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Ciclos de Miércoles:

Introducción

Las conmemoraciones impuestas por el calendario y referidas a compositores, cuando se trata de algún nombre poco favorecido por las ediciones, los intérpretes, la crítica, los medios de difusión y el público, son una buena ocasión -casi cabría decir una buena “coartada”- para profundizar en el conocimiento de tal autor (si es que su obra lo merece, claro está). Cuando se trata de compositores indiscutibles y que cotidianamente tienen presencia en los carteles de teatros y salas de conciertos, las celebraciones son de temer, porque el aficionado que acude con frecuencia a las convocatorias musicales deberá defenderse del riesgo evidente de saturación.

Saturación, sobre todo, porque tales oportunidades no siempre se utilizan bien y sirven para insistir hasta la machaconería en las obras mejor conocidas y más exitosas, y no para reparar en los rincones poco frecuentados de los catálogos de tales figuras, esas partituras desatendidas (y no siempre con razón) que hasta en los más grandes compositores de la historia cabe encontrar.

Hénos aquí en el umbral del “año Albéniz”, este 2009 en el que se conmemora el centenario de su muerte, acaecida en Cambó-les-Bains el 18 de mayo de 1909, cuando el maestro iba a cumplir -once días faltaban para ello- ¡cuarenta y nueve! años de edad. ¿Es Isaac Albéniz un compositor de presencia deficitaria en los conciertos españoles? La respuesta solamente puede ser “no”. Sin embargo, habría que matizarla de inmediato. Cualquier asistente a conciertos en nuestro país escucha con comprensible frecuencia páginas pianísticas de la Suite española, de los Cantos de España y, por supuesto, de la Iberia..., así como versiones orquestales (firmadas por otros músicos) de algunas de estas mismas piezas, ¡pero poco más! Multitud de obras pianísticas (entre ellas, varias Sonatas), las canciones, la poca música orquestal que dejó, sus obras teatrales... siguen siendo desconocidas para el gran público. De todo corazón quisiera equivocarme, pero en este 2009 preveo, en general, incontenibles avalanchas de interpretaciones de las obras archiconocidas y escasas muestras de imaginación programadora tendente a ampliar, de verdad, el conocimiento de tan gran compositor.

“En general”, he dicho, y es lógico que así sea cuando escribo estas líneas para un organismo como la Fundación Juan March que, desde que echó a andar por las sendas de la música, se ha caracterizado por pensar sus propuestas concertísticas y por hacer pensar las suyas a los intérpretes, para, así, ofrecer a la filarmonía madrileña la oportunidad de escuchar tantas y tantas composiciones de alto rango estético que no son fáciles de encontrar en las temporadas concertísticas al uso. Y aquí, amigo lector, tenemos un buen ejemplo.

Al comenzar el “año Albéniz”, un ciclo de tres conciertos a él dedicados y en absoluto tópicos. Todo lo contrario: repase el programa que tiene en sus manos y pregúntese el lector cuántas de las obras albenicianas que aquí se ofrecen las había escuchado alguna vez...

Siguiendo estos tres conciertos tendremos una visión bastante completa de la dedicación de Isaac Albéniz al género de la canción de concierto, que constituye una porción muy singular -irregular, pero bien interesante- de su catálogo creativo. Y la escucharemos en paralelo con otras manifestaciones líricas de su época, como dialogando con ellas.

Esta selección, por añadidura, nos permitirá bucear en un rasgo acusadísimo de la música vocal del maestro, como es el de la multiplicidad de lenguas que manejó en sus canciones: vamos a oír canciones de Albéniz con textos en español, italiano, francés e inglés y, por añadidura, se han programado muestras espléndidas de las chansons francesas y de las songs inglesas debidas a compositores de esas nacionalidades: con los franceses, por cierto, mantuvo nuestro músico mutua admiración, trato personal y hasta amistad.

Entre los dos recitales líricos, se sitúa uno pianístico con música -cómo no- de Albéniz, que incluye Navarra como única pieza de presencia abundante en los conciertos al uso, pero también la más sutil y poética Córdoba, la admirable La Vega (pieza incomprensiblemente preterida) y hasta una auténtica rareza: Yvonne en visite!, simpática e ingeniosa composición que incorpora texto hablado y que va a constituir agradable sorpresa para más de un oyente. Y, junto a esta escueta, pero variadísima muestra del pianismo albeniciano, un desfile de obras finamente relacionadas con el mundo de nuestro gran pianista y compositor y que, por ello, nos explican muchas cosas de sus gustos, de sus tendencias y de la huella que Albéniz ha dejado en la música española de nuestros días.

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