos excepciones: Joaquín Turina (1882-1949) y Conrado del Campo (1878-1953), maestros estrictamente coetáneos. Turina, prototipo de compositor nacionalista, fue un fecundo cultivador de la música de cámara, género al que sirvió como pianista y, sobre todo, como autor de espléndidas obras: tres Sonatas, el Poema de una sanluqueña, las Variaciones clásicas y el Homenaje a Navarra, para violín y piano; dos Tríos y el Círculo..., para violín, violonchelo y piano; un Cuarteto, la Oración del torero y una Serenata, para cuarteto de cuerda; un Cuarteto con piano, un Quinteto con piano, el sexteto Escena andaluza, el mosaico de obras que es Musas de Andalucía..., entre tantas otras páginas, son muestra contundente de un oficio que sabe adaptar a las formaciones y a las formas camerísticas tradicionales los elementos de la propia inspiración y una voluntad de expresión nacionalista que, en el caso de Turina, se circunscribe a lo andaluz. La oración del torero, la Serenata y los dos Tríos constituyen, por lo demás obras maestras dentro de su catálogo y en el contexto global de la música española para cuarteto de cuerda y para trío con piano.

El caso de Conrado del Campo es bien distinto, como profundamente distintas fueron las personalidades de ambos músicos. El madrileño fue un compositor nacionalista, si bien nunca lo calificaríamos de "prototipo", como hemos hecho con Turina, pues sus manifiestas devoción por la tradición alemana y dedicación a las raíces de la recia Castilla, dificultó que su música se caracterizara por los colores y aromas propios de los más reconocibles folclores periféricos, como el vasco, el gallego, el catalán en menor medida y, sobre todos ellos, el andaluz. Nada menos que catorce cuartetos de cuerda se catalogan de Conrado del Campo, acaso el mayor corpus cuartetístico español, y donde mejor se manifestó la manera creativa del maestro madrileño, obligada a mostrar una cierta españolidad, pero hija directa del estudio y de la pasión que en él despertaban los Cuartetos de Beethoven.

Por lo demás, Conrado del Campo fue un conspicuo cuartetista, como intérprete de viola. En efecto, con los violinistas Julio Francés y Odón González y el violonchelista Luis Villa, formó el Cuarteto Francés, que tuvo una larga (1903-1925) y brillante carrera durante la cual, por añadidura, los nombres de Joaquín Turina y Conrado del Campo convergieron, ya que el sevillano, buen pianista, se unió al Cuarteto Francés para la interpretación de quintetos y este conjunto mantuvo cierta frecuencia de actuaciones, con el nombre de Quinteto de Madrid, desde 1918 y hasta la desaparición del Cuarteto Francés siete años después.

El Quartet Renaixement que el joven Toldrà lideró en Barcelona, el Cuarteto Vela y el Cuarteto Rafael serían eslabones hacia los conjuntos camerísticos estables de la posguerra, entre los que destaca la Agrupación Nacional de Música de Cámara constituida inicialmente por Luis Antón y Enrique Iniesta (violines), Pedro Meroño (viola) y Juan Ruiz-Casaux (violonchelo), cuarteto que hacía quinteto con el pianista Enrique Aroca. Los intérpretes de la Agrupación Nacional de Música de Cámara fueron excelentes amigos de Joaquín Turina e intérpretes frecuentes de su música, además de compañeros de fatigas en un empeño musical trascendente que dirigió Turina desde la Comisaría de la Música, como fue el de la reconstitución y lanzamiento, tras la guerra civil, de la Orquesta Nacional de España que había fundado el gobierno republicano durante el conflicto bélico.
Del nutrido catálogo turiniano vamos a comentar a continuación, al hilo de los programas que se ofrecen, casi toda su obra para violín y piano, toda la de trío y una amplia y representativa selección de sus canciones.

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